La niñez migrante de Centroamérica

 Edgar Gutiérrez

Universidad de San Carlos de Guatemala

No solo los conflictos bélicos generan crisis humanitarias, también la exclusión social. Los hijos de las guerras civiles de la década de 1980 en Centroamérica, son ahora los padres de una niñez que emigra sola a través de rutas inhóspitas hacia los EE.UU. Huyen de sus países no menos inclementes, donde la probabilidad de morir es también alta debido a la violencia criminal, y buscando el afecto familiar y las oportunidades negadas  a la niñez en un régimen democrático, paradójicamente: comida, abrigo, salud, escuela, recreación. Protección, en una palabra.

La crisis humanitaria

En los últimos 21 meses han sido detenidos en los EE.UU más de 90 mil niños que son trasladados sin familia adulta de manera ilegal desde El Salvador, Guatemala y Honduras, la mayoría. Las autoridades estadounidenses declararon que ese grave cuadro sin precedentes configura una crisis humanitaria. De acuerdo a Prensa Libre (11/06/14) una comisión del Senado aprobó un presupuesto de US$ 2 millardos a fin de que el gobierno federal enfrente la emergencia.

Pero la crisis humanitaria en realidad viene ocurriendo, silenciosamente, ante nuestras narices, sin que reaccionemos. La gente que la sufre lo dice de diferentes formas: no hay empleo y se hace lo indecible para supervivir. Las condiciones sociales en los barrios suburbanos, las ciudades intermedias y en las comunidades rurales del cono norte de Centroamérica continúan deteriorándose. Mayor hacinamiento, y más niños y jóvenes sin ocupación ni escuela pero con drogas y armas a la mano. La familia, como el Estado, cada vez más ausente. Hay pueblos enteros en el Oriente y Occidente guatemalteco sin hombres adultos; las madres salen a buscar la vida, mientras los chicos quedan a merced de las maras en Honduras y El Salvador.

No extraña que el cerrado horizonte de vida de esos chicos introduzca una radical alteración de valores de la sociedad. Para las últimas tres generaciones con capacidad de adquirir la canasta básica era factible, no obstante las limitaciones del ambiente, cierta movilidad social. Los abuelos que no fueron a la escuela, enviaron a estudiar a nuestros padres; ellos, que quizá no alcanzaban a terminar la escolaridad primaria, nos pudieron financiar carreras pre-universitarias. Había una aspiración profesional que encajaba en el desarrollo de la sociedad: ser maestros, militares, enfermeras, abogados, ingenieros.

Ese sueño se ha ido desvaneciendo entre la población pobre y está siendo reemplazado brutalmente. Para la sociedad indolente –que somos- es una pesadilla, pues los niños de esos barrios marginados en Ciudad de Guatemala, San Pedro Sula y San Salvador aspiran a ser sicarios. El sicariato da plata, posibilidad de adquirir autos, poder consumo y de servicios inimaginables bajo las condiciones que ofrece el sistema. El sicario es temido y adquiere estatus en ese medio. A la pregunta que he lanzado a los chicos en Guatemala y Honduras: ¿pero ustedes patojos apenas van a lograr el umbral de los 23-25 años de edad, después los matan? Ellos me responden resueltamente: “Más vale pocos años de rey, mi jefe, que toda una vida de buey.”  

Ahora unos chicos de 3, 5, 10 años son llevados buscando otro sueño fuera de este ambiente. En Honduras muchas veces de la mano de sus madres tratan de seguir las huellas del padre y se extravían. En El Salvador y Guatemala es frecuente que los encarguen a los “coyotes”. La ruta está sembrada de serias amenazas: redes de trata y esclavitud, narcos y organizaciones que trafican órganos. Su vulnerabilidad es extrema y nos espantan los reportajes que trasladan los medios de comunicación. Pero en realidad la crisis está acá, en Centroamérica, aunque los rascacielos y autos de súper lujo, la (aparente) estabilidad monetaria y el crecimiento (mediocre) del 3.5% de la economía nos impidan verla. Sin reformar el modelo económico el horizonte se volverá más sombrío para más y más gente.

 Migración en territorio del crimen

La emigración hacia los Estados Unidos de niños centroamericanos no acompañados es creciente, aunque en 2014 se desbordó. El promedio de los menores retenidos entre 2008 y 2011 fue de 6,700; la cifra se duplicó en 2012 a 13,625, y volvió casi a doblarse el año pasado con 24,668, pero la estimación es que en este año sobrepasará los 60 mil, acumulando una presa de casi 100 mil infantes. Es esta cantidad de niños que van solos y sin papeles lo que provocó la crisis humanitaria de declaró el presidente Barak Obama, y en bases militares del sur estadounidense los atienden de emergencia y provisionalmente.

