“Una historia de infamia y tragedia”

El golpe de la CIA contra un gobierno nacional-popular en la guerra fría

César Verduga Vélez

Resumen
Esta es la visita a Guatemala, durante 50 años, desde cuando el autor leía vivamente en su natal Ecuador acerca de las vicisitudes del gobierno de Árbenz, hasta que se involucró familiar y profesionalmente en este país. El texto corresponde a un capítulo de las memorias de Verduga Vélez de reciente aparición, Travesía entre dos mundos, en el que recrea en base a conversaciones con actores directos lo ocurrido durante el triunfo de la Revolución de Octubre de 1944 y en su derrota, provocada por un golpe de Estado de la CIA estadounidense en 1954, así como el aprendizaje de esa experiencia que se resume en Operación PBSuccess, investigación de 2003 basada en documentos desclasificados.

Palabras clave. Revolución de Octubre, Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz, Castillo Armas, guerra fría, reformas nacionalistas, UFCO, CIA.
En 1954, en el periódico El Popular de Portoviejo que editaban mi padre y dos de sus hermanos, Francisco y Lincoln, se publicó un día un poema del escritor Horacio Hidrovo Velásquez, dedicado a Guatemala que en uno de sus versos decía: “Pero no esperemos sentados en la tumba de Darío. Salgamos al encuentro de la hoguera, el sol viene de Oriente, Guatemala”. Era un homenaje al gobierno derrocado del Presidente Árbenz.

Después los diarios grandes de Guayaquil (El Telégrafo y El Universo), que recibíamos en casa, me permitieron profundizar en los hechos: una invasión de mercenarios que salió de Honduras promovida por Estados Unidos, había derrocado al Presidente Constitucional de Guatemala e instalado en el poder a un dictador de nombre Castillo Armas y, el entonces por tercera vez Presidente del Ecuador Velasco Ibarra, condenaba la acción intervencionista y abría las puertas del país a un grupo de exiliados guatemaltecos.

No podía imaginar en ese momento la importancia que tendría Guatemala en mi vida adulta, semillero de afectos y relaciones diversas que se han prolongado en el tiempo.

No solo personajes de la Revolución de 1945 y del gobierno de 1954, sino mi segunda esposa Laura Solórzano Foppa y amigos como Edgar Gutiérrez, Manfredo Marroquín y un tico-guatemalteco Eduardo Núñez.

Mi interés por Guatemala se mantuvo vivo después del derrocamiento de Árbenz, porque el país era fuente de noticias alarmantes que los medios transmitían. Se escribía que habían miles de muertos y centenares de exiliados y encarcelados y que el dictador Castillo Armas derogaba leyes de protección laboral y social.

Me interesé por leer libros de autores guatemaltecos de la biblioteca paterna, entre ellos La fábula del tiburón y las sardinas de Juan José Arévalo y El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias que me fascinó. Encontré en esa novela y en Leyendas de Guatemala del mismo autor, tantos personajes y situaciones semejantes a los de mi realidad ecuatoriana, capturados con una sutileza en el lenguaje y una penetración psicológica que no era fácil hallar en otros escritores cuyas obras había comenzado a leer, emigrado ya de las condensaciones de la Colección Pulga.

En mis cavilaciones alimentaba la fantasía de que yo debía conocer algún día a Árbenz, a Arévalo, a Asturias o a gentes de su generación cercanas a ellos, para escuchar de viva voz cómo habían ocurrido los hechos y cómo los habían sentido los actores reales de esos acontecimientos.

Esa aspiración de adentrarme en la realidad de Guatemala más allá de los libros, creció cuando en 1957 fue asesinado el dictador Castillo Armas en el Palacio Presidencial, salpicando con más violencia, oscuridad y misterio la imagen del funcionamiento del poder en Guatemala.

No me imaginaba entonces que diez años después mis expectativas se verían colmadas y que comenzaría a conocer a participantes directos del drama guatemalteco.

En 1967, estudiando Economía y Planificación en Moscú, en una tertulia estudiantil conocí a Alfonso Solórzano, guatemalteco exiliado político en México, quien había sido amigo de Arévalo y Árbenz, trabajando con el primero en calidad de diplomático y con el segundo como jefe de la Seguridad Social de Guatemala, institución creada en el primer gobierno de la Revolución iniciada en 1944.

