El 11 de septiembre es símbolo de dos acontecimientos: el golpe de estado que derribó y asesinó a Allende para instaurar una dictadura neoliberal y fascista en un país democrático y el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que puso al terrorismo islamista en la agenda de los actores internacionales en el siglo XXI

Foto tomada de: http://www.diariocolatino.com/chile-el-golpe-y-los-gringos-2/

CHILE, EL GOLPE Y LOS GRINGOS

(Crónica de una tragedia organizada)

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Publicado en http://www.letrasperdidas.galeon.com/consagrados/c_garciamarquez09.htm

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó: “Nos tomaremos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo”

Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza actual director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el asalto al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de incendiarlo. Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la refriega final contra Salvador Allende. También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de obras públicas, y amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar el general del aire Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era el actual almirante Arturo Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e inició el alzamiento militar en la madrugada del once de septiembre.

Aquella cena histórica fue el primer contacto del Pentágono con oficiales de las cuatro ramas chilenas. En otras reuniones sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popular ganara las elecciones. Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.

El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia de las presiones de la International Telegraph & Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su nombre era “Contingency Plan”. El organismo que la puso en marcha fue la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su ejecución fue la Naval Intelligency Agency, que centralizó y procesó los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad. Era normal que el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico. Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en las artes y las ciencias de la muerte.

Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de chilenos: “No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde los Pirineos hacia abajo”. El Contingency Plan estaba entonces terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.

Ningún chileno cree que mañana es martes

Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones. Lo único que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión Soviética. También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos. Su ingreso per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años. Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en una océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.

Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual. “Ningún chileno cree que mañana es martes”, me dijo alguna vez otro chileno, y tampoco él lo creía. Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural, una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones. De tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta más grande de este siglo.

Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos. Los había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación de espionaje social y político: el Plan Camelot. Fue una investigación subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias sociales de los chilenos. En el cuestionario que se destinó a los cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los militares chilenos en la cena de Washington: “¿Cuál será la actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? -La pregunta era capciosa. Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la república.

Chile no fue escogido por casualidad para este escrutinio. La antigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales del país permitían vislumbrar su destino. El análisis de la operación Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del continente después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones norteamericanas. El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.

Doña cacerolina se echa a la calle

El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la república. Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La explicación más corrientes es también la más divertida: alguien se equivocó en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían cantar. El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas. Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura. Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras agencias norteamericanas, en especial la CIA y el propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el Contingency Plan era sólo una operación militar que no tomaba en cuenta las condiciones actuales de Chile.

En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico social que esperaba el Pentágono. Al contrario, la independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social. En el curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas industriales, y más de la mitad del sistema de créditos. La reforma agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas. El proceso inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 por ciento.

El gobierno anterior, presidido por el demócrata cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre. Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empresa. La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott. Sin indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.

La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en aquél momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero. Las fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela.

Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las elecciones de marzo de 1973. Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del presidente de la república.

La Democracia Cristiana era una grande formación inter-clasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y media propiedad campesina, y en la burguesía y la clase media de las ciudades. La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciudades.

La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular controlaba el poder ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho, la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la desmoralización y el desastre económico.

El bloqueo económico de los Estados Unidos por la expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron el resto. En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica, pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus elementos básicos importados. Además, el país necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda externa. Los créditos de los países socialistas no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo norteamericano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos. Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada. Pero las urgencias de Chile eran descomunales. Las alegres señoras de la burguesía, con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de treinta días que había sido un terremoto de agitación social.

La última cueca feliz de Salvador Allende

El Presidente Salvador Allende comprendió entonces, y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase más alarmante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso dentro del marco de la constitución.

La periodista y política Rossana Rossanda, que visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil. Hasta los sectores más comprensivos de la Democracia Cristiana estaban entonces contra él. “¿Inclusive Tomic?” -le preguntó Rossana.-“Todos”, contestó, Allende.

En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas alborotadas, obtuvo el 44 por ciento. Era una victoria tan espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.

Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabilidad histórica. Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia e Italia, cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias semejantes a las de Chile: Todas las fuerzas de la reacción interna y externa se concentraron en un bloque compacto.

En cambio los Partidos de la Unidad Popular cuyas grietas internas era mucho más profundas de lo que se admite, no lograron ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo. El gobierno se encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana. Ahora se ve con mucha claridad que esos contactos, por parte de la oposición no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.

La CIA y el paro patronal

La huelga de camioneros fue el detonante final. Por su geografía fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el transporte con equipos soviéticos. El paro se sostuvo hasta el final, sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el exterior con dinero efectivo. La CIA inundó de dólares el país para apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se había acabado el aceite, la leche y el pan.

En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército. La jugada final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe, la oposición había logrado descalificar a los mandos superiores que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales a todos los oficiales que habían asistido a la cena de Washington.

Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una dialéctica irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno del pueblo. Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.

El ejército más sanguinario del mundo

Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se sale de la legalidad. habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre tenía un fundamento histórico.

Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.

El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró 300 años. Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000 personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla. Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.

Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con una masacre de 8.000 obreros. En Iquique, a principios del siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en la teatro municipal, huyendo de la tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos. El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.

El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la composición de clase de los cuadros superiores. Pero Salvador Allende se sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la república. En efecto, sólo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe. Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de Sub-oficiales de Santiago y resistieron durante cuatro días, hasta que fueron aniquilados desde el aire con bombas de guerra.

