La Revolución de Octubre y sus íconos

La Revolución de Octubre y sus íconos

 Edgar Gutiérrez

Resumen

La Revolución de Octubre de 1944 fue un semillero de líderes, cuyo talento político, diplomático y artístico hace difícil creer que hayan sido derrotados, aun en las condiciones más adversas del principio de la Guerra Fría que les tocó enfrentar con los Estados Unidos. Este artículo reúne varias notas del autor para poner en balance la Revolución y su legado, y destacar, desde su vivencia, a cinco personajes representativos del abanico de talentos políticos y literarios que floreció en ese periodo: Jacobo Árbenz, Manuel Fortuny, Alfredo Guerra-Borges, Mario Monteforte Toledo y Augusto Monterroso.

Palabras clave. Revolución Octubre 1944, Jacobo Árbenz, Juan José Arévalo, reforma agraria, intervención de la CIA, Iglesia católica, José Manuel Fortuny, Alfredo Guerra-Borges, Mario Monteforte Toledo, Augusto Monterroso.

La Revolución septuagenaria

Setenta años después, el presidente Jacobo Árbenz y la Revolución de Octubre siguen levantando ronchas entre las elites guatemaltecas.

Unas reclaman que si Washington no hubiese abortado las reformas del programa que impulsó el presidente Árbenz, Guatemala hubiese vivido por lo menos 30 años de gobernabilidad democrática con un inmejorable crecimiento económico (5% promedio anual), sólo comparable entonces al de los tigres asiáticos (Taiwán, Singapur etc.), países que sí lo supieron aprovechar hasta convertirse, en ese mismo periodo, en potencias económicas y sociedades prósperas con equidad.

Otros reivindican que la derrota de Árbenz fue la salvación de Guatemala de las garras del comunismo, del sometimiento a Moscú y La Habana (no importa que la Revolución cubana triunfara hasta 1959), la ruina, el colectivismo empobrecedor y el control estatal que asfixia las libertades ciudadanas.

Los demás sostienen que la Revolución de Octubre se desvió del camino, perdió su esencia y principios. Fue secuestrada por la minoría comunista y, por eso, valía la pena que muriera. Dejarla morir o ayudar a matarla. Para estas posiciones era sin embargo imperativo que se salvara su ideario democrático y burgués.

Como sea, entre las primeras disposiciones que adoptó el gobierno que surgió de la rebelión del 20 de octubre de 1944, estuvo la promulgación del  Código de Trabajo, que reglamentó las relaciones capital/trabajo, haciendo obligatorio el pago de salario. El proyecto de alianza de pequeños propietarios urbanos, núcleos obreros y artesanos, intelectuales y oficiales medios del Ejército –que se decantó plenamente con el Gobierno del coronel Árbenz- era modernizar el capitalismo en Guatemala con visión de integración plena de la fuerza laboral, principalmente del campo, lo cual hasta entonces había sido impedido por la sui generis consolidación del enclave bananero y los latifundios cafetaleros.

La política vertebral de este proyecto fue la reforma agraria, decretada en junio 1952. En los dos años que tuvo vigencia, fueron repartidas casi 900 mil hectáreas a 100 mil campesinos, es decir, entre 31% y el 40% de los trabajadores sin tierra (CIDA, 1965; USAID, 1982). Además se le concedieron créditos agrícolas por más de Q 15 millones. En ese corto lapso, el fenómeno de la transformación social, “derivado del ingente y rápido aumento de la capacidad adquisitiva de los ingresos de la población rural, ya había dado origen a un amplio mercado de consumo, que aseguraba halagüeñas perspectivas a la naciente industrialización, y creaba medios para asegurar un desarrollo sostenido” de la economía nacional (Bauer, 1974).

El objetivo del gobierno de Árbenz, de “convertir un país dependiente y de economía semi-colonial en un país económicamente independiente” (Árbenz, 1951), tuvo también su expresión en la política internacional, cuya línea se inauguró en octubre de 1944. En poco más de 120 días que duró su mandatario, la Junta Revolucionaria de Gobierno realizó cuando menos tres actos de trascendencia en la política exterior.  Primero, la ruptura de relaciones con el régimen del general Francisco Franco; luego el establecimiento de relaciones con la Unión Soviética,[1] y finalmente, la manifestación explicita de inconformidad al momento de firmar la Carta de las Naciones Unidas, que concedía derecho de veto a las cinco grandes potencias (Estados Unidos, Unión Soviética, Inglaterra, Francia y China), por considerarlo “antidemocrático y discriminatorio” (Toriello, 1974).

