Travesía entre dos mundo

Libro Cesar

 

 

 

 

 

 

 

 

 César Verduga Vélez

Travesía entre dos mundos

(Memorias y política)

«Hoy es hoy y ayer se fue, no hay duda.»

Pablo Neruda.

«Pasa una generación y viene otra, pero la tierra permanece para siempre» Eclesiastés 1.1.4, citado por Ernest Heminhway en Ahora brilla el sol.

 

PRESENTACIÓN

 

Este libro sintetiza 60 años de acontecimientos y sucesos, vividos por mí como protagonista o como testigo de una época extraordinaria, en la cual nuestro planeta fue el asiento geográfico de dos mundos diferentes, que se sucedieron en la historia, sin que el nacimiento del segundo y la muerte del anterior, estuviese precedido de una hecatombe desastrosa, ni bélica ni natural, proceso que no había ocurrido en el devenir de la aventura humana sobre la tierra.

 

El estilo al escribirlo es particular, como la época que describe y analiza. Tiene características de memorias, en tanto relato confiable, de acontecimientos vividos por el autor. Posee rasgos de interpretación histórica, porque somete a acontecimientos del pasado, al método analítico de las ciencias sociales. No está alejada de la crónica, en tanto género literario, que ordena y relata cronológicamente hechos históricos.

 

En estos sesenta años se aprueba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en calidad de documento aceptado por la especie humana, como el código de conducta compartido por los Estados de todas las culturas.

 

Sobre esa base ética se crea la Organización de las Naciones Unidas (ONU), parlamento mundial, en el cual todos los estados y los pueblos comparten un foro de debate, divergencias y acuerdos, cuyo objetivo fundamental es garantizar la paz y la seguridad internacionales, con base en el respeto a los derechos humanos.

 

Como consecuencia de los resultados de la Segunda Guerra Mundial, se estructura un orden mundial bipolar, que durante más de cuatro décadas, sostiene una situación global de coexistencia sin guerras directas entre las grandes potencias, cuya piedra angular fue la garantía de destrucción nuclear mutuamente garantizada. En el dilema de coexistencia o no existencia, la racionalidad humana eligió lo primero.

Desde los años cincuenta y sesenta recibe impulso, el más grande cambio ocurrido en los asuntos humanos, con la aceleración de la segunda era de los grandes descubrimientos1 en la cual ya no son territorios geográficos sino áreas nuevas del conocimiento los objetos a descubrir.

Ver el libro: Una imagen espacio-política del mundo de Roberto Daniel Bloch y Néstor Antonio Domínguez. Editorial Dunken, 2010.

La energía nuclear, las telecomunicaciones, la biotecnología, el ciberespacio, la telemática, la nanotecnología, las ciencias espaciales, el conocimientos de los fondos marinos, la geometría no euclidiana, son los nuevos territorios que se agregan a la ilimitada geografía del conocimiento humano, cuya búsqueda es ahora lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande, lo infinitamente complejo, porque las tecnociencias nos permiten crear metarealidades y metatecnonologías y constituyen las nuevas fuentes de poder, con consecuencias benéficas o malévolas, según quienes y para que las usan.

En esa tormenta de cambios sin precedentes, desde los sesenta el mundo se vuelve, por primera vez en su historia, mayoritariamente urbano, el colonialismo es derrumbado por los pueblos colonizados con la ayuda de acuerdos internacionales aprobados en la ONU, se desarrolla una conciencia ecológica universal que pone a la naturaleza no como objeto de conquista fáustica por parte de los seres humanos, sino como condición de nuestra supervivencia como especie y transforma su conservación y cuidado en una obligación ética y jurídica internacionales.

Desde la Revolución industrial hasta los años sesenta, nunca se había sometido a discusión masiva, la propia noción del progreso de la sociedad humana y los posibles efectos autodestructivos del industrialismo sin límites.

En estas seis décadas, los avances en el reconocimiento y respeto de la igualdad de las mujeres, han sido mayores que en todos los siglos de historia anterior. Y comienza a expandirse la diversidad de orientaciones sexuales como una opción cultural libremente elegida y no biológica o socialmente impuesta. Como uno de los derechos inherentes a los seres humanos, en tanto entidades pensantes y sensibles, en permanente evolución.

En cinco siglos de desarrollo vertiginoso del capitalismo, fue recién en los años cincuenta y sesenta que se crearon los estados de bienestar, que, por primera vez, liberaron al capital y a la economía y la sociedad creada bajo su égida, del lastre de la exclusión de millones de seres, aunque manteniendo la desigualdad social como aspecto esencialmente necesario para su racionalidad económica.