Esa fue la batalla más conocida de la contienda secreta que se libró en el interior de los cuarteles la víspera del golpe. Los golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que no cumplieron las órdenes de represión. Hubo sublevaciones de regimientos enteros, tanto en Santiago como en la provincia que fueron reprimidas sin clemencia y sus promotores fueron fusilados para escarmiento de la tropa. El comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado por sus subalternos. El gobierno actual ha hecho creer que muchos de esos soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular. Pasará tiempo antes de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados en secreto. En definitiva, sólo medio centenar de oficiales de confianza, al frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.

Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el drama. El bombardeo del palacio de la Moneda, cuya precisión técnica asombró a los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un espectáculos de circo volador el próximo 18 de septiembre, día de la independencia nacional. Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos, infiltrados por la frontera de Bolivia, permanecieron escondidos hasta el día del golpe y desataron una persecución encarnizada contra unos 7.000 refugiados políticos de otros países de América Latina.

Brasil, patria de los gorilas mayores, se había encargado de ese servicio. Había promovido, dos años antes, el golpe reaccionario en Bolivia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la infiltración de toda clase de recursos para la subversión. Algunos de los empréstitos que han hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile. En 1972, el general William Westmoreland hizo un viaje secreto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado. No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición interna y de hacer desplazamientos de personal y promociones jerárquicas favorables al golpe inminente.

Por fin, el 11 de septiembre, mientras se adelantaba la operación Unitas, se llevó a cabo el plan original de la cena de Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de guerra.

Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus terribles máquinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron posible la Unidad Popular. Cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros licenciados. La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.

La verdadera muerte de un presidente

A la hora de la batalla fina, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en le refugio de un presidente sin poder. Resistió durante seis horas, con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia Pública.

Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí, entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de camisa, sin corbata, y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía bien al general Palacios. Pocos días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Unidos. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “Traidor” y lo hirió en una mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 años en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos. Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que los había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Gabriel García Márquez

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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

ARTICULO ORIGINAL

El impacto psicológico de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001
en la ciudad de Nueva York: el trastorno por estrés postraumático y la recuperación
de una ciudad traumatizada

Jaime Cárcamo, Arturo Sánchez-Lacay, Roberto Lewis-Fernández

Introducción

L a ciudad de Nueva York a menudo se ha descrito como “la Capital del Mundo” o el primer centro urbano del “Estado Imperial” (“Empire State”). Pero el 11 de septiembre de 2001 un ataque inesperado sacudió hasta sus cimientos esta gran ciudad conocida por su capacidad de recuperación y sus enormes recursos. Los ataques terroristas a las Torres Gemelas (World Trade Center: Centro Mundial de Comercio) sobrepasaron los mecanismos psicológicos que utilizan diariamente los neoyorquinos para enfrentar el estrés; éstos no anticipaban ni aun siquiera imaginaban un ataque terrorista de tal magnitud en su propio país. Algunos sobrevivientes del ataque vivieron el desplome de las Torres Gemelas dentro de un marco religioso de tipo apocalíptico, tal como “el día del juicio final” o “el fin del mundo”. Hasta muchos que no se consideraban personas religiosas antes de esa fecha describían lo sucedido de esta forma. Al día de hoy, los sucesos del 11 de septiembre constituyen el acto terrorista más terrible y mortífero en la historia de Estados Unidos. Las estadísticas más recientes en cuanto a las víctimas fallecidas debido al ataque a las Torres Gemelas son las siguientes: total de víctimas: 2823; total de víctimas identificadas: 1058; restos recuperados: 19497; cuerpos recuperados: 289; escombros removidos:1610852 toneladas (1).

A partir de septiembre, todo el mundo sabe que Nueva York se ha convertido en un blanco de ataques terroristas. En la población se volvieron comunes las descripciones de problemas para dormir, de pesadillas, de agitación, de ansiedad, y de ira. Los neoyorquinos comenzaron a presentar un alerta y sospechas excesivas, particularmente hacia individuos que aparentan provenir del Oriente Medio. Se llegó a reportar en las noticias que individuos de esta procedencia fueron atacados e incluso asesinados poco después del 11 de septiembre.

Durante las siguientes semanas, los neoyorquinos vivieron permanentemente estados de temor, ira e incredulidad. La expectativa de otro ataque terrorista causó que la gente evitara “los lugares de alto riesgo” tales como los centros comerciales, los cines, los puentes, los túneles, los edificios altos y los aeroplanos. Lo que se consideraba seguro antes del 11 de septiembre se tornaba peligroso. Se hacía difícil distinguir un lugar seguro de uno de alto riesgo. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y el alcalde de la Ciudad de Nueva York, Rudolph Giuliani, tuvieron que presentarse por televisión y en la radio nacional para alentar a la población a que volviera a sus actividades usuales, sin entregarse al miedo al terrorismo.

Nueve meses después del desastre de las Torres Gemelas, la mayoría de los neoyorquinos ha vuelto a sus rutinas “normales”, tales como el trabajo, la familia, y las actividades sociales. Sin embargo, los recordatorios de la catástrofe siguen acosando a muchos habitantes de la ciudad. Continúan los funerales y los homenajes a los rescatistas y otras víctimas del desastre. Además, un informe reciente de los servicios nacionales de inteligencia advirtió que los terroristas islámicos planean otro ataque el 4 de julio, el aniversario de la Independencia Norteamericana, en una central eléctrica nuclear en el área noreste de Estados Unidos (2). Sin duda, la anticipación de más ataques terroristas aumenta la ansiedad y la tensión en una ciudad que intenta sobreponerse a sus recientes experiencias traumáticas.