El gobierno de Juan José Arévalo (1945-51) manifestó en este mismo terreno una clara vocación solidaria en la lucha por la democracia, alentando expediciones para derrocar a los regímenes conservadores de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana y Anastasio Somoza en Nicaragua. Pero el plan de desembarazarse de gobiernos vecinos hostiles fracasó. Árbenz siguió una política definidamente orientada a extraer al país de la férrea tutela de gobierno y las transnacionales estadounidenses.

Frente a los monopolios estadounidenses que se hallaban firmemente establecidos en Guatemala (United Fruit Company, Ferrocarriles Internacionales en Centroamérica y Empresa Eléctrica de Guatemala), Árbenz dispuso limitar su poder sobre la economía nacional compitiendo con ellos y obligándolos a acatar las leyes del país. La aplicación del Decreto 900 (Ley de Reforma Agraria) afectó a la empresa bananera, como mayor terrateniente de Guatemala. El gobierno le expropio casi 60 mil hectáreas, de más de 220 mil que poseía.[2]

De alguna manera, muy limitadamente, Castillo Armas quiso continuar, o digámoslo así, no revirtió buena parte de la agenda de la Revolución: la seguridad social, el salario en el campo, la distribución de la tierra y otros arranques sociales de la Revolución (que equivale a decir, el visado de Guatemala al Siglo XX) quedaron reconocidos por su gobierno, aunque cuarteados, sobre todo el tema agrario, y durante los gobiernos militares de la década de 1970, arruinados con tanta corrupción.

Decenios después, entrando al siglo XXI, varios militantes intelectuales de la juventud liberacionista coincidirían con herederos de la Revolución en impulsar algunas de esas reformas, pero sus logros han sido limitados pues no tienen el poder político. Surgió también en esta misma época una generación neoconservadora radicalmente opuesta a cualquier reforma social, dado que “el mercado lo  resuelve todo”.

La actualidad de Árbenz, a 60 años de su derrocamiento y a 45 años de su muerte, no nace sólo del aura de heroísmo de muchachos clase media urbanos bien educados inexpertos que se lanzaron voluntariosamente a “asaltar el cielo”, a contrapelo de la rancia oligarquía local y el “imperio imperialista”, como nombra a Estados Unidos el historiador Paul Kennedy, cuando esa nación decide intervenir agrediendo a otras sociedades.

Tampoco es el martirio. Árbenz no fue Salvador Allende. Ni siquiera, creo, es la vigencia que nace del orgullo nacional mancillado por la intervención extranjera.

Es una actualidad de programa político básico, o asumir las tareas del Estado y los deberes de la nación, para hacer de esta una sociedad cohesionada (ya no digo integrada), con autoestima.

La Iglesia católica contribuyó a mantener vivo el programa reformista. Puede sonar a paradoja, dado que la jerarquía eclesial fue clave para legitimar social e ideológicamente la caída de Árbenz.

Monseñor Mariano Rossell y Arellano emprendió su exitosa cruzada contra el “peligro comunista” entre la empobrecida base popular católica conservadora. Pero cuando el “peligro” se había disipado, reivindicó con energía los mismos temas sociales de la Revolución, como condición de paz del nuevo régimen, pero no tuvo eco.

De todos modos, de alguna manera Rossell gestó la “tercera vía”, que tuvo una suerte dispar en los siguientes tres decenios. Se constituyó un amplio movimiento de inspiración socialcristiana que, tras promover las reformas agraria y fiscal en el programa de gobierno de la DC en 1970 y converger con socialdemócratas y comunistas en la campaña de 1974, sufrió una abierta persecución, se radicalizó y fue sofocado violentamente durante los siguientes diez años.

En las negociaciones de paz, en la década de 1990, gravitaron los temas sociales de la Revolución Octubre, con un componente novedoso y fundamental, el de la identidad y derechos de los pueblos indígenas. La agenda de la paz es una agenda reformista en tiempos del auge neoliberal que, además, por ser de concertación entre fuerzas desiguales, no incluye transformaciones sustanciales en el régimen fiscal, agrario y laboral.

