Brasil y Argentina, abandonan su papel de actores en la construcción de un orden multipolar

http://www.cuartopodersalta.com.ar/

POR: DEMIAN VERDUGA.

Foto: Demián Verduga

El giro político que se produjo en Brasil y Argentina en los últimos 18 meses implicó también un cambio en la política exterior de ambos países. La comparación precisa de marcar varias diferencias. Aunque ideológicamente Mauricio Macri y Michel Temer tienen muchos puntos de contacto, los procesos que conducen tienen matices muy pronunciados. En buena medida se explican por el origen. Temer es producto de un golpe palaciego y gobierna el país más grande de Sudamérica con la lógica de un gobierno dictatorial, aunque todavía pueda considerarse que utiliza los resortes previstos en la legalidad democrática. Macri, en cambio, llegó por el voto popular y su gobierno tiene las limitaciones de una derecha-una novedad para la historia argentina-que apuesta construir y preservar un fuerte consenso social.

Foto: http://www.laizquierdadiario.mx

Temer tiene cinco por ciento de popularidad y con esa nada impulsa reformas profundas que tienen el respaldo del parlamento. Es un gobierno que ha renunciado a la lógica electoral. No es el caso de Macri, que avanza en un sentido conservador hasta el punto en que percibe que sus decisiones pueden poner en riesgo el caudal electoral y entonces se detiene y retrocede. En política exterior, salvando las enormes distancias del peso de cada país, suceden cuestiones similares.

El vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, visitó la Argentina al día siguiente de que Macri lograra una elección de medio término que lo dejó relativamente bien librado, con el 35% de los votos a nivel nacional y una oposición fragmentada. Pence estuvo en Buenos Aires y dejó afuera a Brasilia. Esto era algo impensable en otros momentos por el peso específico del país carioca. El gesto muestra que la derecha norteamericana ve a Macri como un líder  más “presentable” que el interino Temer, con sus casos de corrupción a cuestas y un país sumergido en la inestabilidad institucional.

El giro en la política exterior de ambas naciones fue diferente. Macri, como en tantas otras cosas, tomó el modelo que en la década de los ‘90 impulsó Carlos Menem, que consistió centralmente en alinearse en casi todos los temas con las necesidades de Estados Unidos. La permanente condena a Venezuela del actual gobierno reemplaza lo que Menem hacía con Cuba, cuando transformó a la Argentina en uno de los pocos países que condenaba a la isla en materia de derechos humanos. Hoy la relación de Cuba y Estados Unidos parece volver atrás, pero cuando Macri asumió todavía gobernaba Barack Obama, que había impulsado el deshielo con La Habana, y  Macri siguió esa línea. Cuba era buena y Venezuela era mala.

El abandono de Unasur y de la Celac a su suerte se explican por la misma lógica. Estos dos organismos debilitaron el rol de la OEA en los años de los gobiernos progresistas. Le quitaron un enorme protagonismo a Estados Unidos para resolver los problemas de la región. Nada de esto tendrá impulso mientras gobierne Cambiemos la Argentina, especialmente porque son  órganos cuyo principal rol, al igual que la OEA, es político. El caso del Mercosur es distinto porque está institucionalmente muy consolidado y porque incluye las relaciones económicas con el principal comprador de la Argentina, que sigue siendo Brasil. Un Mercosur meramente comercial no es desafío para Washington, menos aún con el giro proteccionista que ha dado. El único gesto de cierta independencia que mostró hasta ahora el gobierno argentino es el rechazo a las declaraciones del presidente Donald Trump, cuando dijo que no descartaba una acción militar en Venezuela. Algo es algo.

El caso de Brasil es más complejo. Se trata de una nación de mayor envergadura y con una de las cancillerías más sofisticadas del mundo. Lula había transformado a su país en un actor global. La palabra de Brasil pesaba y era tomada como la de una potencia emergente. No fue sólo la conformación de los Brics, el impulso de la Unasur y la Celac, o los acuerdos con Rusia y China. Fue también la incursión política y económica del Brasil en África, continente con quien lo une la historia. Lula abrió 44 nuevas embajadas de su país en el mundo y la gran mayoría en África. Peleó por una silla permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, algo que nunca logró, pero mostraba su visión de que su país tenía la relevancia suficiente para sentarse a la mesa de los que diseñan el rumbo del planeta.  En ese contexto, bajo el gobierno de los Kirchner, Argentina tenía resquemores, por el temor de que el vecino acumule demasiado poder. Pero había decidido dejar de disputar el liderazgo Sudamericano, aliarse al país más “grande du mundo” y al mismo tiempo condicionar ese apoyo permanentemente. Fueron años en los que las coincidencias le ganaron por lejos a las disputas.

Volviendo a Brasil, el nuevo gobierno tiró todo por la borda. Está atrapado en su imposibilidad de lograr estabilidad política y primero tuvo que invertir mucha energía para lograr el reconocimiento al golpe parlamentario que lo consagró. Luego, todo comenzó a centrarse en un ajuste que no tiene consenso social ni posible final feliz y en los permanentes escándalos de corrupción, que tienen el inconfundible aroma de la intervención de la CIA, como fue en la Maní Pulite italiana.

La política exterior de Temer, al igual que Macri, se limita a acompañar las posiciones de Estados Unidos. El contraste con aquel despliegue imparable de Lula es tan fuerte que pareciera que se trata de dos países distintos. Buscando una comparación, es como si en Rusia de pronto el tiempo comenzase a correr hacia atrás y se pasase de la política de Valdimir Putin a la de Boris Yeltsin.

Los artículos que narran el clima de Itamaraty, cancillería brasilera, describen  un ambiente de incertidumbre y falta de rumbo. No está de más recordar que el lulismo siempre nombró cancilleres que eran embajadores de carrera de Itamaraty, lo que permite inducir que buena parte de su política se debió, además de a su visión y convicción, al diseño del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país.

Como en tantos otros temas, el giro brasilero es más pronunciado que el argentino, aunque ambos implican un retroceso de décadas en pocos meses.

 

Comentarios

Comentarios

También te podría gustar...