EL TERRORISMO ISLAMISTA, IMPULSA A LA EXTREMA DERECHA ALEMANA Y AMENAZA EL FRAGIL EQUILIBRIO POLÍTICO FRANCÉS.

12 de Enero del 2015 15:41:28 CDT

Un nuevo muro en Berlín

A 25 años del derribo de aquella barrera, una pared invisible parece dividir los ánimos nacionales en la principal potencia europea

Enrique Milanés León
digital@juventudrebelde.cu
10 de Enero del 2015 20:22:58 CDT

No se precisaba una bola de cristal, al menos no una de «alta resolución», para saber que tras el abominable atentado en Francia a la revista satírica Charlie Hebdo los mastines de la violencia, que practican en el mundo el mismo «rezo», irían tras los pasos del Islam. En ese París romántico, que sí cree en lágrimas, se produjeron ataques a centros de confesión musulmana —justamente condenados por el Gobierno— y en casi toda Europa los grupos de extrema derecha han cargado esa áspera mano en sus discursos.

Sean quienes sean los que están tras el velo del crimen, lo que no hace falta averiguar es que la acción en la revista gala beneficia sobremanera a la muy antiárabe derecha europea. Fuerzas que se alimentan del miedo al inmigrante como el Frente Nacional, de Marine Le Pen, en Francia; la Liga Norte italiana y la alemana Pegida aprovechan sin rubor los amargos frutos de la violencia.

Luego del atentado, el movimiento Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) proclamó a los cuatro vientos que la acción había confirmado su tesis de que los islamistas son incompatibles con la democracia y, de paso, «repartió papeletas» para su duodécima concentración, la de mañana.

El DNI de la intolerancia

¿Qué es Pegida? Quizá la palabra más inquietante que hoy tiene Alemania. Asentado en Dresde, la capital del estado oriental de Sajonia, el grupo comenzó a protestar el 13 de octubre con un centenar de personas —«otro puñado de xenófobos», creyó la Policía— y, de lunes en lunes, subió sus cifras a 10 000, 15 000, 17 500 y 18 000 asistentes, estadísticas que no son meros alardes propios sino cuentas claras de las autoridades.

Dicho claramente: desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial no se veían en Alemania protestas antiislamistas, xenófobas y neonazis de tal dimensión.

Pegida no se anda con medias tintas. Ha retomado el concepto de movilización de los alemanes orientales que en el segundo semestre de 1989 marcharon los lunes para ayudar a echar abajo un muro que desde mucho antes estaba carcomido. Y la frase de aquellos —«nosotros somos el pueblo»— es la misma que estos utilizan ahora para levantar otra tapia, migratoria e institucional ella, que impida la entrada a los extraños.

Lo más peligroso es que se disfraza de movimiento cívico, lo cual les permite atraer, junto a su núcleo reaccionario, a ciudadanos de disímil condición agobiados por problemas económicos. De tal suerte, no escasean en sus marchas personas del mundo profesional y académico, estudiantes, gente del fútbol, jubilados…

Todos ellos han unido su camino a personajes tenebrosos como Lutz Bachmann, una de las figuras de cabecera del movimiento que en su «currículo» tiene condenas por proxenetismo, venta de cocaína, agresiones físicas y otras «perlas» similares.

Los «rieles» y el destino

Las controversias son fuertes, a tal punto, que pareciera que la locomotora alemana no tuviera claro actualmente hacia cuál estación marchar: si a la del odio o a la de la concordia.

Werner Schiffauer, presidente del Consejo para la Migración, ha descrito el dilema: «Hay un desgarro en la sociedad. La mitad de los ciudadanos defiende la diversidad, pero un tercio reclama un sentimiento nacional más fuerte, del que excluye a los inmigrantes. Necesitamos un modelo de integración que incluya a toda la sociedad».

Las campañas llevadas a cabo para responder las nutridas protestas de Pegida son una evidencia de tal desgarro. Altos funcionarios del Gobierno han criticado sin adornos verbales la proyección del movimiento y en Berlín, Colonia, Sttugart y el propio Dresde —nido de Pegida— se han llevado a cabo contramarchas, pero hay un detalle importante: nunca han podido acercarse a los 18 000 manifestantes que la organización reaccionaria reunió en unas horas.