Es una agenda, sin embargo, de bajo cumplimiento político, escaso rendimiento social, y debate infecundo. Por todo eso cuando fue sometida a referéndum, en mayo de 1999, quedó sonoramente derrotada. Pero las elites progresistas no podían renunciar a ella, pues en su entorno siguen labrando de alguna manera su identidad.

Es en estas condiciones que nos pilla los 70 de la Revolución de Octubre. ¿Qué tanto nos hemos movido en este tiempo? En términos relativos parece que bastante. La agitación social y política ha sido una constante. En política el lenguaje de la violencia está siendo sustituido, aunque sólo sea por la violencia del lenguaje, y la violencia política por la violencia y la corrupción de las mafias como política de Estado.

El país se ha fracturado aún más. La economía es un fracaso para la inmensa mayoría. La movilidad social, astringente. La clase media, volátil. Cierta anomia se apodera de los estratos sociales. La juventud permanece indiferente. Campesinos y maestros son de los pocos animados para salir a las calles a reclamar. La polarización ideológica sigue siendo brutal y el debate empobrecedor, por anacrónico. Las tareas siguen pendientes, como hace 70 años. Lo que daríamos por tener un programa de cambios políticos y sociales. Vamos a tener que inventar alguno.

 

Dialogar con el joven Árbenz

Hablar de Árbenz, para quienes nacimos en la década de 1960, tiene la desventaja de no haber sido testigos de su ciclo, a pesar que desde chicos padecimos efectos de su caída y la derrota de su programa reformista. Mi madre, parturienta, fue detenida en pleno toque de queda y por fin custodiada al hospital Roosevelt por policías suspicaces que en su vientre albergara no a un niño sino armas de la naciente guerrilla. Nuestra pequeña vivienda en la zona 11, como tantas otras, era cateada noche tras noche por los soldados del presidente, general Carlos Arana Osorio, quienes no teniendo mejor trofeo de caza requisaban mis cuadernos de la escuela primaria guardados en una mochila verde olivo, porque era “como las que usaban las guerrillas en Oriente”.

 

Pero quienes crecimos en el periodo de la contrainsurgencia, o sea, la generación siguiente a la Revolución de Octubre, podemos tener distancia crítica de esos hechos. No juzgamos a los protagonistas de uno y otro bando, como la generación anterior, pero sí analizamos sus circunstancias. Y conforme conocemos a ambos bandos, adquirimos un juicio maduro y útil.

 

Hay una generación postrera, la de las décadas de 1970 y 1980, a la que por lo general no le interesa esa historia. Le parece un “aburrido” pleito de viejitos que siguen disputando los acontecimientos como el devenir de un crucial juego: que si el resultado fue injusto o no por las actitudes antideportivas que toleró o propició el árbitro etc. No banalizo la historia y sus terribles dramas. Quiero reflejar su infecundidad por la ausencia de mensajes a las jóvenes generaciones. Llamo la atención de su trato maniqueo y como recurso retórico de lucha tras la clausura de la Guerra Fría. ¡Es que el mundo de antes de 1989 envejeció tan rápido!

La juventud debería tener el chance de establecer un diálogo abierto con el joven Árbenz (jefe de Estado a los 31 años y de gobierno a los 38) y con su programa político. Su biografía, no integrada aún para un público amplio, conocida de manera fragmentaria, daría materia para debatir valores, utopías, dudas, errores y dilemas de un soñador en un país que sigue asfixiado por el racismo, la desigualdad y los férreos atavismos oligárquicos. Después de tantos años, la personalidad de Árbenz, como la de tantos otros mártires, antes que héroes –pues de los primeros está dolorosamente hecha nuestra historia-, inspiraría otras rutas de transformación y justicia social.

El embrujo de Árbenz sobre Guatemala (y la maldición de Guatemala sobre El Suizo, como le apodaban) es la interrupción de un sueño todavía fresco en la memoria colectiva. Está vigente en sus trazos. Resume tareas del Estado y deberes de la Nación (cohesión social y dignidad nacional), largamente pospuestos, que harían de este un país moderno, abierto, sin complejos. Más laborioso y menos resentido. Alegre y no sombrío. Integrado y suelto. No hecho de burbujas sociales ni afiebradas intrigas. Sano del cuerpo y la mente. Menos virulento, enconchado, mediocre y traicionero.

