Con Cristina Kirchner como lidereza, la oposición pone a prueba la magnitud del rechazo al proyecto neoliberal argentino encarnado por Mauricio Macri.

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El duelo tan esperado: Cristina versus Macri

Por : Demián Verduga

La decisión de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) de presentar su candidatura a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires, donde vive cerca del 40% del electorado argentino, ha transformado a las próximas elecciones legislativas en una contienda de altísima intensidad. En las urnas se dirimirá, al mismo tiempo, cuánto respaldo preserva aún la ex presidenta, sometida a un acoso judicial y mediático que no tiene registro en los últimos 34 años, y también hasta qué punto la sociedad sigue confiando en la promesas de Macri, que augura un futuro promisorio luego del ajuste neoliberal.

Respecto de la persecución a CFK, no es que a los otros ex mandatarios no se los haya castigado cuando dejaron el poder. Los grandes medios de comunicación, los jueces federales y los servicios de inteligencia, siempre hacen el mismo pase de baile: al cambia el gobierno comienzan a perseguir al que se fue, con algunos datos ciertos y otros totalmente inventados. Hacen sonreír al nuevo jefe de Estado, que disfruta de la lluvia ácida que cae sobre su predecesor, hasta que pasan los años y estos poderes fácticos comienzan a trabajar para hacerle lo mismo a él. La novedad con Cristina es la virulencia.

El “duelo” entre ella y Macri pone el debate en términos muy claros. Aunque la derecha argentina suele evitar siempre discutir ideas, luego de casi dos años de gestión será muy difícil para el presidente evitar que las políticas implementadas no estén en el centro. El gobierno intentará que sea una elección de personas, de “lo nuevo” contra “lo viejo”, receta que tanto le gusta al ecuatoriano Jaime Durán Barba, principal asesor de Macri en temas de campaña. Cristina pondrá el acento en los efectos del ajuste neoliberal en la vida cotidiana de los ciudadanos. Dejará de lado los “grandes discursos”, los análisis geopolíticos y las críticas del capitalismo financiero, para hablar de lo que le ocurre al vecino del barrio. Es un estilo nuevo para CFK, disputando el territorio comunicacional que tan bien supo explotar Macri.

En el orden político, el dato central de los últimos días es la división del peronismo en la provincia de Buenos Aires. El foco se pone muy especialmente en este distrito porque es en el que vive el 38% del electorado. En las elecciones de medio término en Argentina no hay candidatos nacionales. Hay senadores y diputados que se eligen para el Parlamento Federal pero son por cada provincia. Por eso es que resulta difícil medir cuál fue el resultado en todo el país. El oficialismo es quien tiene más posibilidades de hacerlo porque presenta su sello en todos los distritos y una figura, el presidente, aunque no se lo vote pero sí a sus candidatos. Para quien está en la oposición, como siempre se está disputando el liderazgo, es más difícil. Al no estar en el poder, el peronismo (PJ) no tiene un referente de alcance nacional. En la provincia de Córdoba, por ejemplo, no está detrás de Cristina. El PJ cordobés tiene su propio cacique, José Manuel De la Sota, que ha sido varias veces gobernador y hace años sueña con ser presidente.

Por todo esto es que se mira con tanta atención la votación en la bonaerense donde el peronismo está dividido. La semilla de la discordia la puso el ex ministro del Interior y Transporte de Cristina, Florencio Randazzo, que no acepta la decisión de la ex presidenta de consensuar una lista de unidad y de no competir en primarias. Fue la condición que le puso Cristina a los intendentes que le fueron a pedirle que sea candidata porque miran las encuestas y ven que les garantiza una buena elección.

Más allá de las sospechas de que Randazzo es en realidad un candidato puesto por el gobierno para quebrar la oposición, hay una explicación menos conspirativa que ayuda a entender lo que le ocurrió al ex ministro y a otros dirigentes del PJ.  Luego de la derrota electoral de 2015, a pesar de que el candidato de la ex presidenta, Daniel Scioli, había sacado casi el 49%, una buena cantidad de políticos peronistas llegaron a la conclusión de que el ciclo de Cristina había terminado. Que su liderazgo se iría debilitando y que había que hacer el otro clásico pase de baile, en este caso del peronismo: tomar distancia del presidente saliente para poder enfilarse detrás del nuevo liderazgo que surja del PJ. Esta interpretación del proceso político está en el trasfondo de muchas decisiones. El problema con que se encontraron quienes movieron el timón de su barco con esa brújula es la vigencia que conserva la ex presidenta en una porción muy grande de la sociedad. Su piso electoral ronda el 30 por ciento. Randazzo apostó sus fichas creyendo que el único lugar que le queda  por ocupar a Cristina está en los libros de historia y no en la realidad política cotidiana del país. Ese error de interpretación inexorablemente tiene un costo y quienes lo cometieron lo están pagando.

 

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