«Lectura balanceada de la economía peruana»: oxímoron o milonga

POR: FELIX JIMENEZ.

El libro «Qué se puede hacer con el Perú: ideas para sostener el crecimiento económico de largo plazo» de Piero Ghezzi y José Gallardo, es un texto con el que vale la pena debatir. Luego de un diagnóstico supuestamente «balanceado» del modelo económico neoliberal, ellos proponen un conjunto de medidas con la idea de que «No tiene sentido arriesgar lo ganado con cambios mayúsculos». Ahora comentaremos solo su «diagnóstico balanceado».

Las privatizaciones tampoco tuvieron efectos económicos expansivos. Por el contrario, al cobrar precios de monopolio en electricidad y telefonía, se elevó el costo de producción de las empresas. Tampoco podían ser fuente de crecimiento los sueldos y salarios reales porque se mantuvieron estancados en 37.2% de su valor registrado en 1987, afectando los «pilares del bienestar» de los trabajadores.

La política fiscal de la década de 1990 se orientó a servir la deuda externa, generando superávit primarios en 1991-1993 y 1996-1998, excepto en la «fiesta fiscal reeleccionista» de 1994-1995 cuando estos bajaron a 0.9% y a 0.3%, respectivamente. Esta política afectó al crecimiento al reducir o estancar los gastos en educación y salud, y descuidar la infraestructura social y económica.

Explicación «balanceada» del desempeño de la economía

«El buen desempeño que la economía registra desde comienzos de la década de 1990», se explica –dicen–, tanto por factores internos (el programa de estabilización de 1990 que genera «una mayor fortaleza macroeconómica», «el establecimiento de un modelo de crecimiento orientado hacia el mercado que favorece la inversión privada», la «derrota de la subversión, etc.»), como por factores externos («el alto precio de las materias primas de exportación de los últimos 10 años como consecuencia, en gran parte, de la creciente importancia global de la economía China»). «Todo esto, dicen, ha contribuido a un círculo virtuoso de crecimiento, sostenibilidad en el tiempo de las política públicas y paulatino afianzamiento de la institucionalidad democrática».

Para «balancear» este diagnóstico optimista, los autores muestran que se ha avanzado poco «en los denominados “pilares del bienestar” de la sociedad». No se ha avanzado en educación y salud de calidad, el crecimiento económico no se basa en aumentos genuinos y generalizados de la productividad, la desigualdad en la distribución del ingreso «sigue siendo alta y persistente», las brechas de bienestar entre las zonas urbanas y del interior del país persisten, etc.

Para explicar este «desempeño desigual» de la economía, dan tres razones: a) desconocimiento al inicio de la década de 1990 del «efecto de la globalización sobre el empleo, la productividad y la distribución o el rol de la educación sobre la ventaja comparativa de las naciones»; b) limitación para hacer buenas políticas públicas debido a «la incapacidad de lograr equipos técnicos estables que trabajen en condiciones adecuadas»; y, c) debilidad institucional que impide «garantizar que el crecimiento económico permita mejores posibilidades y oportunidades para segmentos amplios de la población, y mejorar el modelo».

Los errores metodológicos del diagnóstico

Ghezzi y Gallardo cometen dos errores metodológicos notables: a) suponen que las políticas fiscal, monetaria y cambiaria no tienen solución de continuidad; y, b) suponen que los problemas en los «pilares del bienestar» no tienen relación con las políticas implementadas en la década de 1990. Si estos errores se pasan por alto, tendríamos que aceptar el oxímoron de que la economía y la institucionalidad de ese período fueron una «luz oscura»y un «latrocinio honrado», o el embuste de que las políticas neoliberales no son responsables del deterioro de los «pilares del bienestar».

Primero, las políticas fiscal, monetaria y cambiaria de la década de 1990, no son las mismas que se aplicaron durante el gobierno de Toledo. Sus respectivos esquemas institucionales se reformaron sustantivamente entre 2001 y 2003. Se introdujo el esquema de metas explícitas de inflación, con la tasa de interés de referencia como instrumento de política que reemplazó al control de los agregados monetarios. También se introdujo una regla de intervenciones esterilizadas en el mercado cambiario para morigerar las fluctuaciones del tipo de cambio, abandonando el papel de instrumento antiinflacionario que se le asignó durante el «fujimorato». Además, se creó el mercado de deuda pública en moneda local que permitió pre-pagar la deuda pública externa y generar una curva de rendimiento que sirve de referencia para las emisiones privadas de deuda en moneda local. Esto permitió disminuir el peso de la deuda pública externa. La inflación anual de un dígito y menor, en promedio, al 3.5%, y el bajo ratio de deuda a PBI, se deben a estas reformas.

Segundo, la política fiscal de la década de 1990 se orientó a servir la deuda externa, generando superávit primarios en 1991-1993 y 1996-1998, excepto en la «fiesta fiscal reeleccionista» de 1994-1995 cuando estos bajaron a 0.9% y a 0.3%, respectivamente. Esta política afectó al crecimiento al reducir o estancar los gastos en educación y salud, y descuidar la infraestructura social y económica. Además, se desmantelaron las oficinas de planeamiento y estadística sectoriales.

La política monetaria también fue contraria al crecimiento porque encareció el crédito. Su costo disminuyó recién con el influjo masivo de capitales. En un contexto caracterizado por bajas tasas de interés internacional, política monetaria doméstica restrictiva y tipo de cambio sobrevaluado, los bancos se endeudaron en el exterior y dolarizaron crecientemente los créditos en el mercado doméstico. La crisis internacional de 1998-1999, produjo una recesión y un «overshooting» cambiario que generó una crisis bancaria. El rescate bancario le costó al gobierno cerca de mil millones de dólares. Las políticas fiscal y monetaria de esa década fueron inoperantes para salir de la recesión, e ineficientes para bajar la inflación a un dígito.

Las privatizaciones tampoco tuvieron efectos económicos expansivos. Por el contrario, al cobrar precios de monopolio en electricidad y telefonía, se elevó el costo de producción de las empresas. Tampoco podían ser fuente de crecimiento los sueldos y salarios reales porque se mantuvieron estancados en 37.2% de su valor registrado en 1987, afectando los «pilares del bienestar» de los trabajadores.

A modo de conclusión

En la década de 1990 la economía creció a tasas altas, a pesar de las políticas macroeconómicas del Consenso de Washington, solo durante cuatro años (1993, 1994, 1995 y 1997). Este crecimiento fue impulsado por el aumento en los precios de los minerales que coincidió con la recuperación de la economía de Estados Unidos: crecieron a la tasa de 38.2% entre 1991 y 1995; pero entre 1995 y 2002 crecieron solo a la tasa de 1.1% promedio anual. 

Fuente: www. laprimeraperu.pe

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