Este artículo se divide en cinco secciones. La primera entrega una descripción breve de los diferentes tipos de problemas psicológicos que provocó el ataque terrorista del 11 de septiembre en muchos residentes de la ciudad de Nueva York. Además, presentamos una definición operacional del Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) según se describe en la 4 edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-IV) (3).

La segunda sección describe la prevalencia de este trastorno antes y después del 11 de septiembre. También ofrece algunas estadísticas sobre cómo los estadounidenses se enfrentaron al desastre durante los primeros días y cómo los niños a través de la ciudad de Nueva York siguen experimentando problemas relacionados con el estrés traumático. La tercera sección discute los factores de vulnerabilidad que parecen subyacer al origen del TEPT.

Las respuestas inmediatas al desastre por parte del gobierno y las instituciones privadas y académicas se discuten en la cuarta sección. Además presentamos en esta sección una descripción breve de los tratamientos para el TEPT que han sido avalados por la evidencia científica. El artículo concluye con un relato breve de un sobreviviente de las Torres Gemelas que padeció directamente el trauma del desastre.

El TEPT y otras reacciones al estrés traumático entre los sobrevivientes de las Torres Gemelas

Las personas que experimentaron directamente los ataques terroristas a las Torres Gemelas continúan desarrollando un conjunto de problemas psicológicos, tales como el TEPT, la depresión, los trastornos de ansiedad y las conductas auto-destructivas, incluyendo el alcoholismo y la drogadicción. La terrible tasa de mortalidad debida al desplome de estos edificios de más de 100 pisos ha provocado un proceso de duelo denominado complicado o traumático. Para aquellas personas que experimentaron un duelo de este tipo, la muerte de sus seres queridos fue como una sacudida que produjo una especie de reacción traumática.

Las reacciones patológicas a los acontecimientos traumáticos se conocen desde hace siglos, pero el diagnóstico de TEPT continúa en proceso de desarrollo. Este trastorno se usa actualmente para diagnosticar a alguien que ha reaccionado con “temor, sensación de desamparo u horror intenso” ante un acontecimiento traumático, desarrollando además (1) síntomas invasores en que se re-experimenta el acontecimiento; (2) reacciones de evitación ante recuerdos del trauma, junto con entumecimiento y aislamiento psicológicos generalizados y (3) excitación fisiológica generalizada. Puede durar de 1 a 3 meses (subtipo agudo) o más de 3 meses (subtipo crónico), o iniciarse después de 6 meses del trauma (aparición tardía).

Estudios recientes (4) han demostrado que nuevas combinaciones de síntomas (incluyendo menos síntomas de los acostumbrados o síntomas diferentes) pueden predecir la incapacidad y la necesidad de tratamiento con mayor precisión que la definición actual del TEPT. Queda claro además que personas con menos síntomas de los requeridos por el diagnóstico podrían aun así estar bastante afectados y por lo tanto beneficiarse del tratamiento (5). Por consiguiente, es importante poder reconocer las características básicas de un síndrome de estrés postraumático, sin aferrarse demasiado a la versión actual del número de síntomas necesarios para el diagnóstico (al presente, 1 síntoma relacionado a la re-experimentación, 3 síntomas de evitación y 2 de excitación).

La epidemiología del TEPT antes y después del 11 de septiembre de 2001

Antes de los ataques terroristas del 11 de septiembre, los estudios de prevalencia del TEPT en Estados Unidos indicaban que aproximadamente el 10,4% de las mujeres y cerca del 5,0% de los hombres había presentado un TEPT en algún momento de su vida (6). Cinco a ocho semanas después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, la prevalencia del TEPT se ha estimado en 20% para la población adulta residente en el área de las Torres Gemelas y en 7,5% para los habitantes del centro y sur de Manhattan en una entrevista telefónica realizada con una muestra aleatoria. Es importante tener presente; sin embargo, que aunque a menudo los síntomas del TEPT aparecen inmediatamente luego del acontecimiento traumático, en otros casos estos síntomas tardan semanas, meses e incluso años en aparecer. El inicio del TEPT puede influir de manera importante en el proceso de recuperación. Por ejemplo, Foa (1996) descubrió que las víctimas que desarrollaron síntomas agudos del trastorno en las primeras 2 semanas después del trauma (comienzo temprano) demostraron una mejor recuperación al cabo de 3 meses, comparados a los que desarrollaron síntomas agudos entre 2 y 6 semanas después del acontecimiento traumático (7).

En base a datos obtenidos luego de la explosión del Edificio Federal Murrah en la Ciudad de Oklahoma en 1995, previamente el acto terrorista más mortífero en la historia de Estados Unidos, es posible predecir que aproximadamente el 35 % de las personas que experimentaron directamente los ataques terroristas del 11 de septiembre presentarán un TEPT en algún momento como consecuencia del desastre (8).