En la disputa, la oscuridad puede ser un arma. Los socialdemócratas lanzaron la campaña «apaguemos la luz a Pegida», con la que hicieron que, en los momentos de manifestación de los ultraderechistas, símbolos nacionales como la Puerta de Brandeburgo, la Catedral de Colonia, la Ópera de Dresde y hasta la planta de la automotriz Volkswagen quedaran a oscuras en señal de rechazo.

En su mensaje de año nuevo, Angela Merkel desenmascaró a los guías de Pegida.

La mismísima canciller federal Angela Merkel, dijo en su mensaje de año nuevo que los líderes de Pegida tienen «prejuicio, frialdad e incluso odio en sus corazones», pero también algunos miembros de su partido parecen entender las razones de la formación antiislámica.

El odio en cifras

Las encuestas pueden ser el mapa de operaciones de esta batalla. Una de ellas, llevada a cabo por la revista Stern, reveló que uno de cada ocho alemanes participaría en marchas antiislámicas si se organizaran cerca de su casa. Reportes de la Fundación Bertelsmann y de la revista Die Zeit señalan que el 57 por ciento de los alemanes ven al Islam como amenaza, y la segunda agrega que para el 40 por ciento de los germanos los musulmanes son la causa de que se sientan «como extranjeros en su propio país».

También la Universidad de Leipzig ha estudiado el asunto y establecido que el 24 por ciento de sus coterráneos quiere que los inmigrantes vuelvan a sus países de origen.

¿Qué hay con Pegida? Pues la televisora MDR hizo su encuesta y anunció que el 92 por ciento de la muestra niega que este movimiento daña la imagen de Dresde, a pesar de su declarada intención de restringir la presencia musulmana mediante la expulsión de personas «inadaptadas» y disminuir el otorgamiento de refugio y asilo.

Manifestación en Hamburgo en rechazo al racismo y al movimiento Pegida.

El ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, piensa distinto: «Pegida no solo perjudica a nuestro país, también proyecta una mala imagen de Alemania. Tenemos que dejar muy claro que los que salen a la calle son una pequeña minoría que hace mucho ruido».

Para uno de los países de mayor tradición matemática en el mundo, la idea de minoría del Ministro es, cuando menos, controversial.

Carteles son carteles

Los líderes de Pegida son lacónicos y no ocultan su desprecio por la prensa, pero en sus protestas los carteles hablan por ellos: «Despierta, Alemania: el islamismo nos amenaza», «No queremos que nuestros hijos hablen árabe», «Aquí no cabe tanto extranjero», y otros mensajes similares, hacen prescindible cualquier entrevista.

No es de extrañar que allí, en la nación desde la cual otro fanatismo desencadenó el Holocausto, Josef Schuster, presidente del Consejo Central de los Judíos de Alemania, afirmara que este movimiento «altamente peligroso, que pretende reinyectar el odio racial», manipula a su favor el miedo que el terrorismo supuestamente islámico provoca en las sociedades occidentales.

Hasta Hans-Georg Maassen, jefe de los servicios secretos alemanes, comentó a DPA el «fortalecimiento inquietante de las actividades xenófobas» en el país. Para calzar sus palabras sobran hechos: de enero a septiembre de 2014 se registraron 86 ataques a centros de refugiados y uno de ellos, en Nuremberg, terminó en la quema de un albergue, con la «firma» de cruces gamadas.

En Alemania viven más de diez millones de inmigrantes musulmanes. Solo en 2012, ese país recibió a cerca de 400 000, a lo que debe sumarse el pedido anual de 200 000 asilos. El presidente de la Federación de la Industria Alemana, Ulrich Grillo, ha dicho que el suyo ha sido «un país de inmigrantes desde hace mucho y debemos seguir siéndolo», pero lo último que hay al respecto es consenso nacional.

Ahora mismo Pegida está fertilizando, con los 12 muertos franceses, el torcido tronco del odio. Cuando el mundo ha llorado parejo la noticia de las víctimas de la revista Charlie Hebdo, tiene que leer también que, mientras nos disponemos a celebrar los 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, la intolerancia yergue en disímiles sitios los muros que parecen convocar una tercera.