 Versiones en Centroamérica recogidas por el diario El País (14/06/14) atribuyen la escalada migratoria de chicos a un rumor propalado por los “coyotes” o “polleros”, los operadores de las redes de contrabando humano. El rumor falso fue que las autoridades en los Estados Unidos concederían amnistía a todo aquel que se encontrase en ese territorio sin importar su fecha de ingreso. El éxito de la desinformación incrementó exponencialmente las ganancias de los “coyotes”, que en promedio cobran US$ 6 mil por persona. Pero generó un dantesco drama humano.

Están cuantificados los niños retenidos por las autoridades en los Estados Unidos, pero a ciencia cierta no sabemos cuántos niños han muerto en la dura travesía, quiénes han caído víctimas de las redes de esclavitud de trata y cuántos más deambulan desamparados. Una estimación de los especialistas en migración indocumentada de adultos, es que de cada tres, uno muere en algún punto de la ruta (la mayoría al intentar cruzar el desierto del norte de México), otro es retenido y deportado, y solo el tercero logra ingresar a territorio estadounidense sin ser detectado y se insertarse de alguna manera en el mercado laboral. Si, conservadoramente, traspolamos esas estimaciones a la niñez migrante, estamos hablando de una corriente de unos 180 mil menores de octubre 2013 a septiembre 2014, y dos tercios estarán “perdidos”.´

Perdidos, muchos de ellos, como digo, en unas rutas que controla el crimen organizado transnacional. El escenario tiene graves implicaciones, pues los niños están a merced de diversas formas de explotación y servidumbre; su integridad, absolutamente hipotecada. Y si ya desde los poblados urbanos en Centroamérica, las organizaciones criminales incrementaron en los últimos años el reclutamiento de niños, y las maras siguen evolucionando criminalmente, ¿qué puede ocurrir con tantos miles de niños en desamparado? Esa otra crisis humanitaria en la ruta de la migración no la hemos abordado.

En nombre de los niños

Si el drama de los niños migrantes no perfora nuestra coraza de indiferencia en el cono norte de Centroamérica, dudo que aun conservemos humanidad y algún sentido de comunidad. Escucho a los comentaristas de la radio en Guatemala y Honduras reclamando a los papás “irresponsables que arriesgan de esa manera a sus hijos”. Oigo a las altas autoridades de Washington que nos visitan con inusitada frecuencia desde fines de junio (el vicepresidente Joe Biden, el secretario de Seguridad Nacional, Jeh Johnson y el secretario de Estado, John Kerry, aprovechando la transmisión de mando en Panamá el pasado 1 de julio), decir que la solución está en levantar campañas con información cierta sobre los peligros de emigrar bajo la sombra de los “coyotes” o “polleros”, mientras aceleran las deportaciones.

Van a destinar millones de quetzales o lempiras o dólares  –dicen- para promover esas campañas de disuasión y reforzar los pasos fronterizos a fin de contener la migración de mayores y menores de edad. Y el dinero que ofreció gestionar en el Congreso Obama, frente al petitorio de US$ 2 millardos que le presentaron los presidentes de El Salvador, Guatemala y Honduras, fue apenas del 10%.

Los términos del debate han cambiado aceleradamente. De admitir que el colapso de los servicios públicos de los estados del sur de los Estados Unidos había creado una crisis humanitaria de decenas de miles de niños que huyen de la violencia y el hambre en Centroamérica, poco a poco el lenguaje dominante es el de la seguridad nacional. “Las autoridades gringas tienen razón –justifican los comentaristas de la radio en Centroamérica- deben aplicar sus leyes con dureza”, mientras las agencias de noticias reportan que se destinará más presupuesto federal para reforzar los cuerpos de seguridad y el control sobre los cerca de 3,200 kilómetros de la frontera entre los Estados Unidos y México, donde ya hay tramos amurallados, con buena iluminación y sensores.

De este lado del Suchiate (Guatemala y hacia el sur) no hay debate, apenas expresiones de lamentación y sospecha. “Pobrecitos niños –me dice un general retirado del ejército guatemalteco, a quien encuentro en el supermercado. Pero mire usted –y baja la voz-, las fronteras no están desguarnecidas, hay autoridad, ¿por qué parecen una coladera?” Más allá de anécdotas, la emigración masiva de niños es el monumento más hiriente de nuestro fracaso como sociedades. En los últimos meses nuestros países sometidos a la férrea evaluación de empresas de riesgo han estado regateando las calificaciones, las cuales, por supuesto, desmienten que vayamos en camino de ser “potencias emergentes”, como se les ocurre decir de vez en cuando a los ministros de Economía y a los presidentes. Al revés, nos estamos deslizando en el tobogán de la quiebra.