Alfonso era el esposo de Alaíde Foppa, poetisa y traductora, lideresa feminista y maestra universitaria, de cuya obra literaria algo conocía a través de Julio Solórzano, hijo de ambos que estudiaba en Moscú.

La conversación que sostuve con Alfonso esa noche de noviembre de 1967, mes del 50 aniversario de la Revolución Bolchevique que Moscú festejó con mucha pompa, fue deliciosa porque mi interlocutor era un excelente conversador, con una historia personal singular.

Hijo de una familia acomodada de Guatemala, había estudiado Derecho en Alemania, siendo testigo presencial del desarrollo inicial del nazismo y del liderazgo mesiánico de Hitler. En ese parteaguas de la historia que fue la Alemania de los años 30, Alfonso, joven de sensibilidad especial, no había sido seducido por la propaganda aplastante de los nazis y, al contrario, había abrazado la ideología comunista, mientras asistía a los mítines en los que Temmelman advertía a los alemanes y al mundo sobre la catástrofe que se cernía sobre la humanidad con el probable advenimiento de Hitler al poder.

Cuando dejó Alemania, Guatemala aún vivía bajo la dictadura de Ubico y Alfonso prudentemente se instaló en México, en donde trabajó como abogado sindicalista hasta que la caída de la dictadura y el ascenso de Arévalo lo llevaron a Guatemala primero, y a la diplomacia en México y en Francia, después.

En el segundo gobierno de la Revolución presidido por Árbenz, Alfonso pudo desarrollar su vocación social ejerciendo la jefatura del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, hasta que la intervención norteamericana, lo arrojó al exilio.

Esa noche, cuando él se despidió para ir a su hotel, me percaté que no habíamos ahondado en mis inquietudes adolescentes sobre las vivencias cotidianas del derrocamiento de Árbenz, posiblemente porque sus historias sobre Alemania y el surgimiento de Hitler y las inquietudes respecto de la Revolución Cubana, el cisma chino-soviético y la muerte del Che Guevara, temas de moda en aquellos días, habían eclipsado mis cavilaciones de años anteriores.

Tampoco pude siquiera imaginar que había conocido al futuro abuelo de mi hijo Pablo Verduga Solórzano, hoy productor musical, nacido varios años después de la extraña muerte de Alfonso, arrollado por un autobús en la ciudad de México.

Cuatro años después en el Chile de Allende conocí a otro guatemalteco, envuelto en los acontecimientos que desató la revolución de 1944.

Chile en los años 70 era un imán que atraía a reformistas y revolucionarios del mundo entero, deseosos de conocer la singular experiencia de una revolución pacífica que pretendía , en el marco de la legalidad democrática, sustituir una economía capitalista de libre mercado e instaurar otra centralmente planificada de signo socialista. Pero también era refugio de muchos perseguidos por las dictaduras y regímenes constitucionales represivos que abundaban en América Latina en esos años.

Entre el segundo contingente de extranjeros residentes en Santiago, conocí a Alfonso Bauer Paiz, quien se había instalado en Santiago como sobreviviente de un atentado ordenado por el dictador de turno de Guatemala.

En la administración de Juan José Arévalo, Alfonso Bauer había ejercido los cargos de Subsecretario de Economía y Trabajo, primero, y de Ministro de Economía y Trabajo, después, participando directamente en la elaboración del primer Código del Trabajo de Guatemala.

Durante el gobierno del coronel Jacobo Árbenz Guzmán, fungió como gerente general del Departamento de Fincas Nacionales, para iniciar la aplicación de la Ley de Reforma Agraria, y fue Presidente del Banco Nacional Agrario.

Después de la intervención norteamericana en junio de 1954, Bauer se asiló en México durante tres años; al volver a Guatemala ejerció la docencia en las Facultades de Ciencias Jurídicas y Sociales y en Ciencias Económicas de la Universidad de San Carlos (USAC).

Integrado en una comisión de investigadores universitarios para analizar las concesiones de níquel que preparaba el dictador Arana Osorio, Alfonso fue baleado saliendo de la Universidad, atentado al que sobrevivió gracias a su magnífica salud, fortalecida por mil metros diarios de natación que Alfonso practicaba rigurosamente todas las mañanas

Alfonso Bauer me proporcionó pistas importantes sobre mi antigua aspiración de conocer los acontecimientos guatemaltecos a través de sus protagonistas, porque en varias reuniones en su casa me relató la historia guatemalteca desde la caída de Ubico.