Qué diría Carlitos

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Por Juan Sasturain

Para qué hablar de los estúpidos, siempre gratuitos e irreparables muertos. De varios de ellos, por desinformado, nada sé. A muchos, acaso por lectores veteranos, nos suenan más el talentoso loco Wolinski, e incluso Cabú, que el resto de los arrasados. Aquellos son de la raza, de la generación, de la sintonía provocadora sesentista de nuestro/su Copi, para entendernos. Y qué destino, caer así, de tan grandes y amortizados, reventados a tiros por estos asesinos –en el fondo, pendejos– enfermos, rabiosos por una realidad que no los vacuna. ¿El que gatilla es lo nuevo (que hay) y el que cae es lo viejo (que hubo)? Me parece que no es tan sencillo.

Por un lado es como si Wolinski & Co hubieran pisado y volado en diferido por la acción de una mina vieja desvelada, y ya escéptica, o –a la inversa– fueran víctimas de un disparo hacia el que iban corriendo, y lo que pasa es que se chocaron con una bala nueva que viene desde el espantoso, desfasado porvenir.

¿Aquel mundo que no asesinaba humoristas mordaces era más justo que éste? No. ¿Estos sangrientos portadores de la bala y la razón justiciera de hoy son más o menos arbitrarios que otros de antaño? No. Las condiciones de posibilidad que hacen factibles estas barbaridades siguen imperturbables: nuestra insolidaria sociedad contemporánea es una máquina de generar enfermedad, violencia y locura de la que después y durante se horroriza. Dan ganas de llorar por lo que pasa, de vomitar por la hipocresía.

Por eso, de política, de geopolítica, de economía, de toda la perversa basura concentrada que decide impunemente el destino universal de millones, para qué hablar. Mejor quedémonos en el kiosco hablando como siempre de pelotudeces, de lo que –contra la opinión generalizada del buen sentido utilitario que nos lleva una vez más al abismo– es el lugar de la dignidad y la inteligencia, de la plena humanidad. Por eso me corro de los muertos y de los matadores y me quedo en los papeles, en los papeles dibujados.

Porque de la revista, de Charlie, uno se acuerda tramposa/cobardemente desde el arranque, allá lejos cuando todo era distinto (no necesariamente mejor), otra cosa. Porque cabe recordar que esta malherida Charlie (“Charlí”, en francés) Hebdo (semanal) es nieta política –por izquierda, por anarca– de la original Charlie mensual de fines de los sesenta, que no era sino la versión francesa, a su vez, del Linus italiano, de la Milano Libri, una maravillosa revista de historietas que reivindicaba, entre otras cosas, las obras maestras yanquis clásicas y contemporáneas, como el Dick Tracy, de Gould, y sobre todo –de ahí el nombre tanto de la versión italiana como de la francesa– los Peanuts del gran Charles Schulz. Porque Linus era y es uno de los pibes de la gloriosa serie, y Charlie (“Chárli”, en inglés) es Charlie Brown, Carlitos bah, el pibe, el eterno y entrañable loser dueño o lo que sea de Snoopy, el perro que nunca tuvo Mafalda.

Quiero decir que si Carlitos / viviera / no se lo creyera; que si Mahoma / viviera / tampoco; pero que si tuviéramos que rebobinar / desde la lógica del ojo por ojo / siempre hay razones para justificar la venganza, ese empate que sólo satisface a los imbéciles. Ya sea a personal mano armada o con esos aviones asesinos sin gente de cuyo nombre no quiero acordarme.

Lo que tal vez pasa –e incomoda– es que esto espantoso que pasó no es –por supuesto– la necesaria ficción de la ONU, construcción tramposa y superyoica; esto horrible es lo que hay en la realidad cotidiana, apenas raspando un poquito nomás. Es, puesto en página y pantalla, un cruce de inconscientes: el desaforado/desesperado humor crítico es lo que el pensamiento colectivo, acosado por la corrección política, no se anima a manifestar; el crimen alevoso y sin contemplaciones ni vacilaciones es lo que el reprimido deseo colectivo de acallar la diferencia no puede soportar más.