Como no se concluyó el sueño de Árbenz, siguen vigentes las preguntas: ¿Y si la reforma agraria hubiese madurado?  ¿Y si el ejercicio de soberanía no se interrumpe? Dado que quienes triunfaron  sobre Árbenz y su proyecto han fracasado en edificar un país digno de tal nombre, caben estas preguntas y la necesidad de entablar, en este nuevo siglo, un diálogo futurista con el soldado del pueblo.

22 junio 2004

Fortuny

Conocí a José Manuel Fortuny, el mítico ideólogo de Jacobo Árbenz, en junio de 1996. Lo visité en su modesto apartamento en el sur de la Ciudad de México para entrevistarlo. Vestía elegantemente una blazer de cuadros con colores matutinos y camisa de cuello alto. Apareció en la sala, donde su esposa nos atendía; un hombre delgado, moreno, viejo, de rasgos faciales pronunciados y complexión mediana, que luego mostró su enorme capacidad de gesticular. A sus 80 años parecía muy entero y lúcido, aunque era inevitable leer en su rostro, y notar en su voz, la huella de la historia trágica de 1954. Filmamos la entrevista.

Habló fluidamente, con propiedad, durante más de dos horas. No le molestaban las preguntas y hasta se sentía complacido de oír a su interlocutor (me dio la impresión que a él le hubiese gustado ser el entrevistador). Sus criterios parecían sólidamente formados, y argumentaba de una manera aguda, inteligente. Creo, por otro lado, que por ser quiénes éramos (Ronalth Ochaeta y yo), nuestra edad, la circunstancia política y el rol que jugábamos en el proyecto de la Iglesia católica Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI), sus comentarios tuvieron un tono marcadamente pedagógico. Además, vista la historia en ese último tramo de las negociaciones de paz que darían fin a casi 40 años de guerra civil, y tras el fracaso de la estrategia revolucionaria, los pasajes de la historia que él narraba adquirían más fuerza bajo su enfoque crítico de la lucha armada.

La historia sabrá poner a Fortuny en su justa dimensión. Fue un hombre clave en un periodo decisivamente dramático que marcó la vida política de, por lo menos, las siguientes tres generaciones. Por eso era naturalmente controversial, pero su actuación posterior tampoco fue para condescender con las tesis de la izquierda dominante.

Quizá por eso, tras sobrevivir el 54, fue cayendo en la marginalidad y el aislamiento. La literatura que he encontrado sobre él (documentos desclasificados de la CIA, obras testimoniales y estudios sobre la época) divergen en asuntos de rigidez ideológica, personalidad y tino histórico, pero nadie, sea de derecha o de izquierda, le discute sus valores y talentos de político.

Pienso, efectivamente, que Fortuny fue uno de los sobresalientes políticos del siglo XX de Guatemala. Tal vez fue comunista ortodoxo, como dicen algunos; revisionista, como le acusan otros; en fin, un comunista que caminó hacia el eurocomunismo, incapaz de adoptar el trote de la historia polarizada de este país, justamente por el cierre de espacios pacíficos reformistas.

Cuando nos despedimos de la entrevista, fuera de cámara, me dijo: “Si la jerarquía católica de nuestra época hubiese sido como la de ahora, otra historia estaríamos contando.” Por lo que he aprendido –le  comenté-  las diferencias de fondo de ustedes con la Iglesia no eran tan radicales, pero se les metió, intencionalmente, mucho ruido, y ustedes no labraron con convicción el contacto personal, la comunicación directa.

Con otros actores, la historia ahora no es muy diferente.

23 marzo 2005

Guerra-Borges

Alfredo Guerra-Borges fue un mito en mi juventud. A los 19 años había asumido funciones de Estado, y antes de los 30 era estadista. Fue en los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz (1944-54) cuando abrazó con talento la tarea de reformar el régimen político. Salió de Guatemala perseguido por el régimen militar, y asediado por dogmáticos militaristas de la revolución.