Después de la Revolución de Octubre de 1944, el derrocamiento del dictador Jorge Ubico y su sucesor, Federico Ponce Vaides, el capitán Jacobo Árbenz Guzmán, Jorge Toriello y el mayor Francisco Javier Arana, formaron la Junta de Gobierno.

La Junta legisló por medio de decretos que pretendían una modernización del Estado. Una de las cosas más importantes en el ámbito jurídico y político que realizaron fue la convocatoria a una Asamblea para que elaborara una nueva Constitución, para lo que se realizaron elecciones libres.

La nueva Constitución fue terminada en 1945 y se considera una de las constituciones más avanzadas y democráticas que ha tenido Guatemala. Dicha Carta Magna sancionó varias cosas muy importantes:
– La separación de los poderes dentro del Estado
– La autonomía de la Universidad de San Carlos de Guatemala
– El fin del trabajo forzoso y de la prisión por deudas
– El reconocimiento de la mujer como ciudadana
– El derecho de voto a la mujer (la mujer analfabeta no podía votar)
– El reconocimiento de las garantías constitucionales

El triunvirato convocó a elecciones para elegir Presidente de la República. Las elecciones se llevaron a cabo en diciembre de 1944, ganando el Doctor Juan José Arévalo.

Gobierno de Juan José Arévalo
Arévalo había nacido en Taxisco, Santa Rosa el 10 de septiembre de 1904 y tenía el perfil del pedagogo, intelectual y político formado en varios países de América Latina en la primera mitad del siglo XX. Arévalo viajó por Europa y América del Sur y en 1934 recibió el título de doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación en Argentina.

Como Presidente desarrolló un gobierno con interés en la salud, el trabajo, la educación y la cultura.

El presidente Arévalo tomó posesión de su cargo el 15 de marzo de 1945 para un período de seis años, el mismo día que entró en vigor la nueva Constitución de la República, que había incorporado en su texto principios fundamentales de la Revolución de Octubre.

También incluyó garantías sociales, entre ellas el trabajo como un derecho del individuo y una obligación social, sentando las bases para un futuro código laboral. Al reorganizar el Estado, se creó el cargo de jefe de las Fuerzas Armadas nombrado por el Congreso, y un Consejo Superior de la Defensa que daba alguna autonomía a la institución armada. Es posible que aquí esté en parte el origen de la politización del Ejército que, años después lo convirtió en factor decisivo de la vida política del país.

Arévalo ejerció su gobierno dentro de este marco constitucional, realizando las reformas y cambios que exigía la necesaria modernización del Estado y la sociedad. En el aspecto de política y economía se emitieron la Ley Monetaria, la Ley Orgánica del Banco de Guatemala y la Ley de Bancos. La pieza central de la reforma monetaria y bancaria fue la creación del Banco de Guatemala, agente financiero del Estado, una entidad autónoma para la emisión exclusiva de la moneda nacional, la administración de las reservas monetarias, la regularización del medio circulante, y el mantenimiento de la solvencia y buen funcionamiento del sistema bancario. Se promovió la creación del Instituto de Fomento de la Producción (INFOP), el que a partir de 1948 fue el pionero de la banca de desarrollo. En el transcurso de dos años el sistema bancario comenzó a salir de su prolongado estancamiento.

El nuevo gobierno se ocupó de los más urgentes problemas sociales y laborales, y en este terreno uno de los pasos más importantes fue la creación, en octubre de 1946 del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.

También tocó al gobierno de Arévalo ejecutar el mandato constitucional de emitir el Código de Trabajo y de impulsar el desarrollo sindical.

En el gobierno del doctor Arévalo los temas educativos y culturales tuvieron prioridad: se abrieron las puertas de la Facultad de Humanidades, se crearon carreras de Psicología y Periodismo, se fundaron centros culturales como el Instituto de Antropología e Historia y el Instituto Indigenista, y se remozaron otros como el Conservatorio Nacional, la Escuela de Bellas Artes, y se desmilitarizaron los centros educativos oficiales de educación media.

Se reformaron los planes de estudio, se puso en marcha una campaña de alfabetización, se crearon institutos de enseñanza media y se puso nuevo interés en la educación rural.

A los pocos meses de estar en el poder, Arévalo tuvo que hacer frente a una conspiración en su contra; la primera de cerca de 30 que ocurrieron durante su período presidencial.