Es momento de mirarnos a fondo en el espejo y reconocer a nuestro derredor las sociedades que hemos edificado (rejas, muros, armas por doquier, guardaespaldas, blindados) y la condena a la vida de sicariato o indigencia a millones de niños, que no le deben nada a estas sociedades. A la economía le va bien, insisten los tecnócratas. Pero al común de la gente le va mal, respondo. Ahora bien, si no es en nombre de los niños que asumimos corresponsabilidad y ponemos la economía al servicio de las personas, ¿qué más nos podría salvar? En las calamidades se pone a prueba el carácter de la sociedad y sus elites, y no se requiere de la mayoría para cambiar.  

Los niños en la teoría del “globo”

Las presiones de Washington surten rápido efecto. Las autoridades guatemaltecas lanzaron su campaña “Quédate”, y otro tanto han hecho en el resto de la región, mientras quieren endurecer las leyes contra el “coyotaje”, incluso penalizar a los padres de los niños migrantes. Estamos ante la aplicación de la vieja teoría del “globo”: aprieta al Sur para contener la marea migrante, mientras deportamos fast track.

Así las cosas, la crisis humanitaria que declaró el presidente Obama con la detención de 50 mil niños migrantes de Centroamérica se podría trasladar a Guatemala con la deportación inmediata de 1,700 niños, no digamos con los 13 mil menores guatemaltecos detenidos por la Patrulla Fronteriza de octubre 2013 a la fecha (Prensa Libre, 15/07/14 p. 3). 

La teoría del globo se aplica en seguridad cuando la fuerza pública satura (patrullajes, cateos, capturas) un barrio, y los delincuentes se desplazan a otro. El alivio temporal en la zona saturada, se vuelve repentino sofoco para los habitantes del área de desplazamiento delincuencial. Se emplea también en la estrategia de represión de las drogas: fumigan extensos campos de coca en Colombia, confiscan laboratorios y capturan capos del narco, pero el sistema de producción, procesamiento y exportación se traslada a Perú, por ejemplo. Al final, la oferta no merma.

Pero no hablamos de delincuentes ni de drogas ilícitas, sino de niños inocentes que huyen de las maras, buscan a sus papás, o medios para sostener a familiares postrados. Las presiones de la opinión pública al sur de los Estados Unidos le dieron fácilmente la vuelta a la tortilla, en el contexto de una típica relación bilateral asimétrica entre países. Las autoridades centroamericanas lo aceptan a pie juntillas: los poderes del Ejecutivo corren por un lado, los diputados por el otro y las fiscalías no se quedan atrás.

No es que no deben hacerlo en absoluto, es que falta una posición negociadora que haga contra-balance, como sí se hizo al menos en Guatemala en el tema de las drogas. Falta una iniciativa propia que al menos reclame intereses nacionales e “ilustre” a las autoridades estadounidenses, como se hace en los temas de derechos humanos. O que se reivindiquen los principios de las convenciones de la niñez y de la protección de los derechos de los trabajadores migratorios y sus familiares (que con la ratificación de Guatemala en 2003 entró en vigor), aunque los Estados que se benefician de la mano de obra no sean parte.

Al aceptar acríticamente la tesis prohibicionista de la migración que impone los Estados Unidos, e incluso al ir más allá queriendo perseguir penalmente a los papás, regresamos a nuestro pasado de oprobio y el síndrome de repúblicas bananeras; además, no resolvemos, agravamos la crisis humanitaria, esperando que el tiempo la diluya, y de paso eludimos la tarea de fondo: edificar  Estados en la región que justifique su existencia, con la mínima capacidad de garantizar la vida y el bienestar a sus habitantes.

 ¿Quién responde a McCain?

El senador republicano John McCain, el viejo “rebelde” conservador, ha vuelto a casa. Desde que “volvió”, hace poco más de 4 años, la ha emprendido contra los inmigrantes latinos. El copatrocinador de una progresista ley migratoria, junto al desaparecido Edward Kennedy, apoyó, después, en abril de 2010, una legislación en su Estado, Arizona, que da cheque en blanco a la policía para capturar y expulsar a cualquier sospechoso de haber ingresado sin documentos.

