Análisis del fracaso de los gobiernos de Macri y de Temer

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La reestauriación neoliberal encuentra sus límites.

Demián Verduga

El presidente de Brasil Michel Temer. Foto: AFP

El presidente de Brasil Michel Temer. Foto: AFP

Hace un año y tres meses que Mauricio Macri asumió la presidencia de la Argentina. Hace unos ocho meses que Michel Temer se hizo cargo del palacio Planalto, en Brasil, luego del singular juicio político que destituyó a la ex presidenta Dilma Rouseff. Los procesos en ambos países tienen matices. Por esta vez, la transición traumática se dio en Brasil y la más armoniosa y democrática en Argentina. Cualquiera que repase distintos momentos históricos de ambas naciones, notara que la tendencia general ha sido al revés.

El intento de restauración neoliberal que impulsan ambos presidentes ha comenzado a encontrar límites muy claros. Hay una resistencia social y callejera crecientes, que ponen en duda la viabilidad del intento restaurador. Al mismo tiempo plantean un enigma peligroso: ¿es posible volver a un esquema de ajuste sin una fuerte represión?

En la respuesta a esta pregunta radica la posibilidad de que estos dos regímenes acentúen al máximo sus rasgos autoritarios y a que en América del Sur vuelva a ponerse en tela de juicio la propia democracia.

La resistencia de los maestros.  En el caso argentino, el gobierno de Macri encontró  su flanco más duro en los docentes. Es un punto complejo para el presidente. A pesar de las mejoras salariales que los maestros lograron durante los 12 años de kirchnerismo, su condición social, siempre cercana al imaginario de la clase media, implicó  que muchos de ellos, en la última elección, votaran al actual gobierno. Macri se está peleando con una parte de su base electoral.

Las huelgas de maestros suelen ser impopulares en la opinión pública. Los padres no tienen donde dejar a sus hijos y esto incrementa el mal humor. En un principio, el gobierno está usufructuando este enojo. Utiliza los medios de comunicación para culpar a los sindicatos. Pero la prolongación de este conflicto-y de otros- puede terminar generando la sensación de ingobernabilidad, que es lo peor que le puede pasar al Ejecutivo.

El fracaso de la política salarial que Macri se había propuesto para este año empezó con bancarios. El poderoso gremio que agrupa a los empleados de bancos jamás aceptó el techo del 17% que el oficialismo le había sugerido a todos los empresarios, basándose en su propia pauta de inflación para 2017, algo que desmienten casi todas las consultoras privadas, que proyectan 25.

Los bancarios lograron sacarles a los empresarios un aumento del 24%, como modo de compensación por la pérdida de poder adquisitivo del año pasado, que tuvo una inflación altísima, 43 puntos.

El ministerio de Trabajo se negó a homologar el acuerdo entre ambas partes porque rompía el plan de Macri,  que busca bajar el nivel de los salarios, que en Argentina tienen un promedio bastante más alto que en el resto de la región. El asunto terminó en la justicia, que falló a favor de los trabajadores. Fue esto lo que comenzó a debilitar toda la estrategia, que apostaba a que los salarios debían cerrar por debajo de los 20 puntos.

Esto está en el trasfondo del prolongado conflicto con los maestros, que tampoco aceptaron las propuesta del 18 por ciento. Además, el gobierno federal incumplió con la Ley de Financiamiento Educativo, sancionada en el año 2005, que lo obliga a una negociación que garantice un piso de aumento en todas las provincias.

A este panorama se suma la primera huelga general que enfrentará Macri. Será el próximo 6 de abril. Surgió por presión de las bases, más que por decisión de los líderes de las centrales de trabajadores que preferían seguir con un perfil más negociador y conciliador.

Este calentamiento del clima social, producto básicamente del ajuste impulsado por el presidente, es una noticia muy mala para el oficialismo en un año electoral, en el que la coalición gobernante tendrá que revalidar el respaldo social a su proyecto político.

Fora Temer. El panorama en Brasil es aún más complejo para Michel Temer. Su popularidad está en niveles bajísimos. La aprobación a la gestión ronda los 10 puntos y la imagen negativa del presidente está por encima del 65. Son números mucho más bajos que los que todavía conserva Macri en Argentina.

Aquí se nota también la diferencia en ambos procesos. Macri llegó por el voto de mayoría de la sociedad y no por intrigas palaciegas. Es lógico que una buena parte de sus votantes siga dándole algo de tiempo.

Temer también enfrentó enormes manifestaciones en este mes de marzo, algunas tuvieron entre sus oradores principales al ex presidente Ignacio Lula Da Silva, lanzado ya sin dudas a recuperar la presidencia en las elecciones del próximo año.

Las protestas contra el gobierno brasileño tienen el mismo telón de fondo que en Argentina: el ajuste, sumado a la recesión económica. Temer se ha propuesto cambiar el sistema jubilatorio, imponiendo casi 50 años de servicio para poder acceder al benefició. Pretende además congelar el gasto público por dos décadas, y algunos de sus ministros incluso se han atrevido a afirmar que la justicia laboral debería dejar de existir.

En el centro de la “resistencia” a los planes de gobierno, al igual que en la Argentina, y con todos los matices que hay entre ambos países, están los sindicatos.

El tiro por la culata. Una de las estrategias centrales que usó la derecha en toda la región para remover a los gobiernos progresistas fue inundarlos con denuncias de corrupción, en algunos con elementos reales y en otros con mentiras. Esta estrategia no se usó sólo en Brasil y Argentina. Está en pleno apogeo en Ecuador, cuando falta poco para el balotaje que decidirá el destino del candidato del presidente Rafael Correa.

Hacer campaña con la corrupción se ha transformado en un talón de Aquiles para los nuevos gobiernos conservadores. En el caso de Brasil, antes de asumir estaba claro que muchos de los futuros miembros del gobierno de Temer estaban involucrados en el famoso Lava Jato. Solamente en los primeros meses de su mandato, el año pasado, el mandatario brasileño tuvo que remover a seis secretarios de Estado por corrupción.

En Argentina, Macri arrancó su gestión y  casi enseguida apareció como uno de los 5 jefes de Estado en todo el planeta involucrado en los Panamá Papers, por la cantidad de firmas offshore que tiene el grupo empresario de la familia del presidente.

En las licitaciones de obra pública, ha sido muy favorecido el primo de Macri, Ángelo Calcaterra, con la fuerte sospechas de que en realidad Ángelo es testaferro del jefe de Estado.

El caso Avianca fue otro escándalo de proporciones. Los Macri le vendieron su línea aérea a la empresa colombiana, al poco de asumir el nuevo gobierno. Y de inmediato el Estado comenzó a gestionar el ingreso de la línea aérea a los vuelos de cabotaje en detrimento de Aerolíneas Argentinas.

Y quizás el escándalo más grande haya sido la condonación de la deuda que el Grupo Macri tenía con el Estado por los años en que administro el Correo Argentino sin pagar el canon correspondiente.  El cálculo de la fiscal que denunció la operación era que se el presidente le perdonaba a su empresa familiar, conducida por su padre, alrededor de 4000 millones de dólares.

Cabe señalar que muchas de estas decisiones fueron suspendidas y puestas en observación por el propio Macri. Sin embargo, el impacto en la opinión pública no es tan fácil de revertir. Una encuesta reciente de la consultora Analogías indica que el 51% de la población considera corrupto al actual  gobierno de Macri y sólo un 33 lo señala como honesto.

Esta es la compleja situación que enfrentan los gobiernos neoliberales en América de Sur. Muestra los enormes límites que tiene el rediseño que impulsan.                  

 

 

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