Se ha calculado que más de 100000 personas presenciaron directamente los horribles acontecimientos y que muchas otras personas alrededor del mundo experimentaron estas escenas dramáticas a través de los medios de comunicación (9). Una encuesta nacional que evaluó las reacciones al estrés provocado por estos acontecimientos halló que los estadounidenses reaccionaron a los ataques terroristas de varias maneras. Por ejemplo, la mayoría buscó la ayuda de la religión (90%) y de su redes de apoyo social. Cerca del 60% comprobó si sus seres queridos estaban a salvo, compartió con otros sus pensamientos y sentimientos y participó en actividades de grupo, tales como vigilias, que ofrecían un sentido de comunidad. Además, cerca del 35% hizo donativos a grupos caritativos dirigidos a las víctimas del desastre (9).

Un estudio más reciente realizado por investigadores de la Universidad de Columbia (10) encontró que los niños de la Ciudad de Nueva York en general, no sólo aquéllos que viven próximos al area del desastre, continúan experimentando problemas psicológicos debilitantes y persistentes. Aproximadamente el 26% de los estudiantes encuestados en 94 escuelas públicas reportaron por lo menos un problema de salud mental. Un 15% se quejó de agorafobia, el 12,3% reportó angustia por separación de sus padres, el 10,5% reunió los criterios del TEPT, el 9,3% experimentó ataques de pánico y el 8,4% mostró síntomas de depresión mayor. Al tomar en cuenta los síntomas menos graves, tales como pesadillas y problemas de concentración, aproximadamente 200000 de los 1,1 millones de estudiantes de las escuelas públicas de la ciudad podrían estar afectados. Tres de cada cuatro niños reportaron recuerdos invasores del desastre de las Torres Gemelas. Muchos niños vieron el desplome de los edificios desde las ventanas de los edificios escolares en el área sur de Manhattan o desde las riberas de Brooklyn y Queens.

Los niños que viven en los sectores de Staten Island, Rockaway y Washington Heights parecen ser los más impactados por el ataque terrorista. Muchos de los rescatistas vivían en Staten Island, incluyendo muchos bomberos y policías que perecieron el 11 de septiembre. El accidente aéreo del vuelo 587 de la aerolínea American que se dirigía hacia la Republica Dominicana cayó sobre el sector de Rockaway y en Washington Heights vivían muchas de las víctimas latinas del desplome de las Torres Gemelas y del accidente aéreo del vuelo de American Airlines. El informe sugiere que es en parte debido a esto por lo que los estudiantes latinos encuestados exhibieron más estrés que los otros niños (10). Otra encuesta también demostró que la población latina adulta de Nueva York desarrolló tasas de prevalencia mayores de TEPT y de depresión a partir del ataque terrorista que otros grupos étnicos, aun después de controlar estadísticamente el efecto de factores covariantes (11).

Vulnerabilidad para presentar un TEPT

¿Qué predispone a algunos individuos y no otros a presentar un TEPT? Tres clases de factores parecen estar implicados en el desarrollo del TEPT: (1) factores anteriores al trauma, (2) factores relacionados con el trauma y (3) factores posteriores al trauma. En cuanto a los factores relacionados con el trauma, se ha demostrado que aquellos individuos con un historial psiquiátrico o que han sufrido experiencias traumáticas anteriores tienen una mayor probabilidad de desarrollar un TEPT (12). El tipo de acontecimiento traumático juega también un papel en la vulnerabilidad del individuo a presentar el trastorno. Por ejemplo, Resnick et al (13) encontraron en un estudio retrospectivo de mujeres estadounidenses que el 17,8% de las víctimas de ataques físicos graves y el 12,4% de aquéllas que fueron sexualmente atacadas presentaron un TEPT, mientras que sólo el 3,4% de las mujeres que sufrieron acontecimientos traumáticos no-criminales presentaron el trastorno.

La gravedad del trauma puede influir también en el desarrollo del TEPT. Por ejemplo, los estudios realizados con veteranos de la Guerra de Vietnam encontraron que la gravedad de la patología post-traumática podía anticiparse de acuerdo a la cantidad de combate al que fue expuesto el soldado (14,15). Por analogía, puede predecirse que las personas que experimentaron directamente el desplome de las Torres Gemelas tienen una mayor vulnerabilidad al TEPT que aquéllas más apartadas de la zona del desastre. La investigación deja bastante claro que tanto la naturaleza como la gravedad del acontecimiento traumático afectan el riesgo de desarrollar un TEPT.

Las experiencias de un individuo durante y poco después del acontecimiento traumático pueden también influir sobre sus reacciones al trauma. Por ejemplo, el grado de disociación durante e inmediatamente después del acontecimiento se ha visto asociado al grado de angustia post-traumática y al TEPT (16). Un grado extremo de ira o de culpabilidad posteriores al trauma (frecuente entre los sobrevivientes de las Torres Gemelas) parece aumentar el riesgo de una respuesta patológica (17). Además, el Trastorno Agudo por Estrés durante el primer mes después del trauma está asociado a un aumento en el riesgo de TEPT (18). El papel del apoyo social en el proceso de recuperación no queda completamente claro, aunque hay evidencia que indica que el apoyo social negativo (tal como culpar a la víctima por el acontecimiento traumático) parece obstaculizar el proceso de recuperación (19).