Ahora McCain, en la crisis humanitaria de los niños migrantes ha alentado la mano dura responsabilizando a Centroamérica y desplazando el debate hacia la seguridad. Sus razones tiene el veterano senador, y a sus 77 años son meramente de supervivencia política en un Estado que hasta hace poco ganaba sin mayor esfuerzo y donde ahora encuentra competencia muy conservadora, y donde afloran sentimientos anti-inmigrantes, así como en un partido que en la última década viene echando fuertes raíces ultra-conservadoras. Así, McCain, que había ensayado dotes diplomáticas en Siria, Egipto e incluso en Guantánamo, como parte de la misión que evaluó la clausura de la prisión, se está convirtiendo en esta crisis migratoria en un vecino hostil para Centroamérica.

Si McCain, desde el Subcomité del Senado que atiende asuntos hemisféricos, es el portaestandarte de la nueva política republicana hacia Latinoamérica, al menos en materia migratoria entraremos en una coyuntura baja en las relaciones con los EE.UU., esto es, de choques, tensiones y enfriamiento. En medio van a quedar los migrantes en una condición de extrema vulnerabilidad. La desprotección migratoria en los EE.UU. será mayor y más alta la exigencia a Centroamérica de criminalizar al migrante trabajador y a su familia, que ya empezó con esa idea absurda de penalizar a los padres de los niños migrantes.   

“Sorpresa, sorpresa van a estar pidiendo dinero”, salió McCain, provocador (The Washington Post, citado por Prensa Libre, 28/07/14 p. 5). Y sin embargo, tiene razón. No es un secreto cómo nos ven en Washington y principales capitales políticas del mundo: países fallidos, gobernados por políticos corruptos y elites económicas codiciosas, pero suficientemente astutos para mantener indefinidamente a raya a millones de sus conciudadanos, que, asfixiados, salen a buscar la vida a otra parte. Complicado entablar un diálogo o un debate serio en el ambiente crispado por el próximo evento electoral estatal en los Estados Unidos, y sin estar respaldados los centroamericanos por una propuesta de política migratoria, que es urgente trabajar de manera conjunta, al menos en el cono norte de la región.

Pero más allá que una política migratoria el debate debe ser sobre la reforma del modelo económico fallido (para la gente) que el Consenso de Washington nos recetó hace 25 años y que seguimos a pie juntillas: lo tenemos escrito en piedra, una piedra que ya pesa como lápida de sepultura.

Corresponsabilidad migratoria

Los modelos de economías abiertas generan inevitablemente imanes desde las economías más prósperas hacia las más débiles o deprimidas. Si la producción de bienes en estos países no tiene capacidad de abrir mercados, en cambio lo hace la fuerza laboral migratoria que a pesar de las múltiples restricciones es competitiva. De hecho los 1.5 millones migrantes en los EE.UU. generan un PIB equivalente al de los 15 millones de habitantes en Guatemala. Una décima parte de su renta se transforma en remesas que en términos prácticos cierran la brecha comercial externa y mantienen la estabilidad financiera, además que mitigan la pobreza. Las mismas proporciones se aplican a Honduras y El Salvador, país este cuya proporción de emigrantes hacia el Norte se estima por el triple de sus vecinos.

En esas condiciones la represión de los flujos migratorios –no su regulación- no los contiene, pero sí aumenta el sufrimiento de los migrantes trabajadores y sus familias, las ganancias de las redes criminales y la corrupción de las autoridades locales encargadas de la seguridad interna y los pasos fronterizos. Por eso el punto de partida para tratar la crisis humanitaria de niños migrantes (un 75 por ciento provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras) es un acuerdo migratorio regional, en términos de corresponsabilidad diferenciada entre los países.

Más allá de eso, para superar la extensa fase de reacción política se requiere construir alianzas estratégicas entre los Estados Unidos y su área tradicional e inmediata de influencia, México y Centroamérica. Estas naciones deben reformar profundamente sus Estados y sus economías para dejar de ser fuente de inseguridad humana e inequidad, y, como se ve, también de inseguridad internacional. Pero no lo podrán hacer solas y sin modificar la orientación de su crecimiento económico hacia el mercado interno y de la subregión, y sin una adaptación inducida de estándares de conducta moderna en los negocios que modifiquen las cadenas de valor interno para disminuir la brecha de las desigualdades sociales. Y es que las elites que se benefician del modelo vigente desde hace 30 años no quieren reformarlo sino profundizarlo, con lo cual las tensiones internas en Centroamérica se agravarán alimentando las migraciones. Y los líderes políticos parecen demasiado absorbidos por los negocios que extraen del patrimonio público, apenas repartiendo. 

Comentarios

Comentarios

También te podría gustar...