Era un mito por su lucidez y porque se atrevió a ir contra la corriente. Fue en la época en que la lucha armada se imponía como acto de fe, y él desafió esa tesis argumentando que era un suicidio. Por eso fue señalado de traidor y enviado a varios ostracismos, no obstante que dos décadas después, algunos principales promotores de la guerra revolucionaria, ya derrotados, tardíamente quisieron oírlo.

Guerra-Borges volvió la mirada hacia la academia. Tras graduarse de economista en la USAC en 1970 realizó estudios superiores en la UNAM, donde es un ícono. México lo ha enviado como su representante al “consejo de los sabios”  en economía de Latinoamérica, y en noviembre de 2013 la UNAM anunció que su principal reconocimiento académico, el Premio Universidad –uno de los más competidos, dice mi amigo Raúl Benítez-Manuat,  investigador de esa Universidad- se lo otorga a don Alfredo, autor de una obra excepcional sobre la historia económica de Guatemala y los avatares de la integración regional.

Conocí finalmente a don Alfredo en México mientras trabajé el REMHI, a mitad de la década de 1990. Nos invitó, a Ronalth Ochaeta y mí, a un sencillo restaurante en el Estado de México, donde comimos el pozole más extraordinario. Habló, sin cargas personales, de los aciagos años sesenta. Anoté en mi libreta: “Es un hombre bueno, sencillo, más bien tímido, con una mente que abre ventanas insospechadas conforme narra”. Meses después, como parte del trabajo de indagación sobre el pasado para el REMHI, entrevisté a un viejo agente jubilado de la seguridad del Estado durante esos mismos años y al referirse a los “enemigos del régimen” de entonces mencionó a don Alfredo en primer lugar. ¿Por qué?, le inquirí. “Era el más sheca”, respondió.

La última vez que hablé con don Alfredo estaba por empezar su historia de la Revolución 1944-54, unas memorias “que no serán anécdotas”, aclaró, “sino reflexiones, análisis sobre la época”. Siendo un científico honesto, apegado al dato sin retoques, no dudo que será una obra esclarecedora del periodo. Celebro que los políticos “inviables” en este país, sean científicos sociales tan reconocidos en el exterior.

17 noviembre 2013

Monteforte Toledo

En menos de siete meses de 2003 Guatemala perdió a sus dos últimos grandes intelectuales, Augusto Tito Monterroso y Mario Monteforte Toledo. Antes que ellos, se fueron Carlos Mérida y Luis Cardoza y Aragón, quienes con Miguel Ángel Asturias completaban los cinco talentos luminosos de Guatemala en el siglo XX.

De ellos, don Mario fue el más pegado a su tierra en los últimos años de su vida. De hecho acompañó el proceso de democratización desde 1986 y animó vitalmente la actividad cultural, desolada tras los años más cruentos de la guerra interna.

Don Mario regresó, generoso, a compartir con los suyos. Siempre estuvo abierto a las inquietudes de los jóvenes y atento a su desempeño en el arte y la política. Con cierto tono de reproche y exigencia decía, “aprovéchenme, para eso estoy acá”.

Nuestros grandes literatos tuvieron posición política, ordinariamente rebelde y contestataria. La excepcionalidad de don Mario es que fue político él mismo, y entendía mejor que nadie qué es andar metido en esos remolinos. Quizá eso le hizo más agudo para intuir a las personas, y no dogmático, siendo a la vez un intelectual completo que no transigía principios ni se alucinaba con las modas ideológicas. “Enredamos el lenguaje. Esas nomenclaturas nos hacen perder la esencia de lo que queremos decir y hacer”, me repetía.

Su tema político central en los últimos años fue el agrario. En su cabeza estaba el modelo de cómo había que transformar la estructura de propiedad y producción, para que Guatemala fuese un país menos desigual y finalmente se liberara de sus rémoras feudales.

Discutí con él largas jornadas. “El minifundio y el latifundio son muletas del sistema que nos impiden caminar”, aseveraba. “Hay que romperlas.” Había que hacer un solo plan, diferenciado: “No es lo mismo una reforma agraria en Petén que en Occidente, en la costa sur que en oriente, y hay que ver qué zonas de oriente”, sentenciaba. Y advertía: “Pero sin trabajo desde las aldeas y caseríos, es imposible hacer un cambio desde arriba. Simplemente no se sostiene por la confusión que genera entre la gente.”