La acusación más frecuente que se hacía al arevalismo, y que posiblemente estaba asociada al descontento de los opositores que planeaban golpes de Estado, era su tolerancia hacia el comunismo y la carencia del gobierno de una ideología definida, lo que lo hacía acoger las ideas de otros partidos políticos.

Gobierno de Jacobo Árbenz
Árbenz asumió la Presidencia el 15 de marzo de 1951, proclamando en su discurso:
“Nuestro gobierno se propone iniciar el camino del desarrollo económico de Guatemala, tendiendo hacia los tres objetivos fundamentales siguientes: convertir nuestro país de una nación dependiente y de economía semicolonial en un país económicamente independiente; convertir a Guatemala de país atrasado y de economía predominantemente semifeudal en un país moderno y capitalista; y hacer que esta transformación se lleve a cabo en forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo”.

Este discurso se puede resumir en sus acciones que fueron:
₋ La construcción de la hidroeléctrica de Jurún-Marinalá, en Escuintla
₋ Construcción de la Carretera al Atlántico
₋ Construcción del puerto de Santo Tomás, bajo el nombre de Matías de Gálvez.

Estas obras de infraestructura debilitarían el control monopólico que sobre el transporte terrestre, los puertos y la electricidad ejercía la United Fruit Company (UFCO).

Pero la mayor meta de su gobierno era la reforma agraria (Decreto 900). Con ella se pretendía evitar que se consolidara para siempre una estructura agraria basada en la relación latifundio-minifundio. La mayoría de la población apoyaba la idea, menos los grandes terratenientes, la Iglesia católica y los empresarios, sobre todo la UFCO, que poseía una gran cantidad de tierras en Guatemala y era la empresa bananera que controlaba las exportaciones del país.

Todo esto se lograría al expropiar tierras ociosas de los grandes latifundistas para poder darlas en usufructo a quienes no las tuvieran. Dicho procedimiento se lograba por medio de los Comités Agrarios Locales, los cuales recibían denuncias de tierras en estado ocioso, que pasaban a los Comités Departamentales y finalmente al Departamento Agrario Nacional.

Alfonso Bauer no ocultaba sus juicios sobre los gobiernos a los que sirvió. Para él, como balance, el de Arévalo había sido el mejor gobierno de la historia de Guatemala.

El proceso de transformación agraria y de modernización de la infraestructura básica impulsado por Árbenz, fue la causa fundamental de su derrocamiento por intervención de Estados Unidos. La UFCO norteamericana, tenía entre sus propietarios, accionistas y abogados, a prominentes figuras del gobierno de Dwight Eisenhower (1953-61), en una época en que era común en Washington decir que lo que es conveniente para las corporaciones norteamericanas, es también conveniente para el pueblo de Estados Unidos.

Los ejecutivos de la Frutera ubicados en altos puestos del gobierno norteamericano, argumentaban que Árbenz tenía debilidad por rodearse de intelectuales comunistas y que éstos querían hacer de Guatemala una cabeza de playa de la Unión Soviética en América Latina. De ese modo le daban legitimidad política y moral a la defensa de sus intereses económicos personales, en una capital, cuyo gobierno, en Japón desde 1945, a través del general Douglas MacArthur, jefe de las fuerzas norteamericanas de ocupación, había impulsado la reforma agraria para modernizar la sociedad japonesa y, en Taiwán, desde 1949, había estimulado a su aliado Chiang Kai Shek, a hacer lo mismo.

Ese aspecto de la intervención norteamericana en Guatemala me lo reconstruyó en varias tertulias informales Guillermo Toriello.

Guillermo Toriello fue representante diplomático de los gobiernos revolucionarios de Guatemala entre 1944 y 1954. Ocupó diversos cargos en el servicio exterior de su país: fue embajador en Estados Unidos, embajador ante la OEA, Presidente de la delegación de Guatemala ante la ONU y Canciller de Guatemala.

Lo conocí en La Habana con ocasión de la Conferencia Internacional sobre la deuda externa que organizó y presidió Fidel Castro en 1985 y, desde entonces, anudamos una amistad que mantuvimos hasta su muerte.

En enero de 1954 Toriello terminaba su misión como embajador en Estados Unidos y los otros cargos que desempeñaba (embajador ante la OEA y Presidente de la delegación de Guatemala ante la ONU) en medio de sombrías perspectivas por la agresiva política del Departamento de Estado frente a Guatemala. Ante esa situación Árbenz y Toriello creían que la única posibilidad que quedaba de impedir el desarrollo del plan siniestro que se estaba ejecutando contra Guatemala era llevar la cuestión directamente al Presidente de Estados Unidos, y discutirla amplia y francamente con él.