Esto horrible es también lo que somos, una muestra de lo que somos capaces. Tan verdadero como el gesto estupefacto de Carlitos, las orejas llovidas de Snoopy que nos gustaría tener para cerrar con un gesto y callarnos de una vez.

Génesis del terror

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Por Atilio A. Boron *

El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna. Es la expresión contemporánea de un fanatismo religioso que –desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones conocidas– ha plagado a la humanidad con muertes y sufrimientos indecibles. Los políticos y gobernantes europeos y estadounidenses se apresuraron a manifestar su repudio ante la barbarie perpetrada en París. Pero parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no hay que llorar sino comprender. ¿Cómo dar cuenta de lo sucedido? La respuesta no es simple porque son múltiples los factores que la precipitaron. No fue la obra de un grupo de fanáticos que, en un inexplicable rapto de locura religiosa, decidieron aplicar un escarmiento ejemplar a un semanario que se permitía criticar ciertas manifestaciones del Islam. Esta conducta debe ser interpretada en un contexto más amplio: el impulso que la Casa Blanca le dio al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética en Afganistán, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era estigmatizando a los soviéticos por su ateísmo y potenciando los valores religiosos del Islam. La Agencia era en esos momentos dirigida por William Casey, un fundamentalista católico, y bajo la administración Reagan tuvo a su cargo la promoción, entrenamiento y financiamiento de Al Qaida, bajo el liderazgo de Osama bin Laden. Cuando en 2011 se consumó el fracaso de la ocupación norteamericana en Irak, Washington intensificó sus esfuerzos para estimular las guerras sectarias dentro del país, con el objeto de debilitar a los chiítas, aliados de Irán, y que controlaban el gobierno iraquí. El resto es historia conocida: reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, los radicales sunnitas terminaron por independizarse de sus promotores, como antes lo había hecho Bin Laden, y dieron nacimiento al Estado Islámico y sus bandas de criminales que degüellan y asesinan infieles a diestra y siniestra. En su afán por desarticular los países de Medio Oriente, Occidente aviva las llamas del sectarismo religioso.

Por eso la génesis de este crimen es evidente, y quienes promovieron el radicalismo sectario no pueden ahora proclamar su inocencia ante la tragedia de París. Horrorizados por la monstruosidad del genio que se les escapó de la botella el 11-S, en su criminal estupidez declararon una sorda guerra contra el Islam en su conjunto. Y sus pupilos responden con las armas y los argumentos que les fueron dados desde los años de Reagan. Aprendieron después con los horrores perpetrados en Abu Ghraib y las cárceles secretas de la CIA; de las matanzas perpetradas en Libia y el linchamiento de Khadafi, recibido con una carcajada por Hillary Clinton, y pagan con la misma moneda. Resulta repugnante narrar tanta inmoralidad e hipocresía. Sobre todo si se recuerda la complicidad de quienes ahora se rasgan las vestiduras y no hicieron absolutamente nada para detener el genocidio perpetrado hace pocos meses en Gaza. Claro, dos mil palestinos, varios centenares de ellos niños, son nada por comparación a doce franceses.

* Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

EL MUNDO › LAS RAICES DE LA VIOLENCIA Y EL RIESGO DE LAS SIMPLIFICACIONES

El debate contra el miedo

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Transformar el horror

Opinión

Por Florencia Saintout *

Hay un periodismo que ante la violencia produce un marco específico e interesado para impedir pensarla, en el que él es el que decide qué puede ser entendido o preguntado. De manera forzosa etiqueta que en determinados acontecimientos una explicación/pregunta equivale a una absolución. Es ese periodismo el que intenta decidir hasta dónde podemos expresarnos y hasta dónde no, extorsionando con poder disciplinador. Parece decirnos: si piensan se corren riesgos y ojo… si se equivocan los vamos a castigar de tal forma que jamás se atreverán a pensar otra vez.

Pero hay que pensar. Y pensar y entender no es absolver.

El acto terrorista sufrido en París necesita una y mil veces ser interrogado.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué pasa lo que pasa? ¿Cómo haremos para que deje de pasar?