¿A partir de qué sacaba sus juicios? Del estudio permanente, la observación acuciosa y una sorprendente manera de abrazar la vida. Todavía hace poco anduvo de mochilero en Europa Central. En los últimos años literalmente cabalgó extensas zonas del norte del país. Fue un salta fronteras infatigable. Viajó por el mundo durante 70 años. Habló con grandes líderes de Europa, Asia y América Latina, compartió con la gente de a pie y extrajo, de todo ello, enormes enseñanzas.

A Mao (Mao Zedong, el líder que implantó el régimen comunista en China) le preguntó: “¿Puede ser compatible la ética con la política?” Y Mao le respondió: “Es muy difícil. Al único que conozco que lo logró fue Ghandi.” Otra vez asistió a una obra de teatro en algún país socialista –en los años sesenta- y para su sorpresa casi toda la gente abandonó la sala antes que se cerrara el telón. Luego se encontró con varios de los desertores en un bar cercano del teatro y les preguntó qué no les había gustado. “Eso no es arte”, le dijeron los obreros. “Eso lo sabemos todos, es lo ordinario. Falta la magia.” ¿Y qué pensó de eso usted, don Mario? le interrogué. “Fue la crítica más brutal que jamás oí contra el realismo socialista”, me respondió.

Se quejaba que no tenía condiciones materiales para concluir sus memorias. Ciertamente, estaba con su película, Donde acaban los caminos (basada en su novela de 1952), con la columna semanal de elPeriódico, terminando ensayos, dando entrevistas y atendiendo gente a todas horas. Pero quién sabe si era eso. “Estoy atorado en el 54”, repetía. “Le he dedicado mucho tiempo y demasiadas páginas.”

Sin embargo no me atrevería a decir que su obra quedó inconclusa, porque obras como la suya nunca van a concluir. Forman parte de la corriente de la vida, porque se funden en ella y ayudan a transformar su espíritu, elevándolo.

6 de septiembre de 2003

Tito Monterroso

Lo conocí por sus libros siendo yo muy patojo. Frecuentaba el puesto de revistas del mercado de mi colonia, donde el tendero, aparte de cómics y novelas policíacas, traficaba libros usados. Gracias a ese viejo y callado mercader sin mayores ganancias supe de Melville, Goytisolo, Delibes, Tolstoi, Verne y tantos más (autores que aún guardo en mis estantes de la Biblioteca Básica Salvat). Sin darme cuenta, en medio de esos clásicos, descubrí a Augusto Tito Monterroso. Y de inmediato me afilié a su mundo literario.

Años más tarde, en la Universidad de San Carlos, encontré un poema suyo en una edición de Alero –célebre “tapa  amarilla” de 1974- dedicada a la Revolución de Octubre. En 1985, capeando el temporal en México, por encargo del diario El Universal –y violando los derechos del autor- me autoricé a reproducir ese poema bello y sonoro. Después le comenté el episodio y me dijo: “Usted no se preocupe, todos cometemos nuestro poema.”

Leí de él todo lo que me cayó en las manos. La última vez, en la Navidad de 2002, busqué en la librería Gandhi, en Miguel Ángel de Quevedo,  su libro los Pájaros de Hispanoamérica, y leí pasajes en voz alta a mi compañero de vuelo durante el retorno a Guatemala.

Cuando aplico a Augusto Tito Monterroso –como lo hice en enero de 2003 en Europa-, sin propiedad literaria y sin haber sido su amigo, como guatemalteco, sin embargo, se me hincha el pecho de orgullo. Asturias, Cardoza y Landívar son brillantes, pero tal vez distantes. En cambio, por decir, Tito, Otto René, Arjona –cada quien en su oficio- tienen olor a tierra húmeda de los barrancos de Guatemala. Están más cerca como personas, con sus obras cosmopolitas.

No sé juzgar los libros de Monterroso. No soy crítico literario, pero me confieso admirador de su persona y su literatura. Me dijeron –y él también lo escribió- que no era buen orador, pero me identifiqué tanto con su pánico escénico  que, creo, por esa veta abrí mi vena afectiva a ese compatriota militante de Guatemala.

