Una Cumbre histórica. Por Sergio Alejandro Gómez

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La Habana prometía hacer historia y lo cumplió. En la capital cubana se reunieron la inmensa mayoría de los jefes de Estado de América Latina y el Caribe para encontrar soluciones conjuntas a los grandes problemas de la región.

Se debatió aquí bajo el principio de que no somos iguales, pero solo unidos podremos hacer frente a los retos comunes de naciones bendecidas por sus recursos naturales, pero históricamente expoliadas por los mismos que crean y promueven la división.

No podría haber mejor homenaje al Apóstol José Martí en su aniversario 161 que ver marchar unidos, en cuadro apretado, a los representantes de Nuestra América, a los indios del altiplano, 

los negros desterrados del África y los descendientes de europeos que han hecho patria en estas tierras.

Reunidos precisamente en la Cuba revolucionaria de Fidel y Raúl. Un país castigado durante más de medio siglo por el pecado original de aspirar a una sociedad distinta al capitalismo.

El camino hasta aquí no ha sido fácil. Tras 200 años de independencia pospuesta, injerencias extranjeras y enfrentamientos intestinos, una nueva generación de líderes latinoamericanos y caribeños ha comenzado a andar el camino de la integración de los pueblos al sur del Río Bravo.

Fueron ellos quienes debatieron en privado durante el retiro y luego pública y abiertamente sobre los problemas del desarrollo, el hambre, las desigualdades, el cambio climático e infinidad de otros temas que marcan la agenda de una humanidad, cuyos grandes avances productivos, tecnológicos y científicos no acaban de llegar a la mayor parte de los 7 mil millones de personas en el planeta.

La declaración de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, debatida primero por los Coordinadores Nacionales, luego por los cancilleres y finalmente por los mandatarios, constituye sin duda uno de los hitos de la cita.

Compromete a las 33 naciones independientes de la región a resolver de forma pacífica las controversias y desterrar para siempre el uso y la amenaza de la fuerza.

El diálogo, ese que se vio franco y abierto entre los presidentes y primeros ministros, queda envestido como la única vía para resolver las diferencias que existen en la actualidad y las que puedan surgir en el futuro.

Queda también para la historia la Declaración de La Habana, el documento que recoge los principios políticos establecidos en la Cumbre y un Plan de Acción para dar continuidad al trabajo de Cuba al frente de la CELAC. Una tarea que corresponde ahora a Costa Rica y que luego recaerá sobre Ecuador.

El camino está trazado. Todo depende ahora de la conciencia histórica de los pueblos y sus gobiernos, porque América Latina y el Caribe no pueden darse el lujo de esperar otro siglo para lograr la unidad que nos abre el futuro.

 

Especial de Granma, http://www.granma.cu/granmad/secciones/cumbre-celac-2014/cumbre-137.html

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