Aunque el evitar ciertos lugares se ha considerado como una respuesta natural y aceptable para los sobrevivientes del desastre justo después del desplome de las Torres Gemelas, la evitación persistente de situaciones que son seguras desde un punto de vista objetivo también contribuyen al desarrollo del TEPT entre algunos sobrevivientes. Es bien sabido que luego de un acontecimiento traumático cambia la percepción que las personas tienen del mundo y de sí mismas (20). A menudo se llega a ver el mundo como un lugar peligroso e impredecible y las víctimas traumatizadas pueden catalogarse de personas frágiles y vulnerables. Se afectan las capacidades volitivas y cognoscitivas. Se altera la habilidad de distinguir entre lo seguro y lo peligroso. Las creencias rígidas, tales como la idea de que no hay lugar seguro en el mundo, a menudo conducen al proceso de evitación. La evitación, por su parte, disminuye las oportunidades de extinguir o reducir la reacción de temor provocada por el trauma. En la ciudad de Nueva York, las personas que se enfrentaron activamente a las situaciones que, aunque temidas, eran objetivamente seguras facilitaron su recuperación al corregir las creencias exageradas acerca de la peligrosidad de la ciudad y de su propia vulnerabilidad.

La experiencia de un acontecimiento traumático es necesaria para que un individuo desarrolle un cuadro de TEPT, pero de por sí no es suficiente. Otros factores, tales como el funcionamiento antes del trauma, la historia previa de experiencias traumáticas, la gravedad o magnitud del acontecimiento traumático y las reacciones del individuo víctima de un trauma y de sus seres queridos después del trauma juegan también un papel esencial.

La respuesta a los actos terroristas por parte de los servicios de emergencia organizados por instituciones gubernamentales, privadas y académicas

Los ataques terroristas a las Torres Gemelas afectaron al mundo entero de forma directa e indirecta. El centro financiero de Wall Street permaneció cerrado por varios días, al igual que los aeropuertos estadounidenses, y el país entero vivió una temporada de sobresalto e incertidumbre. Varias instituciones gubernamentales, privadas y académicas aunaron esfuerzos para proporcionar orientación, intervención en crisis y entrenamiento en la evaluación y el tratamiento de las reacciones al trauma. Por ejemplo, el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York y la Universidad de Columbia crearon una red de información de profesionales de salud mental (psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y enfermeras) interesados en ofrecer sus servicios voluntariamente a las víctimas del desastre de las Torres Gemelas. Además, éstas y otras instituciones académicas ofrecieron numerosos talleres para educar y entrenar a los profesionales de salud mental de la ciudad acerca de los tratamientos para el trauma que han sido avalados por la evidencia cientifica.

El “Proyecto Libertad”, un programa auspiciado por la Agencia Federal de Emergencia y Administración (FEMA) y por el Centro para Servicios de Salud Mental, ofreció servicios gratis de consejería en crisis a las personas, familias, y grupos más afectados por el desastre del 11 de septiembre. Se distribuyeron anuncios por toda la ciudad para motivar a la población a que buscase ayuda, incluyendo particularmente a los rescatistas.

El Consorcio Neoyorquino para el Tratamiento Efectivo del Trauma, financiado por la Fundación del periódico New York Times, fue creado para enfrentar las necesidades psicosociales de familias, adultos y niños a raiz del desastre de las Torres Gemelas. La misión del Consorcio es organizar la distribución entre los servicios de salud de personal clínico bien entrenado y crear una infraestructura para evaluar la eficacia y la calidad del tratamiento mediante el entrenamiento contínuo, la promoción de tratamientos avalados por la evidencia científica y los estudios de seguimiento para valorar el impacto de los servicios prestados. Aunque existen los conocimientos necesarios sobre los tratamientos efectivos y el proceso de entrenamiento que éstos requieren, debido a la magnitud del acontecimiento, ni la ciudad de Nueva York ni ningún lugar en el mundo cuenta con la infraestructura y el personal entrenado para enfrentar un desastre de esta naturaleza.

El Consorcio Neoyorquino se compone de cuatro importantes centros académicos de la ciudad de Nueva York con grupos especializados en el tratamiento y la investigación de las reacciones al trauma, incluyendo la Universidad de Columbia (junto con el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York), la Escuela de Medicina de Mont Sinai, el Colegio Médico de la Universidad de Cornell, y el Centro Médico Católico de San Vicente, el centro académico del Colegio Médico de Nueva York que presta servicios al área sur de Manhattan. Por ejemplo, debido a su cercanía al área del desastre, el Centro Médico de San Vicente recibió un enorme número de sobrevivientes buscando ingresar a los servicios de consejería en crisis y una amplia gama de otros tratamientos intensivos de salud mental. Durante la primera semana después del 11 de septiembre, San Vicente atendió 1038 pacientes como resultado del desastre y recibió 6800 visitas a su centro de servicio familiar.

Las metas del Consorcio Neoyorquino

Las metas del Consorcio son las siguientes:
1) ENTRENAR A LOS MONITORES. Sesenta facultativos de los cuatro centros académicos fueron seleccionados y al día de hoy continúan participando en el proceso de entrenamiento realizado por un grupo de expertos a nivel nacional en la investigación y tratamiento de las reacciones al trauma. Entre estos especialistas están Edna Foa PhD, Katherine Shear MD, Bessel Van der Kolk MD, Patricia Resick PhD y Arieh Shalev, MD. Los facultativos que reciben este entrenamiento a su vez ya han comenzado a ofrecer las terapias que han aprendido en sus respectivos centros clínicos.