Aunque había insinuado en varias ocasiones en el Departamento de Estado su deseo de hablar con el presidente Eisenhower, esto resultaba imposible, porque siempre le respondían que el General estaba ocupado o que descansaba jugando al golf. Seguro de que nunca lograría una entrevista por el conducto convencional, después de un banquete en la Casa Blanca, que el Presidente ofreció al cuerpo diplomático el 15 de diciembre de 1953, Toriello aprovechó la oportunidad para pedirle una audiencia directamente. Eisenhower le indicó que daría instrucciones para que la concertaran cuanto antes, pidiéndole que hiciera los arreglos necesarios con el subsecretario de Estado, general Walter Bedell Smith, a quien le avisaría sobre el particular. A la mañana siguiente Guillermo se comunicó con el funcionario quien, enterado ya por el Presidente, le indicó que la entrevista sería en el siguiente mes de enero.

En la segunda semana Bedell Smith le manifestó que el Presidente seguía muy ocupado, pero que trataría de conseguirle la audiencia siempre que Toriello tuviera una entrevista previa con él, para explicarle los propósitos de su conversación con Eisenhower. Aunque a Guillermo le pareció fuera de lugar aceptó el condicionamiento y se entrevistó con Bedell Smith. Cuando Toriello fue a su despacho no imaginaba los contactos de Bedell Smith con la UFCO y menos suponía que en 1955 sería nombrado Presidente de la misma, aunque quien lo introdujo en el despacho del Subsecretario del Departamento de Estado fue John Moors Cabot, secretario ayudante para Asuntos Interamericanos y conocido accionista de la Frutera.

Como sabía de su parcialidad en el “caso de Guatemala”, Guillermo le pidió que lo dejara conversar a solas con el Subsecretario de Estado. Quería evitarle a Moors Cabot una situación embarazosa cuando necesariamente tuviera que aludir a sus conexiones con la UFCO, cosa que ya le había hecho notar a él en varias ocasiones.

Toriello encontró a Bedell Smith alerta y mal informado sobre la realidad guatemalteca, pero después de más de una hora de conversación logró un cambio de perspectiva. Su disposición pareció favorable y arregló una entrevista de Toriello con Eisenhower para dos días después. Nuevamente lo introdujo Moors Cabot y esta vez el accionista de la UFCO permaneció en la entrevista.

A Toriello el Presidente de Estados Unidos le pareció desconcertantemente mal informado sobre Guatemala, pues lo único que sabía era “el peligro comunista para el continente”, “la amenaza roja” que constituía el pequeño país. En tales circunstancias logró interesarlo con el relato sobre la lucha de superación que realizaba el gobierno en favor de las grandes mayorías. Le hizo historia, le mostró mapas donde previamente había marcado con creyones de colores las tenencias de la UFCO, puertos, muelles y tierras.

Eisenhower se sorprendió muchísimo cuando Toriello le descubrió los privilegios exagerados de que gozaban empresas norteamericanas, así como de las conexiones que existían entre la UFCO y el Departamento de Estado. Le fue difícil creer que la UFCO no pagara impuestos y que algunos de sus contratos tuvieran vigencia hasta el año 2009 , así como las actividades conspirativas en que estaban empeñados para aplastar el movimiento democratizador de Guatemala, una de cuyas fases era precisamente la gigantesca campaña de propaganda difamatoria que hacía aparecer al gobierno de Árbenz como comunista.

Con una ingenuidad aterradora el presidente Eisenhower le sugirió a Toriello que al llegar a Guatemala discutiera vías de arreglo con el embajador Peurifoy, quien estaba al frente de la conspiración. Guillermo, convencido de que el Presidente ignoraba todo lo concerniente a la operación desestabilizadora que estaba en marcha, le expresó su radical escepticismo acerca de esa propuesta, y lo vio a su interlocutor hondamente desconcertado cuando le hizo saber que tampoco podría haber un leal entendimiento a través del Departamento de Estado, puesto que el propio secretario de Estado, John Foster Dulles, era miembro de la firma de abogados de la UFCO (Sullivan & Cronwell), y que el señor Moors Cabot (allí presente) y su familia, eran accionistas importantes de la misma compañía. El Presidente propuso entonces que se formara una comisión mixta, imparcial, de guatemaltecos y estadounidenses, designada por los respectivos gobiernos, para discutir en el más alto nivel el problema de las empresas monopolistas en Guatemala y todos los demás asuntos que dieran lugar a fricción entre los dos gobiernos. Toriello aceptó la idea con entusiasmo y esperanza, sentimientos que le duraron poco tiempo.

