La estrategia de que la mentira mediática puede cambiar la realidad y modificar la voluntad política de los ciudadanos, fracasa en Argentina y Brasil

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Por Demián Verduga

A dos semanas de las elecciones primarias en Argentina, el gobierno ha intentado poner en el centro de la agenda electoral las denuncias de corrupción contra el gobierno anterior. Utilizando a la mayoría de los medios de comunicación, busca que la sociedad perciba que la “corrupción” es el principal problema que tiene el país y el responsable de todas sus penurias. La operación, similar a la que se lleva adelante en Brasil contra Lula, tiene por objetivo ocultar el fracaso de la política económica del presidente Mauricio Macri, que impulsó un giro neoliberal. Este cambio de rumbo profundizó el impacto en la Argentina de la crisis mundial que comenzó en el 2008, producto en buena medida de las concepciones que abraza Macri, y que aún no ha cesado.

Las encuestas indican que los  resultados de la estrategia política del presidente argentino no son los esperados. Es lo que muestra la última medición de la consultora Analogías, realizada a mediados de julio en la provincia de Buenos Aires. Este distrito es clave. Allí vive el 38 por ciento de la población y se presentará como candidata a senadora la ex presidenta Cristina Fernández. El sondeo contenía preguntas sobre las principales preocupaciones de la población. Por primera vez en muchos años, la respuesta que logró la mayor cantidad de menciones, con el 32%, fue el desempleo. En segundo lugar quedó la inseguridad, con 29, y recién en el cuarto puesto apareció la corrupción, con 11 puntos.

Hay realidades objetivas que en explican este resultado. En la provincia de Buenos Aires está el cordón urbano que rodea a la Capital Federal. Esa zona tiene una vieja tradición industrial de empresas que producen esencialmente para el mercado local. Este sector económico es gran generador de empleo y es el más castigado por las políticas de Macri. Por un lado, le aumentaron los costos por la suba de entre 300 y 500 por ciento de la electricidad y del gas. Se sumó la caída del poder adquisitivo del salario, producto de que la inflación le ha ganado a los aumentos de sueldos. Esto implicó una reducción del poder de compra de los consumidores y por lo tanto una merma de las ventas. Todo este combo ha llevado a que el tejido de pequeñas y medianas empresas que producen para el mercado local esté en crisis. Por eso, en el cordón industrial que rodea a la Capital, en la que vive el 25 por ciento de la población argentina, el desempleo llega al 12 por ciento, el más alto de los últimos años.

El temor a perder el trabajo no se funda sólo en las vivencias personales y del entorno. A pesar del respaldo casi monolítico que Macri tiene de la mayoría de los medios de comunicación, es casi imposible ocultar la multiplicación de los conflictos sindicales motivados por despidos.

Es una realidad que contrasta con los conflictos gremiales que había en los últimos años del gobierno anterior, que se centraban en el reclamo por pagar menos impuestos a los ingresos, tributo que había crecido justamente por la reducción del desempleo y el aumento de los sueldos. Es decir, en pocos meses, los conflictos gremiales pasaron de reclamar reducción de impuestos sobre los salarios a pedir por la preservación de los puestos de trabajo.

El cambio ha sido muy notorio y excesivamente rápido como para que amplios sectores de la sociedad no hagan de inmediato una comparación con cómo vivían hace menos de dos años.

Estos elementos están jugando en el terreno electoral. La ex presidenta Cristina Fernández ha puesto el eje de su campaña en la situación socio-económica, mientras el gobierno lo ubicó en las denuncias de corrupción a la administración anterior. Una parte de los resultados electorales se explicarán, como siempre, en la capacidad que tenga de conectar con la sociedad cada eje de campaña. Los números de la encuesta que se mencionó más arriba le darían ventaja en ese terreno a Cristina.

El espejo de Brasil.  Hay  muchas diferencias entre el proceso argentino y el brasileño. La situación de Brasil es más grave. El gobierno de Michel Temer tiene un origen de poca legitimidad popular y el grueso de la dirigencia política está acompañando reformas impulsadas por un presidente con un respaldo que no llega al 10 por ciento. Esto le saca todo sentido electoral a las decisiones. Son dos elementos que auguran una crisis política de gran magnitud, similar a la que vivió Argentina a finales de 2001 y que puso en crisis todo el sistema de partidos.

El presidente de Brasil Michel Temer. Foto: AFP

El resultado de las decisiones impulsadas por Temer, en el contexto de la crisis mundial que comenzó hace ocho años y no termina, quedó claro en los datos económicos que se conocieron esta semana. Brasil tuvo en el primer semestre de 2017 el déficit fiscal más alto de los últimos 16 años, unos 10 mil millones de dólares sin contar el déficit financiero. Esto ocurre a pesar de (o como consecuencia de) la “austeridad brutal” impulsada por Temer, con medidas como haber congelado el gasto público por 20 años y una reforma laboral con algunos rasgos precapitalistas.

La crisis en los dos países más grandes de América del Sur tiene ya su propia dinámica. Será inevitable que se traduzca en el terreno político-electoral. La derecha intenta compensar esto con proscripciones autoritarias, justificadas en las denuncias de corrupción. Sin embargo, la conciencia social creada durante los gobiernos progresistas le pone un límite a la estrategia.

Paradójicamente, la derecha ha generado las condiciones para vuelva al poder su enemigo tan temido.

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