Los espejos e interrogantes que levanta Donald Trump

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POR CLAPSI

El inesperado triunfo de Donald Trump, primer Presidente de Estados Unidos que en los tiempos contemporáneos ha sido electo contra la voluntad de todo el stablishment, incluyendo al de su propio Partido Republicano, es un hecho político de gran significación en lo que va del siglo 21 y requiere cuidadoso análisis.

El primer espejo que erige esa victoria es el que permite ver a Estados Unidos dividido y polarizado. Trump ha ganado con el apoyo de una parte de la sociedad que comparte su discurso misógino , racista y supremacista. Su consigna “devolver la grandeza a América” transmitió esa visión de un mundo hegemonizado por Estados Unidos, como el destino manifiesto de esa nación. Sus expresiones irrespetuosas sobre las mujeres no hicieron mella en su electorado duro y el menos fortalecido en su adhesión fue rápidamente ganado con las disculpas que el líder ofreció y las remembranzas que hizo de las aventuras extraconyugales de Bill Clinton y la aceptación tácita de las mismas por Hillary, la candidata a la que Trump derrotó. Tampoco le importó a ese electorado el uso tramposo de normas legales para enriquecerse, que Trump no solo no ocultó, sino que exhibió como parte del arsenal de acciones a las que puede recurrir un norteamericano exitoso.

Otro espejo que la victoria de Trump levanta, es el que refleja el resentimiento social que ha provocado en Estados Unidos la concentración de la riqueza en pocas manos y la creciente diferencia entre los pocos que son siempre ganadores, incluso en crisis tan profundas como la del 2008, y los muchos que son siempre perdedores, incluso en períodos de crecimiento económico con cierto aumento del empleo. Una sociedad que ha acumulado tanto resentimiento no sana sus heridas solo con el empleo. Requiere que se disminuya la desigualdad en los ingresos y eso es un mensaje que Trump deberá hacer suyo ya en el ejercicio del gobierno, si quiere mantener el apoyo popular.

El fracaso de Obama en el tema de la desigualdad y en su manejo en el Oriente Medio, fue muy bien sintetizado en un artículo, publicado por el Washington Post que ha recorrido el mundo, escrito por una migrante musulmana, quien dice que en los ocho años de Obama, pasó de vivir en West Virginia a la Virginia rural, en la cual las gentes llegan con dificultades al fin de cada mes. Y agrega que no teme a Trump y su retórica electoral antimusulmana, pero si a los Emires, Califas y Príncipes, que lideran a los países del Golfo Pérsico y a Arabia Saudita, que son capaces de amenazar su integridad personal aún en Estados Unidos, porque constituyen los patrocinadores del terrorismo extremista internacional misógino , a la vez que financistas de la Fundación de los esposos Clinton. Por supuesto la periodista musulmana votó por Trump y abandonó su antigua adhesión al Partido Demócrata.

El tercer espejo erigido por Donald Trump y su discurso político es el que muestra el malestar del pueblo norteamericano con la globalización neoliberal y financiera, que saca de Estados Unidos a grandes empresas generadoras de empleos e ingresos, para aumentar sus tasas de utilidad, en base a la explotación de mano de obra barata en la extensa geografía de los países tercermundistas. Por ello Trump se ha transformado en un adversario de la globalización indiscriminada y en un nacionalista económico, que defiende las fuentes de trabajo para los habitantes de Estados Unidos , aunque esto disminuya las expectativas de mayores ganancias para los propietarios de las empresas transnacionales.

Los atascos que ya encontraba el tipo de globalización injusta que se ha impuesto en el mundo y sus principales instrumentos que son los tratados de libre comercio y la especulación financiera, ahora aumentarán, porque el Presidente de Estados Unidos será su adversario.

Pero cuales son los fantasmas con los que Trump asusta al mundo.

Su discurso en defensa del trabajo para los norteamericanos pobres, lo ha mezclado con una retórica anti-migrantes, en especial de musulmanes y mexicanos, que puede devenir en acciones extremistas, que recuerden las peores páginas de la historia en el siglo XX, como el fascismo y el nazismo.

Su retórica de devolver la grandeza a Estados Unidos, puede derivar en la búsqueda de un hegemonismo internacional, peor que el ya exhibido por sus antecesores en los últimos cincuenta años, poniendo en riesgo la seguridad y la precaria paz internacionales.

Su desconocimiento del tema ecológico y sus riesgos científicamente comprobados, puede retrotraer a Estados Unidos y el mundo a la época de George W. Busch, y echar por la borda los tenues avances en el control del calentamiento global, que comienzan a conseguirse con los acuerdos de París.

Su retórica anticubana, puede echar por la borda el acto internacional concreto de Obama, en favor de una resolución de la ONU, que durante medio siglo ha condenado el bloqueo a Cuba por Estados Unidos y ha alentado el ya conseguido reestablecimiento de relaciones diplomáticas normales entre ambos países, aunque el bloqueo aún sea un capítulo pendiente.

Pero las declaraciones sobre Fidel Castro y la Revolución Cubana, cuando el cadáver de Fidel aún está tibio, muestra el pensamiento de un Trump no moderno, con mirada del pasado, aún viviendo en la peor época de la guerra fría.

Donald Trump es un punto de clivaje en la historia contemporánea.

Puede erigirse en un reformador que contribuya a frenar las injusticias de la actual globalización y del capitalismo financiero-especulativo que la sustenta.

O puede ser un hegemonista sin límites, que agudice el declive civilizatorio que vivimos y acelere la probable destrucción de la civilización, por hecatombe nuclear o autodestrucción ecológica.

 

 

 

 

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