Mientras tanto, el plan conspirativo para la agresión armada seguía su curso. El 29 de enero de 1954 el Gobierno de Guatemala reveló al mundo todos los detalles del estado de los preparativos bélicos contra la nación. Exhibió abundantes pruebas materiales e incluso correspondencia cruzada entre agentes de la conspiración. El cuartel general, el centro de entrenamiento de mercenarios y el depósito de armamentos, se encontraban en esa fecha en Nicaragua con la ayuda de Anastasio Somoza.

El Gobierno de Guatemala denunció los hechos, de los que se desprendía que se había implementado ya y que debería estar muy próximo a su consumación el plan agresivo UFCO-Departamento de Estado-CIA. Discretamente, a pesar de tener sobrado conocimiento de la realidad de la conspiración y de sus animadores, el Gobierno de Guatemala no formuló acusación formal alguna contra el Gobierno de Estados Unidos, porque aún esperaba que se cumplieran las ofertas hechas por Eisenhower, pero éste se cruzó de brazos.

Dulles, desde el Departamento de Estado, contraatacó y acusó a Guatemala de inventar la supuesta conspiración para boicotear la X Conferencia Interamericana que se reuniría en Caracas en marzo de 1954 y socavar la unidad hemisférica, sirviendo a los designios del Comunismo Internacional.

Finalmente con el apoyo de los Estados Unidos, el teniente coronel guatemalteco Carlos Castillo Armas invadió su propio país con tropas pertrechadas por los norteamericanos, el 17 de junio de 1954. La invasión fue respaldada por cuatro aviones norteamericanos que ganaron la guerra psicológicamente. Árbenz no contó con el apoyo del Ejército y la operación llegó a su fin cuando la noche del 27 de junio de 1954, Árbenz fue obligado a renunciar a la Presidencia y a exiliarse. Estados Unidos usó como cobertura diplomática la resolución contra el comunismo aprobada en la Conferencia de Caracas, aunque ésta no reconocía el derecho a la intervención extranjera ni individual ni colectivamente, en ningún país del continente.

Con el encabezamiento : “Trabajadores, campesinos, patriotas, amigos míos; Pueblo de Guatemala”, Jacobo Árbenz leyó su renuncia a la Presidencia de la República y cedió el cargo a Carlos Enrique Díaz con un discurso en que acusaba a Estados Unidos, representado por la UFCO, el Departamento de Estado y la CIA por su derrocamiento. Exiliado Árbenz, Castillo Armas tomó el poder.

Con Guillermo Toriello no tuve oportunidad de analizar en profundidad la lógica de la actitud, aparentemente inexplicable, de Eisenhower, al cruzarse de brazos y no cumplir su palabra.

Hoy existen estudios norteamericanos sobre la época que sugieren que Eisenhower siempre fue un halcón que jugaba a ser paloma, mientras le dejaba a los hermanos John y Allen Dulles el papel de “los malos de la película”.

Por otra parte, además de los intereses privados directos de varios de los funcionarios, vinculados a la UFCO, la histeria anticomunista en el caso de Guatemala contrastó con la posición cuidadosa de Estados Unidos frente a la revolución nacionalista y popular de Bolivia en los mismos años 50. Y eso tiene que ver con el papel diferenciado que Estados Unidos le daba a sus relaciones con el Gran Caribe y con Sudamérica. El Gran Caribe (México, Centroamérica y las Antillas) eran parte de su agenda central de seguridad. Por eso allí emprendieron siempre acciones militares directas. En América del Sur, considerada periférica en su agenda de seguridad hasta el fin del milenio, su intervencionismo era político, económico y diplomático y se hacía a través de las Fuerzas Armadas nacionales, pero excluía la acción militar directa de Estados Unidos.

En los años 50 se adoptó en la cúpula del poder norteamericano la teoría de la “negación plausible”, que en esencia consistía en que los responsables públicos del poder político podían insinuar acciones a sus aparatos de espionaje y seguridad, sin que las mismas, una vez ejecutadas, tuviesen que ser asumidas necesariamente por los funcionarios de alto rango, en especial el Presidente de Estados Unidos.

