Honduras camina hacia una crisis institucional, similar a la guatemalteca. Las marchas y sus consignas

Foto: http://www.laprensa.hn/honduras/851160-410/vuelve-a-salir-la-marcha-de-las-antorchas-en-tegucigalpa

Por Víctor Meza

El texto de las pancartas, los lemas, las consignas, que aparecen y reaparecen en las llamadas “marchas de las antorchas”, son un buen indicio para medir el nivel de las demandas, su profundidad y consistencia. Si las comparamos, por ejemplo, con las que abundaban en las protestas callejeras en el segundo semestre del año 2009, en contra del golpe de Estado, podremos encontrar más de una similitud y coincidencia.

Para el caso, en el año 2009, la demanda más común y repetida era aquella que pedía la renuncia del gobernante de facto, el usurpador Roberto Micheletti. Hoy, en el 2015, la exigencia más común es la que demanda la renuncia del presidente Juan Orlando Hernández – ¡fuera JOH! -, coreada  por miles de voces durante los desfiles de protesta y condena.

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¿Qué significa esto? Cuál es la razón por la cual los protestantes de ayer, hace seis años, y los de hoy, más de un lustro después, exigen lo mismo – el abandono del poder -, aunque sea con nombres diferentes. Ayer fue Micheletti, hoy es Hernández. El denominador común es uno solo: el rechazo al poder presidencial, la repulsa ante el gobierno, la condena al gobernante.

Y eso es lo que está en el fondo de todo. No es la simple repulsa ante la autoridad – eso sería anarquismo puro -, es la condena al autoritarismo, al ejercicio del poder de manera absoluta, sin cortapisas ni controles, sin rendición de cuentas, sin transparencia. Es la demanda ciudadana por claridad, luz, frescura y nitidez en el manejo de los asuntos públicos. De ahí viene el sentido de las antorchas. No simbolizan el fuego que todo lo quema y lo destruye, ni el calor que nos consume y agobia; no, las antorchas simbolizan la luz, la claridad que ilumina, el resplandor que niega la opacidad del régimen y exige alumbrar los entresijos oscuros del gobierno. De eso se trata: luz frente a la oscuridad, claridad frente a la opacidad.

Las marchas de las antorchas son, en esencia, un acto de valentía ciudadana, si, pero también una reacción legítima de hartazgo y hastío social, de cansancio, de fatiga mental ante los atropellos, la impunidad y el cuadro cada vez más dantesco y deprimente de la corrupción generalizada. Es la gente que dice basta, hasta aquí nomás, no aguanto más, no lo tolero más. Es la gente que todavía tiene rescoldos de dignidad y, por eso mismo, se indigna. El que no tiene dignidad, tampoco tiene fuerzas para indignarse. Y, al revés, el digno se indigna, se rebela y protesta. El indigno se rinde y subordina. El primero es ciudadano, el segundo es súbdito impotente, esclavo y sumiso. El primero es miembro activo de su comunidad, el segundo es habitante inofensivo de su territorio. Así de simple.

Los compatriotas, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos, etc. que desfilan por las calles para expresar su rechazo al régimen de corrupción y podredumbre en que estamos sumidos, lo hacen porque ya están cansados, hartos y saturados hasta el tuétano de tanta inmundicia y porquería, de tanta impunidad y vulgaridad cotidianas. El régimen ha perdido, ante los ojos de esos ciudadanos, todo vestigio de respeto y credibilidad. Nadie, o, en todo caso, cada vez más pocos creen en él, confían en sus promesas y escuchan sus alegatos. El gobierno está en crisis, crisis de representatividad y de legitimidad, de confianza pública, de aceptación y respeto. Está en la ruina moral. Es la hora del relevo, del cambio. Es la hora de buscar la forma, la mejor forma legal y legítima de convocar a nuevas elecciones y escoger a los gobernantes que la población desea. A grandes males, grandes soluciones. No se ve

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