Si la crueldad extrema no es un destino ni un hecho de la naturaleza, sino que se produce históricamente, es necesario saber de qué se trata ese artefacto para poder hacerlo de otro modo. En esa capacidad de hacerlo de otro modo (de hacer el mundo de otro modo) se juegan las opciones por la paz.

Podemos hacer que creemos que se trata de un acto contra la libertad de expresión –que efectivamente lo fue– pero que no fue sólo eso, sino que Charlie Hebdo se inscribe en un acto más de horror global contra la posibilidad de la humanidad.

¿Cómo llegó a articularse el actual mapa global de violencias? ¿Qué papel ocupó en esa articulación una política norteamericana de terror sobre el mundo islámico, con objetivos inconfesables, pero que tuvieron que ver con el saqueo de sus recursos para el dominio del mundo? Si Bin Laden “salió de la costilla de un mundo arrasado por la política exterior norteamericana” (Arundhati Roy), ¿cómo fue haciéndose esa costilla, cómo fue teniendo la densidad de los huesos, su potencia?

¿De dónde aprendimos que tenemos que quedarnos solamente con las imágenes atroces de la venganza? ¿O la idea de que venganza es equivalente a justicia? Han sido los poderes, entre ellos los de la pedagogía mediática, los que nos lo han enseñado.

Y si creemos que algo de lo sucedido tiene que ver con los fundamentalismos religiosos, ¿existe sólo el fundamentalismo islámico? Por supuesto que no. Y más profundamente: ¿los fundamentalismos son naturales o son también producidos históricamente? Y en el caso del fundamentalismo islámico, ¿cuánto de éste ha sido construido en base a las necesidades de las políticas imperialistas norteamericanas, desde Reagan en adelante? Haciendo un camino en densidad, ¿por qué quedarnos con una explicación monocausal que diga que todo es culpa de los norteamericanos y listo? Es necesario pensar más aún: ¿qué ha pasado con los estados de bienestar europeos, que para hacer sus deberes con el poder financiero dominante sacrifican a sus poblaciones? ¿Qué pasó con los partidos que se decían de izquierda y que no dudan en correrse a la derecha? ¿Dónde quedó el humanismo denunciado en siglos por sus monstruos y esclavos pero que luchaba contra sí mismo para poder seguir imaginando un universal diferente? ¿Dejamos de imaginarlo?

También podemos pensar en las palabras y las cosas. ¿Por qué es que siempre términos como terrorismo, masacre, cacería, justicia pueden “expresarse con libertad” para algunos y otros están condenados al silencio? Sus muertes de a millones ni siquiera son consideradas muertes porque sus vidas no han sido consideradas vidas. ¿Por qué para el sistema de medios hegemónicos no vale la pena informar sobre ellas?

Y esto: ¿en qué medida crea un mundo de odio y violencias?

¿Quiénes son los que hoy festejan? ¿Por qué festejan pidiendo pena de muerte?

Recurrentemente: ¿qué posibilidades tenemos de que sea de otro modo?

Sudamérica está demostrando caminos muy distintos al del terror y la guerra para hacer lugar a la justicia, lo que pone a la región en condiciones de hacer una pedagogía de la paz inteligente y sensible.

Entender no implica dejar de tomar posiciones éticas y políticas. Entender no nos impide sentir.

Condenar la violencia es distinto a entender la violencia, pero una no se puede hacer sin la otra. Si no, no estamos condenando realmente.

Suscribo a lo escrito luego del 11 del septiembre por Judith Butler: “Si creemos que pensar radicalmente acerca de la constitución de la condición actual equivale a absolver a los que cometieron actos de violencia, congelaremos nuestro pensamiento en nombre de una moral cuestionable. Pero si paralizamos nuestro pensamiento seríamos incapaces de asumir una responsabilidad colectiva para la comprensión acabada de la historia que nos condujo a esta coyuntura. De este modo, nos privaríamos de los recursos históricos y críticos que necesitamos para imaginar y poner en práctica otro futuro, más allá del actual ciclo de revancha”.

En el contexto de un mundo cruel, nos queda mucho más que condenar el crimen y llorarlo. Nos queda transformarlo.

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