Posiblemente Eisenhower, en el caso de Guatemala, estaba envuelto en la telaraña de la negación plausible…

Finalmente no hay que olvidar que fue Eisenhower quien acuñó el concepto de complejo militar-industrial en las conversaciones sostenidas en Washington con Krushev el líder reformista soviético. Es probable que Eisenhower fuese consciente del cambio de poder que se había gestado en Estados Unidos, por el cual las grandes corporaciones y sus lobbies, especialmente las productoras de armas pero no únicamente ellas, junto al Pentágono y al complejo estatal de la seguridad (FBI, CIA, NSA) son una suerte de gobierno permanente, que pone la agenda internacional de los gobiernos temporales, que los ciudadanos eligen en las urnas… Quizás el cardíaco General, héroe de la Segunda Guerra Mundial, pensaba que no tenía sentido en la cúspide de su carrera como personaje público, oponerse quijotescamente a esa nueva realidad, menos por un pequeño país como Guatemala, cuyas tribulaciones no merecían siquiera la interrupción de una partida de golf…

La CIA se confiesa… cinco décadas después
Edgar Gutiérrez, a quien asesoré durante los ejercicios de sus funciones como Secretario de Análisis Estratégico y Canciller de Guatemala en el período 2000-2004, impulsó la publicación de los documentos desclasificados de la CIA Guatemala Operación PBSUCCESS.

Edgar escribe en el prólogo del libro que “los documentos desclasificados de la CIA son reveladores del entrecruzamiento de percepciones paranoicas, visiones estratégicas, intereses de grandes empresas estadounidenses y universalización de patrones subversivos aplicables a distintas regiones del mundo, que solía acompañar a la adopción de decisiones internacionales por parte de Washington en los años de la guerra fría”.

“Lo que vino después –escribe Gutiérrez– fue una historia de infamia y tragedia, cuyas secuelas seguiremos padeciendo al menos dos generaciones más. Por eso la reedición de este análisis dirigido por el historiador Nick Cullather y basado en los documentos desclasificados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), seguirá siendo pertinente para la comunidad guatemalteca durante varias décadas, aunque no nos guste”.

Partiendo de material de primera mano –los documentos desclasificados por la CIA en el 2003 sobre el asunto PBSUCCESS como se denominó a la operación montada en 1954 por el gobierno estadounidense para derrocar a Jacobo Árbenz Guzmán- Cullather construye un relato sobre la manera en que la CIA armó paso a paso todo un entramado de conspiraciones que terminó con la derrota de la revolución democrática, que había comenzado diez años antes.

Las lecciones
“La operación de la CIA para derrocar al gobierno de Guatemala en 1954 marcó un temprano cenit en el largo récord de acciones encubiertas de la Agencia –escribe, por su parte, Cullather. Cercana a las exitosas operaciones que instituyeron al Sha como gobernante en Irán (…) La operación guatemalteca, conocida como PBSUCCESS, utilizó una intensa campaña psicológica y paramilitar para reemplazar a un gobierno electo de manera popular por una entidad apolítica. En método, escala y concepción, no tuvo precedente, y su triunfo confirmó la creencia de muchos durante la administración de Eisenhower, de que las operaciones encubiertas ofrecían un seguro y económico sustituto de la resistencia armada contra el comunismo en el Tercer Mundo. Esta y otras ´lecciones´ de PBSUCCESS, alimentaron en la Agencia y oficiales administrativos, una complacencia que probaría ser fatal siete años después en Bahía de Cochinos”.

“Los estudiosos han criticado a la Agencia –continúa Cullather– por no advertir las circunstancias específicas que llevaron al éxito en Guatemala y por no adaptar la operación a las condiciones diferentes de Cuba. Los investigadores del golpe de 1954 también cuestionan la naturaleza del ´éxito´ en Guatemala. El gobierno derrocado de Árbenz no era, argumentan, un régimen comunista sino un gobierno reformista que ofrecía quizá la última oportunidad de un progresivo cambio democrático en la región. Algunos acusan a la administración de Eisenhower y a la Agencia de actuar para los intereses de inversionistas estadounidenses, particularmente de la United Fruit Company. Otros argumentan que la paranoia anticomunista y no los intereses económicos dictaron la política de la operación, pero con resultados igualmente lamentables”.

