La crisis històrico-estructural del PRI, en el siglo XXI

Por: Juan Pablo Calderòn        

El agotamiento generacional de los viejos generales, el ascenso a un México más urbano, una clase dirigente educada en la universidad, era la entrada al mundo civil. La creación del PRI  no fue un simple cambio de siglas que inauguraria el primer presidente civil de México, representó afianzar el engranaje que había nacido de la gesta revolucionaria que cobró un millón de vidas de mexicanos.

Las transformaciones eran dinámicas a nuevas realidades. El PRI perdería por primera vez la cúspide del poder en el 2000. Por primera vez, salía de Los Pinos y era un partido político que desde el grueso de su voto duro más el de una parte de la sociedad, buscaría regresar al poder. Dos períodos presidenciales en oposición, pero con varios gobiernos estatales y municipales, además de tener las primeras minorías en el Congreso ¿no era la oportunidad para una refundación integral que entre otras cosas, integrara un nuevo esquema de participación democrática al interior –vieja petición de hombres como Carlos A Madrazo o Reyes Heroles? Se hizo a un lado el debate que reclamaban militantes para responder;  ¿por qué perdimos el poder y que debemos hacer para recuperarlo? El pragmatismo inmediato inundó los apetitos de los virreyes convertidos en gobernadores y se imposibilitó una reforma, pero también se erosiona una máxima: el PRI era el partido donde todos tenían espacios. Antes, en 1987 la Corriente Democrática había demostrado que ya no cabían todos.

El salinismo fue la última ocasión que el priismo supo darle una impronta ideológica a su misión de gobernar con el liberalismo social, aún cuando las ideologías crujían. En la oposición, y ya sin dirigentes refractarios de no más de un año de vida en promedio, la excepción fue la presidencia de Beatriz Paredes, que rescatando la esencia socialdemócrata para el debate programático lograba aprovechar la veta de miembro en la Internacional Socialista,  arrebatándole al PRD la “exclusividad” del importante Foro. Se creía que la orfandad de un presidente de la república de origen priista, era la peor. Pero la orfandad al menos programática, para no insistir en la quimera ideológica, es una pesadilla como el navío sin brújula, como el de llegar al poder sin saber qué hacer con el. El péndulo ideológico del partido histórico se detuvo frente a sus opositores de derecha e izquierda.

En el regreso al poder casi se gobernó con cuadros de las dos anteriores administraciones. La decepción fue campal y el llamado a la unidad que lanza el PRI está hueco, sin sustancia y sin el equilibrio que a todo derecho le corresponde una obligación.

La corrupción y la siembra de impunidad en gobiernos estatales o curules, ha sido la peor loza, quizá desde que Cosío Villegas escribiera en su ensayo “La crisis en México” señalando que la revolución necesitaba una purificación de hombres. No se entendió y hoy el partido histórico parece agotarse en el presente. Antes del cerrajero para una candidatura presidencial, el PRI debiera tener un cerrajero de mea culpa.  Ya muchos de sus militantes empiezan a sentir que escribir otra historia, transita por decir; “adiós al partido, nunca a la revolución”.

 

 

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