2) DIVULGACION DEL CONOCIMIENTO ESPECIALIZADO. Los 60 profesionales entrenados también están conduciendo talleres y seminarios para educar a otros profesionales de salud mental en la ciudad de Nueva York que atienden pacientes en clínicas comunitarias, oficinas privadas y programas de asistencia a empleados. El entrenamiento también enfatiza la consultoría a psicólogos, consultorios para escolares y a maestros de educación especial. En particular se ha enfatizado el enlace con los servicios primarios de salud general para facilitar la identificación y la derivación de personas afectadas por el desastre.

3) TRATAMIENTO Y EVALUACION DE SERVICIOS. El Consorcio también ha establecido un procedimiento para realizar evaluaciones estandarizadas, verificar la calidad de los servicios prestados y estudiar el resultado del tratamiento y la satisfacción del cliente. Es esencial que este esfuerzo asegure de manera progresiva y objetivamente crítica que la comunidad se esté beneficiando de tratamientos de alta calidad.

4) DESARROLLO PROGRESIVO DEL PROGRAMA. Las cuatro instituciones han establecido centros para continuar el desarrollo y perfeccionamiento de los tratamientos, incluyendo las modificaciones que puedan introducirse para poblaciones especiales (tales como diversas poblaciones étnicas y culturales, rescatistas, pacientes con enfermedades físicas, ancianos, enfermos mentales crónicos y niños en hogares de crianza).

La meta a largo plazo del Consorcio es la de establecer infraestructuras y metodologías que proporcionen asistencia y entrenamiento para cubrir otras necesidades a nivel local y nacional relacionadas al trauma. Una consecuencia importante del nuevo Consorcio va a ser la creación de un medio de difusión. Los estudios en el tema de desastres indican que las consecuencias primarias y secundarias de un desastre de esta magnitud continuarán por un período de varios años. Una vez que se haya creado esta organización e infraestructura, el objetivo primordial será el de continuar buscando fondos de diversas fuentes para poder continuar y expandir estos esfuerzos.

El Consorcio nos permite influir directa e indirectamente en los servicios recibidos por miles de individuos y a la vez podemos avanzar en nuestros conocimientos sobre cómo responder ante los desastres. El valor del conocimiento obtenido será inapreciable.

Los tratamientos para el TEPT avalados por la evidencia científica

Existen diferentes tipos de tratamientos para el trauma, incluyendo los medicamentos, la hipnosis, la psicoterapia psicodinámica y las terapias cognitivo-conductuales. Varios estudios han indicado que los medicamentos inhibidores de la recaptación de la serotonina son eficaces para el tratamiento del TEPT, por ejemplo, la fluoxetina (21, 22), la sertralina (23), y la paroxetina (24, 25). Al presente, la sertralina y la paroxetina son los medicamentos aprobados por la Administración de Alimentos y Drogas estadounidense (FDA) para el tratamiento del TEPT.

Al evaluar los resultados de las investigaciones sobre la respuesta al tratamiento es importante notar que no todos los estudios emplean el mismo rigor metodológico y que por lo tanto las conclusiones que de ellos se pueden extraer varían sustancialmente. Foa y Meadows (26) resumieron siete “estándares de oro” que deben usarse para calibrar los resultados de estudios que investigan la respuesta al tratamiento. Estos incluyen:

  1. Síntomas claramente definidos (por ejemplo, TEPT o depresión mayor en vez de “malestar luego de una violación”).
  2. Medidas confiables y válidas (por ejemplo, medidas estandarizadas en lugar de cuestionarios idiosincráticos).
  3. Entrevistas realizadas por evaluadores que desconocen la asignación terapéutica del paciente (“ciegos”; para evitar el sesgo).
  4. Entrenamiento de los evaluadores (incluyendo tanto el entrenamiento inicial como la supervisión periódica).
  5. Progamas de tratamiento específico codificados en manuales (para asegurar la uniformidad del tratamiento y permitir la repetición del estudio).
  6. Asignación terapéutica imparcial (por ejemplo, muestras asignadas al azar o mediante estratificación).
  7. Fidelidad al tratamiento (para asegurar que se siguieron correctamente los manuales de terapia).

Los tratamientos cognitivo-conductuales han sido evaluados en un mayor número de estudios, algunos de los cuales emplearon una metodología más rigurosa que la de otras escuelas de psicoterapia (27). Por ejemplo, nuestra investigación actual en el Instituto de Psiquiatría del Estado de Nueva York sobre el tratamiento del TEPT utilizando una psicoterapia cognitivo-conductual cumple con los “estándares de oro” sugeridos por Foa y Meadows (26). Cárcamo, Lewis-Fernández y Marshall (28) discutieron los procedimientos terapéuticos y el resultado de un caso de TEPT abordado con un tratamiento cognitivo-conductual. La eficacia de este método terapéutico para pacientes afectados por los sucesos del 11 de septiembre fue descrita por Cárcamo en una entrevista en la sección “Ciencias” del periódico New York Times varias semanas luego del desastre (29).