Según los documentos desclasificados, la operación constaba de tres fases: PB SUCCESS, PB FORTUNE y PB HISTORY. La primera comenzó en septiembre de 1950, cuando un agente de la CIA llegó al país para contactar a los sectores contrarios al gobierno. Durante dos años se desarrolló el trabajo de auscultación política, para definir la estrategia. Estados Unidos aceleró sus planes intervencionistas al conocer la expropiación de las tierras ociosas de la United Fruit Company, en 1952. En julio de ese año, el director de planes de la CIA, Allen Dulles, solicitó al Departamento de Estado la aprobación del plan, el cual recibió el visto bueno del Consejo de Seguridad Nacional en agosto de 1953. La única petición fue que la operación no excediera los US$3 millones de fondos disponibles de la Agencia.

La fase PB FORTUNE se insertaba en la PB SUCCESS por su carácter operativo. Se concretaba con un manual de asesinatos políticos, aprobado por la administración de Harry Truman en septiembre de 1952. El embajador norteamericano en Guatemala, John Peurifoy, fue el cerebro tras la elaboración de una lista de 50 políticos a quienes debían asesinar, incluyendo la posibilidad de terminar así con Árbenz.

Aunque PBFORTUNE fuera aprobado oficialmente el 9 de septiembre de 1952, varios pasos de la estrategia ya estaban decididos previamente. En enero de 1952, oficiales de la Dirección de Planes de la CIA redactaron una lista top de comunistas que el nuevo gobierno desearía eliminar inmediatamente para un golpe anticomunista exitoso. Posteriormente, en abril de 1952, el presidente nicaragüense Anastasio Somoza García visitó al Presidente de EEUU Harry Truman para conspirar contra la nación centroamericana: explicó que si EEUU le proporcionaba armas colaboraría con el General exiliado Carlos Castillo Armas para derrocar a Árbenz. Después de que un agente de la CIA investigase la viabilidad de tal plan, surgió la propuesta de que la CIA suministrara los armamentos necesitados y 225,000 dólares a Castillo Armas mientras Nicaragua y Honduras suministrarían apoyo aéreo a los rebeldes anticomunistas.

Una parte del plan de la CIA exigía el asesinato de más de 58 guatemaltecos y Castillo Armas acordó, además, colaborar con la petición del general Rafael Leónidas Trujillo, dictador dominicano, para asesinar a 4 dominicanos presentes en territorio de Guatemala. Este plan fue descubierto por el gobierno de Árbenz y abortado por la CIA, pero otros planes de asesinato de la CIA continuaron.

PB SUCCESS definía dos objetivos y seis etapas. Los objetivos eran: a) remover en forma encubierta la amenaza del gobierno controlado por los comunistas, y b) instalar y sustentar, encubiertamente, un gobierno pro EEUU. La primera etapa fue el nombramiento del personal, cuyo nombre clave era Estación Lincoln. La segunda fue el “condicionamiento preliminar” para crear crisis y deserción dentro del gobierno y buscar alianzas militares con Nicaragua, Honduras y El Salvador. La tercera era de “concentración” para desarrollar antagonismos contra Árbenz, acentuar la presión económica e iniciar acciones diplomáticas ante la OEA.

En la cuarta etapa de PB SUCCESS aplicaron presión económica, militar y diplomática para acentuar el divisionismo e iniciar la campaña de terror político. En este punto entraban a escena las fuerzas mercenarias preparadas en Honduras para hacerles imagen de apoyo popular. La quinta etapa impulsaba el “sabotaje agresivo” contra objetivos gubernamentales y el “ultimátum” del líder rebelde (Carlos Castillo Armas) para evitar un “derramamiento de sangre”. La escena estaba preparada para el derrocamiento y la toma del poder por los mercenarios. La última etapa era la llamada “consolidación” del nuevo gobierno, reconocimiento de la OEA y el ofrecimiento de asistencia de EEUU.

La última etapa era PB HISTORY y tenía como objetivo demostrarle al mundo el carácter comunista del régimen caído y su conexión con la Unión Soviética. Pero el esfuerzo estadounidense fue en vano, porque no encontraron nada. Lo único que pudieron reunir fueron unos textos sobre Stalin, la reforma agraria china y análisis marxistas que fueron editados como un folleto, el cual fue distribuido en el Senado en Washington y el Consejo Nacional de Seguridad, como la gran prueba de la amenaza comunista que representaba el derrocado gobierno de Árbenz.

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