Desde la perspectiva del progreso social en estos sesenta años hay dos períodos: treinta primeros años donde el crecimiento económico y el mejoramiento social parecen constituir el «modo de ser» de una nueva historia y treinta posteriores, donde el estancamiento y las crisis recurrentes y cada vez más profundas, irrumpen como el fantasma siniestro que las primeras tres décadas tenían escondido, para recordarnos a los seres humanos que ser prósperos y equitativos, nunca será el destino de la humanidad, si no lo conseguimos luchando denodadamente como actores de nuestra propia historia.

En cuanto a la lógica económica y social del sistema mundial en esas seis décadas, es necesario recordar que en los primeros treinta años existían el sistema capitalista desarrollado, el socialista y el desarrollismo tercermundista, con preeminencia en América Latina. Y todos mostraban progresos importantes.

En los siguientes treinta años, la crisis los envolvió a todos y el único que sobrevivió, como dominante y exitoso, fue el capitalismo desarrollado.

 

Desde la perspectiva del poder geopolítico, científico-técnico y militar, el cambio fundamental del mundo en estas seis décadas, estuvo marcado por el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del Pacto de Varsovia, en los años noventas.

Pero desde una visión histórica más amplia y de más largo plazo, el cambio más importante para definir el siglo XXI y sus futuros previsibles, se gestó veinte años antes, en los setentas, con la transformación del sistema capitalista productivo y de corte keynesiano, en un capitalismo global, financiero-especulativo, que tiende crecientemente a debilitar al estado de bienestar, con una agenda social que depende cada día más de la capacidad de lucha de los empobrecidos y desposeídos, reproduciendo circunstancias que se asemejan, con las diferencias lógicas que impone la evolución institucional nacional e internacional, a las que tenían lugar en el capitalismo de entreguerras del siglo XX.

En las primeras tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial yo viví, estudié, trabajé y recorrí Ecuador, Chile, la Unión Soviética, Europa Oriental y Occidental, Asia Central, Argentina y México.

En las siguiente tres décadas mi vida transcurrió en Ecuador, México, Honduras, Guatemala, viajes constantes por América Latina y menos repetidos por Europa, Estados Unidos y Canadá.

No hay época más esplendorosa en mi memoria que la de 1956 a 1973. Esa etapa en mis recuerdos, representa la Viena y Europa previa a 1914 que Stefan Zweig describe en su libro El mundo de ayer. Así como Zweig vivió con una nostalgia que terminó con su suicidio, lo que él consideró la oportunidad perdida de Europa, yo recuerdo la «versión prolongada» de la década de los sesenta, como una época perdida por la humanidad, para aproximarse a un mundo mejor y heredarles a las generaciones actuales un siglo XXI menos incierto, sin la amenaza de un declive civilizatorio.

El hilo conductor de las preocupaciones recogidas en este libro es mi pasión por lo público y mi atracción por la política.

Así describo y analizo el Ecuador de mi infancia y primera juventud. Y siguiendo ese mismo hilo conductor estudio la Guerra Fría en los cincuenta, describo mis estudios universitarios, mis viajes por Europa Oriental y Occidental y Asia Central, mi apasionado amor con la década de los sesenta y mi reencuentro, ya con muchos sueños rotos, con la América Latina de los últimos 25 años del siglo pasado.

Sin perder ni mi pasión ni mi atracción por lo público y la política, analizo mi tránsito de dos décadas por la política ecuatoriana, vivido con la madurez de quien inició ese camino a los 35 años.

Veinte años más tarde, fuera de la política práctica que suele llenar todo el tiempo útil de quien se dedica a ella, reinvento mi vida como académico, asesor y consultor, en Universidades, entidades académicas como la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) o con organizaciones y personas que trabajan en el ámbito público y en la esfera política.

Y es en esa nueva vida, en la que después de escribir ensayos y artículos académicos, decido escribir este libro, al que le he dedicado los fines de semana y las horas libres de los últimos tres años.

Como es notorio desde la lectura de su índice, México, un país fundamental en mi vida madura, cuya nacionalidad he adoptado con amor y respeto, no tiene un capítulo especial en este libro.

Fue una decisión meditada ante la extensión que tenía el volumen y la densidad y complejidad de la historia y la realidad mexicanas.

México, un país-civilización, que entre el siglo XIX y principios del XX vivió tres revoluciones progresistas, que lo pusieron a la vanguardia de América Latina, que en el siglo XIX vió amenazada su existencia como nación, sobreviviendo a tantas agresiones extranjeras como China y salió adelante ganando el siglo XX y preparado para enfrentar con éxito el siglo XXI, requiere de un libro aparte, que queda entre mis desafíos intelectuales futuros. Cumplirlo me entusiasma, en una edad, en la cual, tener proyectos que movilicen la mente y el espíritu es una necesidad vital.

México, D.F., 19 de agosto del año 2013.

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