La terapia de exposición prolongada es una psicoterapia basada en el método cognitivo-conductual que ha sido avalada repetidamente por la investigación científica por su eficacia en el tratamiento del TEPT (20, 30, 31). Esta terapia consta de cinco componentes: (1) la primera fase en que se reúne información detallada sobre el acontecimiento traumático, (2) la psicoeducación, (3) el entrenamiento sobre el uso de la respiración para reducir la ansiedad, (4) la exposición a base de imágenes (utilizada para revivir el trauma) y (5) la exposición en vivo (utilizada para enfrentar directamente los recuerdos del trauma). Los dos componentes de exposición se consideran los elementos claves del tratamiento. Debe señalarse; sin embargo, que a pesar que esta terapia ha sido avalada repetidamente por la investigación debido a su eficacia terapéutica para el TEPT, en algunas circunstancias parece necesario o por lo menos útil utilizar otros enfoques para tratar este trastorno. Estos enfoques pueden usarse en sustitución de o junto con la terapia de exposición prolongada. Por ejemplo, aunque la emoción principal en los casos de TEPT es típicamente el temor y la ansiedad intensa, algunas personas padecen más de culpa o de vergüenza que de temor, y es posible que la terapia de exposición prolongada no tenga tanto impacto sobre estas emociones. La reestructuración cognitiva; sin embargo, podría ser más efectiva en estos casos. Por lo tanto, al atender pacientes con TEPT que describen pensamientos disfuncionales de culpa o vergüenza excesivas, sería útil utilizar la reestructuración cognitiva como parte del tratamiento del TEPT.

La experiencia de un sobreviviente del ataque terrorista

Una periodista de 35 años describió cómo una mañana hermosa de un martes se volvió la experiencia más horrible de su vida. Recordó que al contestar el teléfono le informaron que un avión se había estrellado contra uno de los edificios del World Trade Center. Le señalaron que se reportara al lugar de los hechos ya que era “una noticia de última hora”. Al irse vistiendo, encendió la televisión y vio las imágenes en vivo del avion estrellándose. Al apresurarse al área de las Torres Gemelas iba pensando que “ésta podría ser una gran noticia, quizás yo pueda destacarme por mi reportaje”. Por su mente nunca se cruzó la idea de que éste podría ser el último día de su vida.

Llegó al área de las Torres. La gente estaba en la calle mirando fijamente hacia arriba del edificio en llamas. ¡Era un espectáculo! La periodista caminó apresuradamente hacia los edificios. La situación se ponía cada vez peor. La gente caminaba lentamente en la dirección opuesta. Pensó “tengo las credenciales de prensa de la policía de Nueva York, por lo que puedo continuar. Después de todo debo llegar hasta el área de los sucesos”. Una mujer policía le dijo que “no era seguro”. Siguió caminando. Se oscureció el cielo, la visibilidad disminuyó rápidamente. Tosía, pensando “esto es una pesadilla, pero de seguro son las repercusiones de un acontecimiento terrible, pero ya ha terminado.” El humo era muy grueso y se había puesto muy oscuro. Apenas podía respirar. No tenía idea que los edificios estaban a punto de desplomarse. Continuaba dirigiéndose hacia la entrada principal de las Torres Gemelas y notó que había aproximadamente dos pulgadas de ceniza en el suelo. Casi no quedaba nadie a su alrededor. El lugar estaba desolado. Un agente del FBI le gritó “¡salga!” Ella vio el temor y la ira en la cara de este hombre, quien probablemente pocas veces demostraba sus emociones. La periodista dio la vuelta y comenzó a retroceder. Pocos minutos más tarde el agente del FBI le gritó a su propio equipo que saliera. El la tomó del brazo y ella empezó a correr. Luego llegó a pensar: “Este hombre me salvó la vida”.

Treinta segundos más tarde la tierra comenzó a sacudirse ferozmente. Oyó un rugido gigantesco viniéndose abajo detrás de ella. Era el ruido más aterrorizante que había oído en su vida. Se volteó por un momento para ver de dónde provenía el sonido y vio una nube inmensa, como una tromba marina o una erupción volcánica levantándose hacia ella, como intentando tragarla. Se dio cuenta que la eclipsaría en breve. Corrió como si su vida dependiera de ello. Caía la ceniza, vio otras cosas volando. La visibilidad estaba cada vez peor. Se dijo a sí misma, “bueno, aquí quedé, voy a morir.” No había manera de escapar. Vio la muerte a su lado, pero siguió corriendo. Se seguía hablando, diciendo, “todavía estoy viva, definitivamente viva.” Finalmente alcanzó a otras personas. Casi sin poder respirar, disminuyó el paso hasta caminar a un paso ligero pero sin correr. Le comentaron que el edificio se había desplomado. ¿”Qué edificio?” se pregunta, “¿el que se estaba quemando? ¿Otro? ¿Se estarán quemando todos? ¿Están todos a punto de desplomarse?” No tenía la menor idea de lo que acababa de suceder y si ya había terminado.

Se aclaró el aire y por fin alcanzó a un grupo de personas. Era una entre cientos y miles que se dirigían al norte, buscando un sitio seguro sin saber dónde lo encontrarían. Caminó y corrió durante cuatro horas hasta llegar al apartamento de una amiga donde encontró ayuda y apoyo.

