Relaciones carnales con USA, el mal negocio de siempre

Foto: AFP

Por Demian Verduga

El giro político en Argentina y Brasil trajo consigo un cambio en la política exterior. El núcleo central de la nueva etapa es sacar del primer plano la construcción de un bloque sudamericano, político, comercial, económico, cultural, y volver a poner el acento en las relaciones con las grandes potencias, en especial con Estados Unidos. Por supuesto que el giro, por ahora, no implica la ruptura del Mercosur, pero sí un congelamiento del proceso de integración que se había fortalecido enormemente durante el ciclo de los gobiernos progresistas en la región.

Algunas de las preguntas que flotan en el aire son: ¿Hasta qué punto le conviene a los dos grandes países sudamericanos una relación más intensa con Estados Unidos y la Unión Europea? ¿Hay una verdadera complementariedad de las necesidades económicas, políticas y de desarrollo humano?

Al mirar las estructuras productivas de Argentina y EE:UU, por ejemplo, los países más que complementarios son competidores. Estados Unidos es el principal productor de alimentos del mundo y Argentina es el primero si se lo mide per cápita. Lo mismo sucede en los sectores industriales, aunque claro que el desarrollo estadounidense es incomparablemente superior.

Un ejemplo de esto se vivió al inició del mandato del presidente Mauricio Macri. Viajó a Washington y se reunió con Donald Trump. En el encuentro, Trump, con su estilo prepotente, ninguneó al mandatario argentino en la conferencia de prensa conjunta: “El viene a hablarme de limones y yo de Corea del Norte”, le dijo a los periodistas. Finalmente, el viaje sirvió para que EE:UU levantara las restricciones para los limones argentinos. Para el país sudamericano implicó recuperar un ingreso por exportaciones que rondará los 150 millones de dólares anuales, aunque, a cambio, Trump le exigió a Macri que Argentina compre cerdos norteamericanos. Nada fue gratis. Sin embargo, el peor mazazo vino tres semanas después. Washington decidió ponerle un altísimo arancel al biodiesel argentino. Esto implicó una pérdida de 1200 millones de dólares en exportaciones, casi 10 veces más de lo que se había “ganado” con los limones.

¿Por qué entonces el gobierno argentino prioriza tanto su alineamiento con EE:UU? ¿Es sólo por una cuestión ideológica, de sumisión cultural?

Sin negar el tipo de adoctrinamiento que tienen los dirigentes la derecha latinoamericana respecto de USA, hay un elemento muy concreto en este caso: la deuda. A grandes rasgos, al igual que en los años ‘90, el cambio macroeconómico que introdujo Macri al asumir la presidencia, se sostiene en la libre circulación del capital financiero especulativo y en la capacidad de endeudarse en el mercado de capitales y con el Fondo Monetario Internacional. No es novedad para nadie que el FMI obedece las instrucciones del secretario del Tesoro estadounidense. Es decir, mantener buenas relaciones con USA, alinearse, facilita el acceso al crédito internacional, al menos por un tiempo. Es lo que muestra la historia reciente de la Argentina.

Macri tiene que tapar el agujero fiscal que agrandó por haberle bajado impuestos a los más ricos y los sectores concentrados de la economía, en especial los exportadores. Los modos que tiene para reducir y cubrir el déficit  son: aumentarle las tarifas a la población y emitir deuda en dólares. No hay ningún otro elemento concreto que justifique el alineamiento con Washington. Nada tiene que ver la seguridad, ni alguna amenaza militar, ni siquiera el flujo de inversiones productivas, a pesar de Estados Unidos tiene importantes inversiones en Argentina. La posibilidad de acceder a la deuda es centro del asunto.

En el caso de Brasil la cuestión es más compleja. La estructura productiva brasileña también es competencia con la norteamericana, no son complementarias. Si se sigue la prensa internacional, se ve claramente que el alineamiento de Temer con Wahington es menos sobreactuado que el de Macri. En el Brasil actual, un elemento central es que el gobierno que llegó al poder a través de un impeachment que no contó con la más mínima legitimidad, aunque fuera legal. Se eyectó del poder a Dilma Rouseff con acusaciones casi absurdas. El nuevo gobierno necesitaba que no hubiera demasiada condena internacional y, para eso, contar con el apoyo de EE:UU  era clave. El alineamiento tiene un objetivo más político que económico.

La historia reciente muestra que, aún con gobiernos de derecha, Brasil mantiene más autonomía respecto de Washington que los ciclos neoliberales argentinos. Así fueron las relaciones durante los gobiernos de Carlos Menem y Fernando Enrique Cardozo, que fueron contemporáneos. Por poner un ejemplo, Cardozo jamás se alineó con EE:UU para condenar a Cuba en la ONU, cosa que sí hizo Menem.

Una de las razones que explica este matiz es justamente las necesidades de financiamiento. Los cálculos privados estiman que los brasileros tienen fuera de su país unos 150 mil millones de dólares, un 10 por ciento del PBI. En cambio, los argentinos, tienen más de 300 mil millones, el 50% del PBI. Los motivos de este fenómeno merecen un artículo aparte. Lo que sí es claro es que para el Estado brasileño siempre es más fácil financiarse con dólares en el mercado local y eso reduce la dependencia de EE:UU y, por lo tanto, es menos necesario el alineamiento sobreactuado que suelen tener los presidentes de la derecha argentina.  Los gobiernos progresistas de Cristina y Néstor Kirchner enfrentaron este fenómeno financiándose con emisión monetaria y buscando acuerdos con China y Rusia para mantener cierta autonomía.

Volviendo a Brasil, Lula tenía por objetivo transformar a su país en una potencia con aliados clave, como Argentina, para sentarse a negociar un acuerdo civilizatorio con USA. Temer, en cambio, apunta simplemente a retrotraer los históricos niveles de desigualdad del país carioca para basar la “competitividad” en los costos bajos de la mano de obra. El proyecto de Lula mejoró muchísimo la distribución del ingreso y buscaba no basar la competitividad en la pobreza del pueblo. Para eso era inexorable una política de construcción regional a gran escala, que le permitiera a Sudamérica diseñar los rasgos básicos de sus sociedades, como en algún sentido hicieron los europeos con la UE, hoy en crisis.

En esto coinciden Temer y Macri. No tienen ningún interés en un proyecto regional civilizatorio. Esa concepción en si misma aumenta la dependencia de las potencias mundiales.

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