La relación costo / beneficio de las instituciones de la democracia mexicana: una reflexión necesaria

Foto: linkedin

COLABORADOR INVITADO / Juan-Pablo Calderón Patiño*

(09-03-2017).- La aritmética de los votos en el parlamento es exacta para ganar votaciones, pero no para recobrar la confianza en el espíritu del parlamento. Desde hace tiempo se habla que el Congreso de la Unión debe hacer un recorte de 100 diputados plurinominales y 32 senadores electos por la misma vía. El debate supone que se ahorrarían recursos al erario nacional. Es un engaño pretender creer que ese ahorro ayudaría a subsanar otros hoyos presupuestales. La idea es un espejismo electoral, pero en tiempos en que los órganos de la democracia representativa exigen más claridad en su esencia y no en su composición, es necesario recobrar otros elementos para debatir.

La transformación del IFE en el INE en una centralización a expensas del federalismo, ha creado una nueva casta: los funcionarios electorales. Si se habla de economizar y reconociendo que México tiene una de las democracias más costosas del mundo, ¿podemos seguir con un mayor presupuesto en la estructura electoral en demérito del Legislativo, la residencia de la pluralidad política donde el poder convive? En el 2001, después de la primera alternancia presidencial, el entonces IFE, sin proceso electoral, tuvo más recursos de operación que el propio Legislativo considerando a la propia Auditoría Superior de la Federación (ASF): casi 4.4 mil millones para el Legislativo contra casi 5.4 mil millones en el órgano electoral. En el 2013, sin contienda, el IFE tendría más recursos, casi por mil millones más que las cámaras y la ASF.

El argumento de la sobriedad de recursos es vital en la vida democrática, pero con la divisa que sea para todos los poderes. En 2013, la Presidencia de la República tuvo un gasto de más de 7 mil millones en comunicación social, es decir, más que el Senado en un año de ejercicio. ¿Se vale seguir con la cantaleta de que disminuir legisladores ahorraría unos centavos cuando no se ve lo que hace el propio Ejecutivo? En esa vertiente, la asimetría entre poderes es peligrosa. No abona en un posible y futuro gobierno de coalición, que aun cuando no se reglamenta, es una posibilidad en el 2018. Se exhibe una idea que raya en el autoritarismo: “entre menos legisladores, mayor consenso” o el totalitarismo: “eliminemos al Congreso, para ahorrar”. Santa Anna en el siglo XXI…

Si se perdió el sentido de los plurinominales, que harían posible el arribo al Congreso de cuadros profesionales técnicos que difícilmente ganarían en una elección de mayoría, no se debe perder de vista otra derrota. El Congreso ha perdido su alma que es y debe ser el debate nacional, el cauce republicano de las demandas ciudadanas y el contrapeso del poder. La agenda política se ha centrado en el colofón de la orden del día, marcada por una inflación legislativa de asuntos de variopinta que terminan siendo elegantes “llamadas a misa” al Ejecutivo. Ni se diga lo difícil para aprobar una iniciativa que no surja del Ejecutivo o de la llamada burbuja de cada coordinador parlamentario. Si “las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas”, como escribiera John Godfrey Saxe, aquí el enigma rebasa la sorpresa.

Si es aspiracional suponer que la ciudadanía ordene los lugares de la lista plurinominal de acuerdo a carreras y honorabilidad y no las camarillas de los partidos, es utópico pensar que las candidaturas ciudadanas abrirían mayor confianza por decreto. Convertirse en partidos políticos serios no es un exorcismo sino una oportunidad.

El exceso de comisiones legislativas que sirven para repartir el pastel, el nubarrón de las finanzas de las bancadas que la ASF ha vuelto a poner en el tintero, la ceguera para conservar cuadros valiosos que den continuidad a los trabajos de los centros de estudios que apoyan la misión legislativa tratando de disminuir la dependencia y asimetría con los órganos técnicos del Ejecutivo, exigen respuestas antes que plantear disminuir plurinominales. No hacerlo subraya un pluralismo político que ha enfermado. El dilema no es la vida parlamentaria, sino los actuales partidos que han llevado a curules a personajes que no han estado a la altura de lo que exige México, pero sí del clientelismo que aborrece a la democracia.

*El autor es internacionalista por la Universidad Iberoamericana.

 

Comentarios

Comentarios

También te podría gustar...