Y es que, como sabemos, no nació en Guatemala –sino en Tegucigalpa- y vivió exiliado  –en México, sobre todo- tres de cada cuatro años de su vida. Pero siempre se asumió guatemalteco.  Un guatemalteco universal –que no es lo mismo que decir globalizado-, como todos deberíamos aspirar a ser. Como autor universal, es el dinosaurio, de su cuento más breve y más famoso, la figura que condensa la batalla todavía no asumida por Guatemala en los albores del Siglo XXI.

La buena noticia para Guatemala –pudo haber dicho Tito– es que comienza a despertar. La mala, es que son varios los dinosaurios. Esto aprendí de él una noche de octubre de 1985 en una cena casual en casa de su traductora al francés, en la colonia Condesa del Distrito Federal: los dinosaurios aparecen en cualquier ambiente, no discriminan causas ni ideologías.

Tito Monterroso ya cumplió y ha despertado a la otra dimensión.

8 de febrero de 2003

Bibliografía

Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID, 1982). Tierra y trabajo en Guatemala: una evaluación. Washington.

Árbenz, Jacobo Arbenz (1951). Discurso al asumir la presidencia de Guatemala, en Transformación económica de Guatemala. Guatemala, Ediciones Estrella de Centroamérica.

Bauer Paiz, Alfonso (1974). La revolución guatemalteca del 20 de octubre de 1944 y sus proyecciones económico-sociales, en revista Alero, No.8, Tercera época, septiembre/octubre.

Cardoza y Aragón, Luis (1955). La revolución guatemalteca. México, Cuadernos Americanos.

Comité Interamericano de Desarrollo Agrícola  (CIDA, 1965). Tenencia de la tierra y desarrollo socioeconómico del sector de Guatemala, Unión Panamericana.

Cullather, Nicholas (2004). Guatemala Operación PBSuccess. Guatemala, Tipografía Nacional.

 

Flores, Marco A. (1994). Fortuny: un comunista guatemalteco. Guatemala: Ed. Óscar de León Palacios.

 

Guerra-Borges, Alfredo (2011). Guatemala: 60 años de historia económica (1944-2004). Guatemala: Biblioteca básica de historia de Guatemala.

 

Monteforte Toledo, Mario (1998). Donde acaban los caminos. Guatemala: Editorial Piedra Santa.

 

Noguerol Jiménez, Francisca (1995). La trampa en la sonrisa. Sátira en la narrativa de Augusto Monterroso. España: Universidad de Sevilla.

 

Proyecto Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi, 1998). Guatemala Nunca Más. Tomo 3: El entorno histórico. Guatemala: ODHAG/REMHI

Toriello Garrido, Guillermo (1974). Política exterior de Guatemala: decenio 1944-1954, en revista Alero No. 8, Tercera época, septiembre/octubre.

[1] El Congreso de la República aprobó el establecimiento de las relaciones diplomáticas considerando que la Unión Soviética había formado parte de las Naciones Aliadas que derrotaron al nazi-fascismo en Europa, pero además porque se abría la posibilidad de ampliar los mercados de exportación a otros países, lo cual permitiría ir rompiendo los lazos de dependencia hacia Estados Unidos. El primer embajador designado en Moscú fue el escritor Luis Cardoza y Aragón.

[2] A pesar de que la United Fruit Co. dentro de Estados Unidos, no era una empresa tan poderosa, con el arribo a la presidencia del general Dwight Eisenhower, en enero de 1953, llegó a la Casa Blanca un equipo muy influyente vinculado a la compañía. Por ejemplo, el secretario de Estado, John Foster Dulles, era miembro de la firma de abogados Sullivan & Cronwell, de Nueva York, apoderados de la UFCO desde hacía muchos años. El propio Dulles había redactado los contratos entre la compañía y el gobierno de Jorge Ubico entre 1930 y 1936. A la misma firma de abogados pertenecían Allen Dulles, director de la CIA e importante accionista de la UFCO. Y otros dos altos funcionarios de la UFCO, John Moors Cabot y Henry Cabot Lodge, también  ocupaban altos cargo en la administración republicana: el primero como secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, y el segundo como jefe de la delegación permanente de Estados Unidos ante la ONU.

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