Trump, en alianza con Macri, expande su militarizacion al Cono Sur

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Macri busca el alinearse con Trump al costo que sea.

Demián Verduga

La llegada a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump fue una sorpresa, un baldazo de agua fría, para los gobierno de derecha que habían asumido el poder en Argentina y Brasil. En ambos casos se habían preparado para una victoria de Hillary Clinton, especialmente el mandatario argentino. Mauricio Macri reinstaló desde el primer día de su mandato una concepción intrínseca del neoliberalismo rioplatense: que el motor del desarrollo capitalista nacional son inexorablemente los exportadores, la inversión multinacional, y que el Estado debe financiarse con crédito externo para evitar la emisión monetaria, supuesta causa última de la inflación. Este trípode de creencias básicas, que empujan una enorme dependencia en la relación con Estados Unidos, explican casi todas las medidas del gobierno. Hillary, en este sentido, implicaba una visión más coincidente.

Macri se ilusionaba con la posibilidad de reimpulsar el ALCA, (Acuerdo de Libre Comercio Continental). Esta iniciativa había sido rechazada en el año 2005, en la ciudad de Mar de Plata, cuando se aliaron en contra del acuerdo Argentina, Brasil, Venezuela, Paraguay y Uruguay. En aquel momento gobernaba EE:UU George Bush hijo y tuvo que resignarse.

Trump, en cambio, ha puesto en revisión todos los acuerdos de libre comercio de su país, incluido el TLC con México, acompañado de un discurso antiinmigrante que roza el fascismo. El presidente estadounidense también tomó la decisión de aumentar la tasa de interés con lo que encarece el endeudamiento. Sus decisiones fueron un puñetazo en el estómago para los planes que tenía el presidente argentino, que por los acuerdos que tiene con poderes fácticos locales, más su dogmatismo ideológico, no decide volver al esquema anterior, apostando al mercado local, a la industria nacional y a fortalecer las relaciones con China y Rusia, que por distintas vías también proveían de dólares financieros a la Argentina.

Hay un dato que se sumó en los últimos días y fue la aparición de Trump como nuevo jefe guerrero. Su condición de outsider del sistema político, de hombre que interpreta los problemas de la gente “común” que perdió su trabajo por la globalización financiera. Su impronta de político que venía a enfrentarse al establishment, es decir, a Wall Street,  los grandes medios, y el monumental complejo industrial militar estadounidense se ha ido diluyendo bastante.  La lluvia de misiles tomahawk sobre Siria, y el impacto de la Madre de Todas las Bombas en Afganistán, dejaron claro que Trump está dispuesto a ningunear a los periodistas en las conferencias de prensa, a decir algún improperio sobre el New York Times y cuestionar a la CNN. Pero que cuando se sienta a la mesa con los grandes fabricantes de armas, con el entramado laberíntico de agencias de inteligencia no está dispuesto a decirles que el proteccionismo económico también implicará retroceder en la intervención militar norteamericana en el mundo. Esa columna vertebral del establishment norteamericano es, claramente, intocable.

Macri parece haber entendido este mensaje de su colega norteamericano, con quien además hizo negocios en la época en ambos eran empresarios, y tomó la decisión de tender un puente con ese poder fáctico de Estados Unidos.

En su momento, el ex presidente Néstor Kirchner tendió un puente con los sectores de la comunidad judía de Nueva York, poderosos en el mundo financiero, y adoptó el discurso de Bush, que sostenía que el despilfarro de la especulación de Wall Street no podían pagarlo los plomeros. Kirchner tomó ese concepto para defender la quita de deuda que le impuso a los acreedores, sosteniendo que quienes le habían prestado a la Argentina debían asumir costos porque habían comprado bonos con una tasa de interés altísima porque sabían que el país podía caer en default y, por lo tanto, debían aceptar el riesgo que habían corrido. Bush nunca cuestionó esta argumentación porque encajaba con su visión sobre los “plomeros”.

Ahora, lo que hizo Macri fue entender que debía buscar un puente con la industria militar norteamericana y por eso comenzó a sondear la posibilidad de comprar una enorme cantidad de armamento, cerca de 2000 millones de dólares, con la excusa de la lucha contra el delito.

Más allá de los afanes represivos que pueda tener el presidente argentino, lo cierto es que la compra tiene un objetivo político: acercarse a Estados Unidos de alguna manera, ahora que ganó, en apariencia,  un presidente proteccionista.

Lo que muestra la estrategia de Macri, como se dijo antes, es su enorme dificultad para rediseñar su posicionamiento internacional y salirse del libreto que tiene inculcado hace décadas, como la mayoría de la derecha argentina.

Su visión del mundo no cambia aunque el mundo haya cambiado. Esto no puede nunca traer buenos resultados. Para poder aplicar un buen remedio hay que tener un buen diagnóstico y, para eso, hay que estar dispuesto a mirar lo que realmente ocurre, aunque vaya en contra de la fe más profunda del presidente.

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