Varios meses después, comenzó a recibir terapia para sus síntomas de TEPT. Estos empezaron abruptamente poco después de los acontecimientos horribles que vivió al pie de las Torres Gemelas. Aunque con anterioridad al 11 de septiembre esta reportera había presenciado los efectos de desastres naturales tales como terremotos y accidentes aéreos, en ningún momento había temido por su vida o pensado que iba a morir. Al volver a contar su experiencia traumática del ataque terrorista durante la terapia, explicó que su terrible impacto la había forzado a interpretarlo dentro de un marco religioso. Antes de comenzar la terapia había recibido muchos consejos y apoyo de parte de su sacerdote para sobreponerse a su impresión inicial de que “finalmente había presenciado el fin del mundo”.

Comenzó a participar en sesiones semanales de psicoterapia para el TEPT de acuerdo al Manual creado por Foa y Rothbaum (20). Durante estas sesiones se le ofreció información sobre los problemas típicos asociados con el TEPT y sobre las razones de porqué enfrentar las experiencias traumáticas en lugar de evitarlas. Como parte de la terapia, narró los detalles de los acontecimientos de las Torres Gemelas y se le sugirió que gradualmente fuera enfrentando las situaciones que evitaba desde el 11 de septiembre. Por ejemplo, describió cómo evitaba calzar zapatos con tacones altos, prefiriendo ponerse zapatillas para estar preparada en caso de que inesperadamente tuviese que escapar de una situación peligrosa. También evitaba lugares concurridos o históricos y el volar en avión. Aunque ha mejorado en cuanto a su funcionamiento general y ha logrado enfrentar la mayoría de las situaciones que antes evitaba sin sentirse aterrorizada, continúa sufriendo de temor y ansiedad ante las amenazas recientes de más ataques terroristas. Aunque es muy importante reconocer este riesgo real, también es esencial identificar las distorsiones cognitivas (las perspectivas negativas exageradas sobre el mundo y sobre sí misma), y éstas deben enfrentarse en un ambiente terapéutico. Su tratamiento se ha facilitado mucho por su excelente disposición a participar activamente en la terapia, su buen sistema de apoyo, y su desenvolvimiento ininterrumpido en sus actividades diarias de trabajo y con sus seres queridos.

Conclusión

Este caso ejemplifica un conjunto bastante típico de experiencias traumáticas vividas por los sobrevivientes del desastre de las Torres Gemelas. Muchas de las víctimas están apenas comenzando un largo proceso de recuperación que intenta reestablecer su sentimiento de seguridad a nivel personal, nacional y global. Es indispensable mantener una gran flexibilidad a nivel clínico para aumentar la alianza terapéutica y así contribuir a este proceso de curación.

Nueve meses después del desastre de las Torres Gemelas, la mayoría de los neoyorquinos han vuelto a sus rutinas “normales”, tales como el trabajo, la familia, y las actividades sociales. Sin embargo, la expectativa de otra catástrofe sigue acosando a muchos habitantes de la ciudad. Sin duda, la anticipación de más ataques terroristas aumenta la ansiedad y la tensión en una ciudad que intenta sobreponerse a sus recientes experiencias traumáticas.

Diversas instituciones gubernamentales, privadas y académicas continúan sus esfuerzos para proporcionar intervención en crisis y entrenamiento en la evaluación y el tratamiento del TEPT y otros trastornos relacionados con el trauma. El “Proyecto Libertad” sigue ofreciendo servicios gratis de consejería en crisis a las personas, familias, y grupos más afectados por el ataque terrorista. El Consorcio Neoyorquino para el Tratamiento Efectivo del Trauma permanece comprometido en crear una infraestructura que ofrezca tratamientos avalados por la evidencia cientifica para los sobrevivientes del desastre del 11 de septiembre. Nueva York se reafirma en su capacidad de recuperación, con un pronóstico favorable.

Agradecimientos

Los autores desean agradecer al Dr. Randall Marshall, al Dr. Muhammad S. Raza, y a Wendy García por su colaboración en la preparación de este manuscrito. El Consorcio Neoyorquino para el Tratamiento Efectivo del Trauma, al que pertenecen los autores, recibió apoyo económico de las Fundaciones New York Times y Surdna. Los Dres Lewis-Fernández y Sánchez-Lacay han recibido apoyo adicional de la Fundación Robin Hood y del New York Community Trust.

Los ataques terroristas a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 abrumaron los mecanismos psicológicos que utilizan diariamente los neoyorquinos para enfrentar el estrés. La expectativa de otro ataque terrorista, incluyendo el temor al bioterrorismo, complica el proceso de recuperación de muchos individuos afectados directamente por el desastre. Estas personas experimentan una combinación de problemas psicológicos, incluyendo el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), la depresión, la ansiedad, el duelo traumático, y las conductas auto-destructivas. Además, algunas víctimas vivieron el desplome de las Torres Gemelas dentro de un marco religioso de naturaleza apocalíptica (por ejemplo, “el dia del juicio final” o “el fin del mundo”). Hasta la fecha, éste ha sido el acto terrorista más mortífero en la historia de Estados Unidos. En este artículo discutimos los siguientes temas: (1) el efecto psicólogico inmediato de los ataques terroristas, (2) la prevalencia del TEPT antes de y después del 11 de septiembre de 2001, (3) los factores que aumentan la vulnerabilidad para presentar el TEPT, (4) las respuestas inmediatas al desastre de parte de las instituciones gubernamentales, privadas y académicas, y (5) una descripción breve de los tratamientos para el TEPT avalados por la evidencia científica. El artículo concluye con un relato de la horrible y aterradora experiencia de un sobreviviente de los ataques.

 

 

 

 

 

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